El estatus de Adán y Eva

Cuando hablamos del origen de la humanidad, nos estamos refiriendo a algo más que su comienzo. Ya que “comienzo” hace referencia solamente al hecho de empezar a existir. Por lo tanto, hablar de “comienzo del humano” es un tipo de referencia meramente científica al hecho de que los humanos empezaran a existir, y quizá a la manera en la que esto sucedió. Sin embargo, “origen” tiene la connotación del propósito de este hecho. En términos de existencia individual, el comienzo de la vida de una persona es siempre el mismo: sucede cuando el esperma de un hombre se combina con el óvulo de una mujer. Pero, desde un punto de vista terrenal, el origen de cada vida es diferente. De hecho, en algunos casos se podría considerar incorrecto hablar de origen. Porque mientras algunos nacimientos son el resultado del plan y el deseo definidos de dos personas de tener un hijo, otros son el producto no deseado de una unión física entre dos personas, quizá la consecuencia de un descuido. La teología no pregunta únicamente cómo aparecen los individuos sobre la faz de la tierra, sino por qué, o qué propósito hay tras su presencia aquí. La perspectiva del comienzo humano nos ofrece poca guía sobre lo que somos y lo que vamos a hacer, pero en el marco del propósito surge una comprensión más clara y más completa sobre la naturaleza del hombre. La imagen bíblica del origen de la humanidad es la de que un Dios sabio, todopoderoso y bueno creó la raza humana para amarle y servirle y para que disfrute de una relación con él.

Génesis contiene dos relatos sobre la creación de los humanos por Dios:

1. El primero, en 1:26-27, simplemente recoge la decisión de Dios de hacer a los humanos a su imagen y semejanza y la acción de Dios al poner en práctica su decisión. No se dice nada sobre los materiales o el método utilizado. El primer relato pone un énfasis mayor en el propósito y razón para la creación de los humanos; esto es, que fructificaran y se multiplicaran (v. 28) y dominaran la tierra.

2. El segundo relato, Génesis 2:7, es bastante diferente: “Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, sopló en su nariz aliento de vida y fue el hombre un ser viviente.” Aquí el énfasis parece estar en la manera en la que Dios creó.

Se han formulado y promulgado numerosas interpretaciones diferentes sobre el estatus de la primera pareja de humanos. Ha habido una divergencia clara sobre si Adán y Eva tienen que ser considerados como auténticos personajes históricos o son meramente simbólicos. El punto de vista tradicional ha sido el de que eran de verdad personas y que los sucesos que cuenta la Biblia ocurrieron en el espacio y el tiempo. Sin embargo, una serie de teólogos ha puesto en duda este punto de vista.

Uno de los que han rechazado con más fuerza este punto de vista fue Emil Brunner. A diferencia de Karl Barth, Brunner reconoció que la historicidad del relato de Adán y Eva es lo que importa. Barth había dicho que lo realmente importante no es si la serpiente del paraíso habló de verdad, sino lo que dijo. Sin embargo, Brunner consideraba esto únicamente una inteligente evasión de la cuestión que debe plantearse, y no sólo por propósitos apologéticos, sino también por propósitos teológicos.

Según Brunner, la historia de Adán y Eva se debe abandonar tanto por cuestiones externas como internas. Por cuestiones externas él entendía las consideraciones empíricas. La evidencia de la ciencia natural, como la evolución biológica, de la paleontología y de la historia está en conflicto con la tradición eclesiástica. En particular, mientras que el punto de vista eclesiástico requiere la idea de una 

edad de oro pasada, con su enseñanza de una creación originalmente perfecta e inocente y su subsiguiente caída en el pecado, la evidencia científica indica una forma humana cada vez más primitiva cuanto más atrás vamos. Aunque la evolución es un hecho firmemente establecido, nuestra idea de los inicios de la raza humana, que como mucho es una idea vaga y tenue, no encaja con el retrato bíblico de Adán y Eva. Por lo tanto Brunner creía que la iglesia debía abandonar la creencia de que eran personas de verdad, ya que esto no trae más que desdén y ridículo a la iglesia.

Brunner consideraba que las razones internas eran aun más importantes. El auténtico problema con el punto de vista eclesiástico es que mantiene que el relato de Adán y Eva está en el plano de la historia empírica. Cuando se piensa de esa manera, el relato bíblico está reñido con la explicación científica de los inicios humanos. El que defiende la explicación científica no puede mantener nada del relato cristiano o bíblico, siempre que se crea que el intento del relato bíblico es proporcionar una explicación factual. Esto es así para los que adoptan un naturalismo mecanicista y para los evolucionistas idealistas, como Friedrich Schleiermacher y los teólogos hegelianos.

Brunner mantenía que no se pierde nada por abandonar la idea de que el relato de Adán y Eva recoge sucesos históricos. Por el contrario, abandonar esta idea es una purificación necesaria de la doctrina de la humanidad más por cuestiones teológicas que científicas. Mientras se crea que el relato bíblico se preocupa por las dos personas que se describen en él, tendrá muy poco que ver con nadie más. Sin embargo, cuando se le libera del punto de vista eclesiástico tradicional, nos es posible ver que la discusión bíblica sobre los orígenes humanos no es sobre un hombre en particular, Adán, que vivió hace mucho tiempo, sino sobre usted, yo y cualquier otra persona del mundo.

En muchos aspectos el enfoque de Brunner compara el relato de la creación con una parábola, como la del hijo pródigo. Si el “Hijo pródigo” se considera un hecho real, entonces no es más que una historia interesante sobre un hombre joven que se fue de casa hace siglos. Si, por otra parte, se entiende como Jesús trataba de que se entendiera, esto es, como una parábola, entonces es aplicable y relevante para nosotros hoy en día. De la misma forma la historia de Adán y Eva no se debería considerar como una recopilación de sucesos de la vida de dos personas. Que Adán tenga un nombre no es significativo, porque Adán significa “humano.” El relato del Génesis, por lo tanto, no es sobre dos personas que vivieron hace mucho tiempo, sino que realmente es algo verdadero para cada uno de nosotros hoy en día.

¿Cómo deberíamos considerar esta interpretación? ¿Importa en realidad si la historia de Adán y Eva se considera un relato histórico sobre dos personas reales en el principio de la raza humana, o un relato representativo sobre todos nosotros? La cuestión no es sencillamente cómo lo consideraba el autor del relato, ya que algunos podrían decir que la perspectiva de que Adán y Eva fueran históricos era la forma en la que el autor expresaba la doctrina que contenía el relato. Esta forma podría cambiar sin que se perdiese la esencia de la doctrina. Pero ¿la perspectiva de que Adán y Eva sean figuras históricas es únicamente la forma de expresar la doctrina del origen de la humanidad, o en cierto sentido es su esencia?

Un enfoque de este tema es examinar la forma en que el Nuevo Testamento ve a Adán. Es cierto que la palabra Adán se puede tomar como un término general o de clase (“humano”) en lugar de cómo un nombre propio. Sin embargo, en dos pasajes: Romanos 5 y 1 Corintios 15, Pablo relaciona el pecado humano con Adán de una forma que hace difícil considerar a “Adán” solamente como un término representativo. En Romanos 5:12-21 Pablo hace referencia varias veces al pecado de “un hombre.” También hace referencia a la obediencia, gracia y rectitud de “un solo hombre, Jesucristo.” Pablo está haciendo un paralelismo entre el hombre Adán y el hombre Jesucristo. Fíjese que la parte negativa de la exposición doctrinal de Pablo reside en la realidad de Adán. El pecado, la culpa y la muerte son hechos universales de la existencia humana; son partes esenciales de la doctrina de Pablo sobre la humanidad. Pablo explica que todos los seres humanos mueren porque el pecado llegó al mundo a través de una persona. La muerte es una manifestación de la condenación resultante del pecado de un hombre. Es difícil por lo tanto concluir cualquier cosa distinta a que Pablo creía que Adán era una persona particular que cometió un pecado que fue significativo para el resto de la raza humana.

En 1 Corintios 15 la posición de Pablo se hace aún más evidente. Aquí dice que la muerte entró por un hombre (v. 21) y después deja claro (v. 22) que se refiere a Adán. En el versículo 45 Pablo se refiere de forma distintiva al “primer hombre Adán.” Si se entiende que la palabra Adán siempre significa “humano,” hay, como poco, algo de redundancia aquí. Parece que queda suficientemente claro que Pablo creía que Adán era una persona histórica real.

Por razones como estas, concluimos que los escritores del Nuevo Testamento como Pablo creen no sólo que existieron realmente Adán y Eva, sino que los consideraban una parte indispensable de la doctrina de la humanidad. ¿Pero es sostenible esta idea? ¿Qué han establecido los datos científicos sobre el origen de la raza humana? ¿Se ha excluido un comienzo monogenético de Adán y Eva? Aunque la respuesta depende en gran medida de la definición que se dé de humanidad, factores comunes en la raza humana, por ejemplo la interfertilidad, sugirieren un punto de origen común.

 

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