Santificación: ¿completa o incompleta?

Un tema importante sobre el que ha habido desacuerdo a lo largo de la historia de la iglesia es si el proceso de santificación se completa alguna vez mientras el creyente vive en la tierra. ¿Hay un momento en la vida en el que dejamos de pecar? Aunque es peligroso generalizar, los que responden a esta pregunta de forma afirmativa (los perfeccionistas) tienden al arminianismo. Las principales denominaciones perfeccionistas como la Iglesia del Nazareno y los grupos pentecostales son arminianos. Sin embargo, no todos los arminianos son perfeccionistas. Normalmente los calvinistas no son perfeccionistas.

Los perfeccionistas mantienen que es posible llegar a un estado en el cual el creyente no peca, y que desde luego algunos cristianos llegan a ese estado. Eso no significa que la persona no pueda pecar, sino que la persona realmente no peca. Tampoco significa que ya no se necesiten los medios de gracia o al Espíritu Santo, que ya no exista la tentación o que no haya que luchar contra la tendencia innata hacia el mal, o que ya no haya posibilidad de seguir madurando espiritualmente. Más bien, significa que es posible no pecar y que algunos creyentes realmente se abstienen de todo mal. Muchos textos bíblicos apoyan esta visión. Uno de ellos es Mateo 5:48 donde Jesús dice a sus oyentes: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto”. Pablo señala que los líderes serán capacitados para perfeccionar a los santos para que edifiquen el cuerpo de Cristo “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Ef. 4 :13). Ora por los tesalonicenses: “Que el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser – espíritu, alma y cuerpo – sea guardado irreprochable para la venida de nuestro Señor Jesucristo” (1 Ts. 5:23). El escritor de Hebreos, de forma similar, ora: “Que el Dios de paz... os haga aptos en toda obra buena para que hagáis su voluntad, haciendo él en vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo.” (He. 13:20-21). Estos versículos desde luego parecen ofrecer una evidencia a primera vista de que la santificación total es una posibilidad para todos los creyentes, y una realidad para algunos.

No menos comprometidos en sus convicciones son aquellos que mantienen que la perfección es un ideal que nunca se consigue en esta vida. Ellos sostienen que por mucho que debíeramos desear y tratar de librarnos del pecado, una vida sin pecado simplemente no es un objetivo realista para esta vida. Ciertos pasajes indican que no podemos escapar del pecado. Uno de los más destacados es 1 Juan 1:8-10: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos a él mentiroso y su palabra no está en nosotros.” El hecho de que este pasaje fuera escrito para los creyentes hace que la opción de que exista pecado en todos nosotros sea la más convincente.

Otro pasaje al que aluden con frecuencia los no perfeccionistas es Romanos 7, donde Pablo habla de su propia experiencia. Suponiendo que Pablo tiene en mente su vida después de la conversión (una suposición que no todos los estudiosos aceptan), este pasaje parece ser un testimonio vivo y persuasivo a efectos de que el creyente no esté libre de pecado. Pablo lo dice con mucha fuerza: “Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no habita el bien, porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago” (vv. 18-19). Esta frase procede de uno de los cristianos más grandes, es más, algunos dirían que el cristiano más grande de todos los tiempos. Si incluso él confesó tener gran dificultad con el pecado, debemos concluir que la perfección no se puede conseguir en esta vida.

¿Cómo podemos aclarar todas estas consideraciones y llegar a una conclusión sobre este tema tan difícil e importante? Empezaremos señalando una vez más la naturaleza del pecado. No son meramente actos de naturaleza externa. Jesús dejó muy claro que incluso los pensamientos y las actitudes que tenemos son pecadoras si no están del todo de acuerdo con la mente del todopoderoso y completamente santo Dios (ver, por ejemplo, Mt. 5:21-28). Por tanto, el pecado tiene un carácter considerablemente más amplio y sutil de lo que solemos pensar.

También es necesario que determinemos la naturaleza de la perfección que se nos encomienda. La palabra 'teleioi', que encontramos en Mateo 5:48, no significa “sin falta” o “sin mancha”. Más bien significa “completo”. Es posible, por lo tanto, ser “perfecto” sin estar enteramente libre de pecado. O sea, podemos tener la plenitud de Cristo (Ef. 4:13) y todos los frutos del Espíritu (Gá. 5:22-23) sin poseerlos completamente.

El estándar al que hay que tratar de dirigirse es el de la liberación completa del pecado. Los mandamientos para intentar conseguir ese objetivo mediante la gracia de Dios son demasiado numerosos para ignorarlos. Y desde luego, si es posible mediante esta ayuda evitar rendirse a una tentación en particular, entonces es posible vencer en todos los casos. Pablo lo expone de la siguiente manera: “Ustedes no han sufrido ninguna tentación que no sea común al género humano; pero Dios es fiel, y no permitirá que ustedes sean tentados más allá de lo que puedan aguantar. Más bien, cuando llegue la tentación, él les dará también una salida a fin de que puedan resistir” (1 Co. 10:13--NVI). Habiendo dicho esto, no obstante, debemos también señalar la fuerza de pasajes como 1 Juan 1. E incluso más allá de estos pasajes didácticos está el hecho confirmatorio de que las Escrituras retratan libremente a los grandes hombres y mujeres de Dios como pecadores. Aunque debemos tener cuidado y evitar basar nuestros argumentos principalmente en la experiencia, los fenómenos de la vida cristiana, no obstante debemos señalar que las partes narrativas y descriptivas de las Escrituras confirman y aclaran los pasajes didácticos en este aspecto. Aparentemente la perfección que debemos suponer poseían los grandes héroes y heroínas de la fe en Hebreos 11 no era incompatible con el hecho de que no estuvieran del todo libres de pecado. Además, el Padrenuestro implica que hasta que el reino de Dios no llegue completamente a la tierra, será necesario orar: “perdona nuestros pecados”. Nuestra conclusión es que aunque la libertad completa del pecado y la victoria sobre el mismo es el objetivo a alcanzar y son teóricamente posibles, es dudoso que ningún creyente pueda llegar a conseguir ese objetivo en esta vida.

Sin embargo, existen ciertas dificultades unidas a esta posición. Una es que parece contradictorio que repetidamente se exhorte a los cristianos a llevar una vida victoriosa y sin mancha si eso no es una posibilidad real. ¿Pero eso necesariamente tiene que ser así? Puede que exista un estándar, un ideal hacia el que nos dirigimos, pero que realmente no esperamos alcanzar en un periodo de tiempo finito. Nadie ha alcanzado nunca la Estrella Polar cuando navega o vuela. Sin embargo, eso no cambia el hecho de que continúe siendo el punto a seguir, nuestra medida de lo que es “el norte a seguir”. De forma similar, aunque puede que nunca seamos perfectamente santos en esta vida, lo seremos en la eternidad y por tanto deberíamos tener esto presente para conseguir llegar lo más cerca posible de la santificación completa.

Otro problema es la presencia de enseñanzas como 1 Juan 3:3-6: “Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro. Todo aquel que comete pecado, infringe también la Ley, pues el pecado es infracción de la Ley. Y sabéis que él apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él. Todo aquel que permanece en él, no peca. Todo aquel que peca, no lo ha visto ni lo ha conocido.” ¿Esto no confirma la posición perfeccionista? Sin embargo, hay que observar que las formas verbales, especialmente en el versículo 4 (“que comete pecado”) y más tarde en el versículo 6 (“que permanece en él”) están en presente. El significado es que todos los que continúan pecando habitualmente son culpables de “infracción de la ley” y nunca han conocido a Cristo.

Hay implicaciones prácticas importantes en nuestro punto de vista de que aunque la falta absoluta de pecado no se experimente en esta vida debe ser nuestro objetivo a alcanzar. Por una parte, esta posición significa que no hace falta que haya grandes sentimientos de descontento, derrota, incluso desesperación y culpa cuando se peca. Por otra parte, también significa que no estaremos excesivamente satisfechos con nosotros mismos ni indiferentes ante la presencia del pecado. Porque de forma fiel y diligente pediremos a Dios que nos ayude a superar completamente esa tendencia al mal que, como Pablo, sabemos que está tan arraigada en nosotros.

 

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