Persistencia

Una última dimensión del amor de Dios es la persistencia. El término hebreo aquí es ‘erek appayin' (Éx. 34:6) y el griego es makrothumia (lentitud para el enojo). Leemos sobre la persistencia de Dios en Salmos 86:15; Romanos 2:4; 9:22; 1 Pedro 3:20 y 2 Pedro 3:15. En todos estos versículos se representa a Dios conteniendo el juicio para seguir ofreciendo salvación y gracia durante largos periodos de tiempo.

La gran paciencia de Dios se manifestó en particular con Israel, como muestra de fidelidad hacia ellos. El pueblo de Israel repetidamente se rebeló contra Jehová, deseando volver a Egipto, rechazando el liderazgo de Moisés, haciendo ídolos para adorarlos, adquiriendo las prácticas de los pueblos de los alrededores y casándose con su gente. Debe haber habido momentos en los que el Señor se sintiera tentado a abandonar a su pueblo. Incluso los hititas o los moabitas debían parecer una mejor opción por entonces. Una destrucción a gran escala de Israel en forma de diluvio habría sido más apropiada, sin embargo Dios no se separó de ellos.

Pero la paciencia de Dios no se limitaba a Israel. Pedro (1 P. 3:20) incluso sugiere que el diluvio se retrasó tanto para proporcionar la oportunidad de salvarse a aquellos que acabaron siendo destruidos. Hablando del día de la gran destrucción, Pedro también sugiere que la segunda venida se retrasa por la paciencia de Dios. No desea que “ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 P. 3:9).

En una ocasión Pedro se acercó a Jesús (en nombre de los discípulos, sin duda) y preguntó con qué frecuencia debería perdonar a un hermano que hubiera pecado contra él: ¿siete veces? La respuesta de Jesús a Pedro, que se ha interpretado como “77 veces” o “490 veces,” indica la naturaleza persistente, implacable del amor que tiene que caracterizar a los seguidores del Señor. El mismo Jesús demostró ese amor persistente con Pedro. Cuando Jesús le advirtió que negaría a su Señor, Pedro protestó vigorosamente. Aunque todos negaran a Jesús, él nunca lo haría. Jesús le advirtió que no sólo lo negaría una vez, sino tres, una profecía que pronto se cumplió. Pedro salió y lloró amargamente después de haber negado conocer a Jesús. Pero Jesús perdonó a Pedro esta vez, como había hecho con muchos otros fallos. De hecho, el ángel en el sepulcro pidió a las tres mujeres que dijeran a los discípulos y a Pedro que Jesús se iba a Galilea, donde les vería (Mr. 16:7). La fidelidad y la paciencia de Dios se manifestaron al no abandonar a otros creyentes que habían pecado y le habían fallado: Moisés, David, Salomón y muchos otros.

Como con los otros atributos de Dios, el amor también tiene que caracterizar al creyente. Jesús dejó esto claro. Dijo que cumpliendo su mandamiento sus discípulos permanecerían en su amor. Y ese mandamiento es: “Que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn. 15:12). Es más, cuando envió a sus discípulos, les dijo: “de gracia recibisteis, dad de gracia” (Mt. 10:8). Les enseñó a orar: “perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores” (Mt. 6:12). Y les contó con desaprobación la parábola del siervo al que se le había perdonado una gran cantidad de dinero, pero luego se negó a perdonar una pequeña deuda a un consiervo (Mt. 18:23-35). Juan insistió en que la ausencia de actos de preocupación prácticos en una persona es indicativo de que la supuesta experiencia cristiana no es genuina y que el amor de Dios no reside en ella (1 Jn. 2:7-11; 3:11-18).

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