Período patrístico (Siglos II al V)
Tras la muerte de los apóstoles, en el siglo II, los ataques y problemas no amainaron en la Iglesia. Más bien fue al revés, aumentaron y se hicieron más complejos. La Iglesia primitiva, más que olvidarse de la apologética, se vio obligada a potenciarla. Roma vio en el cristianismo naciente un enemigo en potencia, un factor socialmente perturbador que se aislaba de la forma de vida común y no participaba en el culto al emperador. Los grupos sectarios surgidos en el seno de la propia Iglesia se hacían cada vez más fuertes. Los ebionitas judaizantes solo reconocían el evangelio de Mateo. Los marcionitas de tendencia gnóstica preferían el de Lucas. Los docetistas, que creían que Cristo no había sufrido la crucifixión porque su cuerpo supuestamente era aparente y no real, solo reconocían el de Marcos. Mientras que los valentinianos, seguidores del gnóstico Valentín, preferían el evangelio de Juan. Todos se creían poseedores de la verdad absoluta y se enzarzan en luchas internas unos con otros, desacreditando ante los paganos al verdadero cristianismo.
Ante esta lamentable situación, Dios levantó apologistas como Ireneo (126-190 d. C.), que se enfrentó al gnosticismo de Marción, delimitando con ello el primer canon del Nuevo Testamento y revalorizando aquellos escritos que los apóstoles legaron como fundamento y columna de la fe. También Justino (100-165 d. C.) y Clemente (155-220 d. C.), filósofos convertidos al cristianismo, que dedicaron sus vidas a defender la fe, demostraron que el cristianismo no era una herejía judía incompatible con la razón, sino una forma más sublime de esperanza en el más allá. De la misma manera, Tertuliano (160-222 d. C.), famoso abogado romano convertido al cristianismo, fue probablemente el más brillante de todos los apologistas. Su conocida frase dirigida a los emperadores: “más somos cuanto derramáis más sangre; que la sangre de los cristianos es semilla”, pasó a los anales de la historia.
Más tarde las cosas cambiaron. El filósofo pagano Celso, un defensor apasionado de la cultura helenística, escribió una breve obra contra los cristianos, titulada: "Discurso verdadero". Celso creía en un dios supremo pero también en una multitud de dioses locales subordinados al primero. Estaba convencido de que los judíos, y sobre todo los cristianos, estaban corrompiendo las tradiciones paganas y socavando los cimientos de la sociedad. En este libro, afirma que Jesús nació de una unión adúltera; que aprendió artes mágicas en Egipto, mediante las cuales engañó a todos; que se inventó su nacimiento virginal; que la resurrección no fue más que una ilusión sufrida por los apóstoles y que el hecho de que fuera traicionado por uno de sus discípulos hasta morir de forma ignominiosa en una cruz, demostraría que no era divino ya que, si lo hubiera sido, habría previsto su trágico futuro y lo habría evitado.
La obra de Orígenes (185-254 d. C.) que responde a tales críticas paganas contra Jesús y sus seguidores se llama precisamente así, "Contra Celso". En sus más de quinientas páginas, se refutan todas y cada una de las acusaciones que este filósofo había escrito contra el cristianismo y constituye, por tanto, una auténtica referencia para la apologética cristiana posterior. Orígenes explica bien que la fe cristiana no se fundamenta en la demostración filosófica sino que, como afirma el apóstol Pablo (1 Co. 2:4), se trata de una “demostración del Espíritu y de poder”. Es el poder del Espíritu Santo quien convence a los seres humanos. Por lo tanto, ningún cristiano debe permitir que su fe se vea zarandeada por argumentos humanos falibles.
Orígenes afirma que Celso se equivoca gravemente al considerar que el cristianismo es perjudicial para la sociedad. El estilo de vida de los cristianos no puede causar ningún mal al Estado puesto que se basa en el amor y el respeto al prójimo. Si bien es verdad que algunos seguidores de Jesús se niegan a llevar y usar armas, renunciado por tanto a ciertos cargos públicos, por otro lado, benefician a todos por medio de sus oraciones de intercesión y enseñando a las personas a vivir de manera justa y honesta. Resulta del todo increíble –dice Orígenes– pensar que un carácter tan noble y honesto como el de Jesús hubiera sido capaz de urdir una patraña tan pueril, acerca de su nacimiento virginal, con el fin de evitar su propia deshonra. De la misma manera, carece de sentido la idea de que el rabino galileo y sus apóstoles, que murieron por defender el mensaje que predicaban, fuesen unos magos demagogos y mentirosos.
Pedir a los cristianos que demuestren la historicidad de ciertos acontecimientos es una exigencia imposible de cumplir. Lo mismo ocurre con muchos sucesos del pasado. Por ejemplo, no hay ninguna prueba estricta de la guerra de Troya y, sin embargo, su autenticidad es generalmente admitida. Los hechos históricos no son repetibles pero eso no significa que no sucedieran realmente.
Por otro lado, que Jesucristo sufriera no demuestra que no fuera consciente de su propia traición, así como de sus padecimientos y su muerte inminente. A lo largo de la historia ha habido otros personajes que asumieron también voluntariamente su muerte y, sin embargo, hubieran podido evitarla, como el filósofo griego Sócrates, entre otros. La resurrección de Jesús no puede considerarse legendaria o un invento de los discípulos puesto que estos consagraron sus vidas precisamente a difundirla y muchos perecieron por hacerlo. Tampoco pudo ser una fantasía o una alucinación colectiva –como dice Celso– ya que tales percepciones irreales de la mente nunca tienen lugar entre tantas personas cuerdas.
Tras la conversión del emperador Constantino, el cristianismo pasó a ser la religión oficial (en el Edicto de Milán del año 313). Desaparecieron las persecuciones y con ellas la necesidad de defenderse ante el Estado, pero surgieron nuevos problemas internos, como las controversias cristológicas. Arrio (250-336 d.C.), sacerdote en Alejandría de posible origen bereber, fue un seguidor de Filón de Alejandría que negó la divinidad de Cristo, diciendo que las tres personas de la Trinidad son personas distintas y sin relación entre sí. Según él, la eternidad solo era un atributo del Padre. Atanasio (295-373 d.C.) se vio en la necesidad de enfrentar enérgicamente tal herejía arriana en el Concilio de Nicea y, al afirmar que Cristo es de la misma sustancia que el Padre, dio forma al famoso Credo Niceno.
No obstante, las cosas no marchaban bien en el Imperio romano ya que se volvía cada vez más corrupto y comenzaba a desmoronarse. La sociedad y también la Iglesia reflejaron esta tendencia a la relajación moral. Juan Crisóstomo (344-407 d.C.) decidió enfrentar apologéticamente la inmoralidad y condenarla enérgicamente en sus homilías, defendiendo la dignidad de los valores cristianos. En su principal tratado apologético, "Demostración a judíos y griegos de que Cristo es Dios" (escrito entre 381 y 387), argumenta que Jesucristo hizo lo que ningún hombre hubiera podido hacer, atraer a la fe a pueblos que estaban culturalmente muy alejados de ella.
Finalmente, Agustín de Hipona, (354-430 d.C.) tuvo que enfrentarse con diversos problemas internos de la cristiandad, como el cisma puritano de los donatistas (quienes afirmaban que los sacramentos solo los podían administrar los puros) y seguir batallando contra los arrianos. No obstante, también resurgieron los problemas externos como la acusación al cristianismo de ser el responsable de la caída del Imperio romano. Agustín emprendió la defensa de la fe cristiana con la más famosa y conocida de sus obras, "La Ciudad de Dios", otro monumento de la apologética, que aún hoy en día, los profesores universitarios ateos, exigen leer a sus alumnos como lectura necesaria para entender las raíces cristianas de la cultura occidental.
Apologistas cristianos como Ireneo de Lyon (130-202 d.C.), argumenta en contra del politeísmo pagano, el emanatismo gnóstico (todo emana de Dios, luego no habría creación a partir de la nada) y el dualismo marcionita (el bien y el mal serían dos principios eternos), con estas palabras: “Conviene por tanto que comencemos por lo primero y más importante, a saber, Dios, el creador, que hizo el cielo y la tierra y todo lo que en ellos hay (Éx. 20:11; Sal. 146:6; Hch. 4:24; 14:15), el del que estos blasfemos dicen ser “fruto de una deficiencia”. Mostraremos que no hay nada por encima o más allá de él, que hizo todas las cosas por su propia y libre decisión, sin que nadie le empujara a ello; pues él es el único Dios, el único Señor, el único Creador, el único Padre, el único Soberano de todo, el que da la existencia a todas las cosas”. Así inicia Ireneo su refutación de la tesis valentiniana de 128 páginas.
Por su parte, Justino Mártir (100-165 d.C.), en su condena de la idolatría de su época dice de los cristianos: “Tampoco honramos con abundantes víctimas ni con coronas de flores a aquellos a quienes los hombres, después que les dieron forma y los colocaron en los templos, llamaron dioses. Porque sabemos que estas cosas están muertas e inanimadas y que no tienen la forma divina (...). Esto no solamente es contrario a la razón, sino que además es, a nuestro juicio, injurioso a Dios, porque Dios tiene una gloria y una naturaleza inefables y su nombre no puede imponerse a cosas que están sujetas a la corrupción”. Se necesitaba mucho valor para escribir contra la idolatría en el Imperio romano. De hecho, Justino murió martirizado en Roma durante el reinado de Marco Aurelio.
En tiempos de Clemente de Alejandría (150-217 d.C.), los escépticos de la fe cristiana argumentaban –tal como algunos continúan haciendo hoy– que un Dios que castiga no puede ser bueno. El gran apologista escribe al respecto: “Algunos se empeñan en decir que el Señor no es bueno porque usa la vara, y se sirve de la amenaza y del temor (...) Entonces, dicen algunos, ¿por qué se irrita y castiga, si ama a los hombres y es bueno? (...) Este modo de proceder es de suma utilidad en orden a la recta educación de los niños (...) La represión es como una especie de cirugía para las pasiones del alma, ya que las pasiones son como una úlcera de la verdad y deben eliminarse enteramente por extirpación. (...) Sin lugar a dudas, el Señor, nuestro Pedagogo, es sumamente bueno e irreprochable, porque en su inestimable amor hacia los hombres, ha participado de los sufrimientos de cada uno. Si el Logos odia alguna cosa, quiere que esa cosa no exista; y ninguna cosa existe si Dios no le da la existencia. No hay, pues, que sea odiado por Dios; y, por tanto, nada es odiado por el Logos”.
Tertuliano (160-220 d.C.) nacido en la ciudad romana de Cartago, al norte de África, fue uno de los apologistas latinos más brillantes. Se le llamó el “Gladiador de la Palabra” por su agudeza para argumentar y debatir. Él escribió estas palabras: “Decimos, y públicamente lo afirmamos y lo voceamos mientras vosotros nos destrozáis con tormentos y sangramos: ‘Adoramos a Dios por medio de Cristo’. Creedle mero hombre si queréis; más por Él y en Él quiere Dios ser conocido y adorado. (...) Examinad, pues, si es verdadera esta divinidad de Cristo. Si su divinidad es tal que su conocimiento reforma a los hombres, se sigue que ha de renunciarse a cualquier otra falsa divinidad.”
Orígenes (185-254 d.C.) nació también al norte de África, en Alejandría (Egipto). Fue un teólogo cristiano muy prolífico –más de 6.000 títulos– y en uno de ellos, "Tratado de los Principios", escribió estas palabras a propósito del origen de la materia: “No comprendo cómo tantos hombres ilustres han podido creerla increada, esto es, no hecha por el mismo Dios, creador de todas las cosas, y decir que su naturaleza y existencia son obra del azar (...) Según ellos, Dios no puede hacer nada de la nada, y al mismo tiempo dicen que la materia existe por azar, y no por designio divino. A su juicio, lo que se produjo fortuitamente es suficiente explicación de la grandiosa obra de la creación. A mí me parece este pensamiento completamente absurdo”. Es curioso comprobar lo actuales que resultan tales reflexiones.
Atanasio nació asimismo en Alejandría (296-373 d.C.) y fue uno de los obispos más importantes de la Iglesia. Argumentó contra los arrianos que rechazaban la doctrina de la Trinidad. Entre sus principales obras apologéticas destacan: "Discurso contra los griegos y Discurso sobre la Encarnación del Verbo". También Juan Crisóstomo (347-407 d.C.) fue un gran apologeta y orador cristiano de Antioquía. Su apodo “Crisóstomo” significa “boca de oro” y llegó a ser patriarca de Constantinopla por mandato imperial. Sus principales obras constituyen una sincera crítica de las desviaciones y corrupciones a las que ya había llegado el clero, durante los siglos IV y V de la era cristiana. Refiriéndose a la tremenda responsabilidad del ministerio cristiano dice: “Si Pablo, que aun se excedía en la custodia de los divinos mandamientos, y que de ningún modo buscaba lo que era suyo, sino el bien de los demás, estaba siempre con tanto temor cuando volvía la consideración a la grandeza de este ministerio, ¿qué será de nosotros, que frecuentemente solo buscamos nuestros intereses, que no solo no sobrepasamos los divinos mandamientos, sino que por la mayor parte no los cumplimos?”
Por último, Agustín de Hipona (354-430 d.C.) es considerado, tanto por católicos como por protestantes, como el “campeón de la verdad”. Se enfrentó en la defensa de la fe frente a los errores maniqueos, arrianos y pelagianos. Refiriéndose a una cuestión tan actual como el origen del tiempo, escribe: “¿Cómo habrían podido transcurrir siglos innumerables puesto que tú, que eres el autor y el fundador de los siglos, no los habías creado aún? ¿Cómo hubiese podido existir un tiempo, si tú mismo no lo hubieses establecido? ¿Y cómo hubiese podido transcurrir, si todavía no existía? (...) Tú hiciste todos los tiempos, eres antes que todos los tiempos. Por consiguiente, no hubo un tiempo en que no había tiempo.”
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