Extensión de la inspiración
Debemos exponer ahora la cuestión de la extensión de la inspiración o, para decirlo de otra manera, de lo que es inspirado. ¿Se debe considerar así a toda la Biblia o sólo a algunas porciones?
Una solución fácil sería citar 2 Timoteo 3:16: “Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil...” Sin embargo, hay un problema debido a la ambigüedad de la primera parte de este versículo. El texto dice simplemente 'pasa graphē theopneustos kai ōphelimos'. Falta la cópula 'esti'. Dependiendo de dónde se incluya dicha cópula, la frase literalmente diría: “toda la escritura es inspirada por Dios y beneficiosa.” o bien: “toda la escritura inspirada por Dios es también beneficiosa.” Si se adopta la primera traducción, se afirmaría la inspiración de todas las Escrituras. Si se sigue la segunda, la frase enfatizaría el beneficio de todas las Escrituras inspiradas por Dios. Sin embargo, de este contexto no se puede determinar lo que Pablo intentó expresar. (Lo que aparece según el contexto es que Pablo tenía en mente un conjunto de escrituras definido que Timoteo conocía desde su infancia. Es improbable que Pablo estuviera intentando hacer una distinción entre Escrituras inspiradas y no inspiradas dentro de este conjunto de escritos.)
¿Podemos encontrar ayuda adicional sobre este tema en otros dos textos citados previamente: 2 Pedro 1:19-21 y Juan 10:34-35? A primera vista esto parece no funcionar ya que el primero se refiere específicamente a la profecía y el último a la ley. Sin embargo, en Lucas 24:25-27 parece que “Moisés y todos los profetas” es igual a “todas las Escrituras,” y en Lucas 24:44-45 que “la Ley de Moisés, los profetas y los Salmos” son iguales a “las Escrituras.” En Juan 10:34, cuando Jesús hace referencia a la ley, en realidad cita el Salmo 82:6. En Juan 15:25, hace referencia a una frase que se encuentra en el Salmo 35:19 como “la que está escrita en su Ley.” En Mateo 13:35, se refiere a “lo que dijo el profeta” y después cita el Salmo 78:2. Es más, Pablo hace referencia a diferentes tipos de pasajes como “ley”: Isaías 28:11-12 (1 Co. 14:21); Salmos e Isaías (Ro. 3:19); e incluso Génesis 16:15 y 21:9, que son pasajes narrativos (Gá. 4:21-22). Y Pedro se refiere a la “palabra de los profetas” (2 P. 1:19) y a todas las “profecías de las Escrituras” (v. 20) de manera que nos lleva a creer que tiene en mente toda la colección de escritos aceptados comúnmente en ese tiempo. Parece que “ley” y “profecía” a menudo se utilizaron para designar a todas las Escrituras hebreas.
¿Esta forma de entender la inspiración se puede extender hasta cubrir también los libros del Nuevo Testamento? Este problema no se resuelve tan fácilmente. Tenemos algunas indicaciones de que los escritores creían que lo que estaban haciendo era de la misma naturaleza que lo que habían hecho los autores del Antiguo Testamento. Una referencia explícita de un autor del Nuevo Testamento a los escritos de otro es 2 P. 3:16. Aquí Pedro hace referencia a los escritos de Pablo y alude a la dificultad de entender en ellos algunas cosas, que, dice: “los indoctos e inconstantes tuercen (como también las otras Escrituras).” Por lo tanto Pedro agrupa los escritos de Pablo con otros libros, que seguramente les resultaban familiares a los lectores, que eran considerados Escrituras. Además, Juan identificó lo que estaba escribiendo con la palabra de Dios: “Nosotros somos de Dios. El que conoce a Dios, nos oye, el que no es de Dios, no nos oye. En esto conocemos el espíritu de verdad y el espíritu de error” (1 Jn. 4:6). Él hace de sus palabras el criterio de medida. Además, a lo largo del libro del Apocalipsis hay indicaciones de que Juan era consciente de que le estaban ordenando escribir. En Apocalipsis 22:18-19, habla del castigo a cualquiera que añada o elimine algo de lo que está escrito en ese libro de profecías. La expresión utilizada en este caso es similar a la advertencia que aparece en los escritos canónicos del Antiguo Testamento (Dt. 4:2; 12:32; Prov. 30:6). Pablo escribió que el evangelio recibido por los tesalonicenses había llegado a través del Espíritu Santo (1 Ts. 1:5) y había sido aceptado por ellos como lo que realmente era: la palabra de Dios (2:13). Aunque la cuestión de qué libros deberían incluirse en el canon del Nuevo Testamento es otro tema, debería quedar claro que estos autores del Nuevo Testamento consideraban que las Escrituras se extendían desde el periodo profético hasta su propio tiempo.
Otro tema importante que debe abordarse es si la inspiración fue una acción específica del Espíritu Santo en momentos concretos o si era una posesión permanente de los escritores por ser quienes eran. Para decirlo de otra forma, ¿era una actividad intermitente o continua del Espíritu Santo? Como se apuntó anteriormente, una posición liga la inspiración al oficio profético o apostólico per se. Según este punto de vista cuando Jesús nombró a los apóstoles sus representantes, les dio la autoridad para definir y enseñar la verdad. Los que mantienen este punto de vista normalmente citan el nombramiento de los apóstoles de Mateo 16:17-20, en el cual Jesús da a Pedro las llaves del reino, señalando que lo que Pedro acaba de decir le había sido revelado por el Padre celestial, no por la carne ni la sangre. El nombramiento en Mateo 28:19-20 y las promesas de que el Espíritu Santo les guiará, enseñará e iluminará (Jn. 14-16) se consideran también una forma de corroborar este punto de vista. La inspiración del Espíritu Santo es, según esta posición, prácticamente equivalente a ser lleno de Espíritu Santo. Cada vez que proclame el mensaje cristiano, un profeta o un apóstol, en virtud de su oficio y a través del Espíritu Santo, estará diciendo la verdad.
Pero ¿este punto de vista de la inspiración se puede concordar con los datos de las Escrituras? Más bien parece que el poder de profecía no era constante. En Ezequiel 29:1, por ejemplo, hay una fecha muy precisa (en este caso hasta con el día exacto) de cuando la palabra del Señor llegó a Ezequiel. Lo mismo sucede con la palabra de Dios que llega a Juan el Bautista (Lc. 3:1-2). También hay una fecha precisa en el caso de Elisabet y Zacarías (Lc. 1:41-42, 59-79). Es más, algunos que no eran profetas profetizaron. Como Balaam (Núm. 22:28- 30) y Saúl (1 S. 19:23-24).
Este carácter intermitente también se dio con otros dones sobrenaturales. La habilidad para hablar en lenguas que no se habían aprendido previamente les llegó de repente a los apóstoles (Hch. 2:4), y no hay indicación de que ellos continuaran practicando este don. En Hechos 19:11-12 leemos que Dios realizó milagros extraordinarios a través de las manos de Pablo, pero no hay ninguna señal de que esto sucediera con regularidad. Es lógico suponer que la inspiración de las Escrituras también fuera intermitente.
Finalmente, señalamos que a veces los apóstoles parecían desviarse de lo que se suponía que era la voluntad de Dios para ellos, y de la práctica de la verdad espiritual. Pedro, por ejemplo, se retraía y se apartaba de comer con los gentiles cuando llegaron ciertos judíos (Gá. 2:11-12). Pablo creyó necesario corregir a Pedro públicamente (2:14-21). Sin embargo, el propio Pablo no carecía de culpa. Hechos 15:38-41 describe la controversia entre Pablo y Bernabé como tan fuerte que les pareció necesario separarse. Aunque no podemos determinar la naturaleza y la extensión de la culpa en esta situación, parece que Pablo al menos parcialmente estaba equivocado. La objeción de que estos hombres se desviaron en sus acciones, no en sus enseñanzas no es demasiado coherente ya que la enseñanza se hace tanto en forma de modelo como en forma de proclamación.
Concluimos que la inspiración no era algo permanente y continuo unido inseparablemente al oficio de profeta y apóstol. Aunque puede haber funcionado en otros tiempos distintos a cuando se escribió la Escritura, desde luego no se extiende a todas las expresiones y escritos del autor.
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