Tres personas en uno
En principio, estas dos líneas de evidencia -la unidad de Dios y el ser tres personas en uno- parecen contradictorias. Al principio de su existencia, la iglesia no tuvo demasiada oportunidad de estudiar la relación entre estos dos grupos de datos. El proceso de organizarse y de propagar la fe e incluso el tratar de sobrevivir en un mundo hostil, impedía una reflexión doctrinal más seria. Sin embargo, cuando la iglesia estuvo ya más asentada, empezó a preocuparse por intentar unir estos dos tipos de materiales. Concluyó que Dios debía entenderse como tres en uno, o dicho en otras palabras, triuno. En este punto debemos plantear la pregunta de si se enseña esta doctrina explícitamente en la Biblia, la sugieren las Escrituras o es meramente una deducción procedente de otras enseñanzas de la Biblia.
Un texto al que se ha apelado tradicionalmente para documentar la Trinidad es 1 Juan 5:7, que se encuentra en las versiones tempranas como la Reina Valera: “Tres son los que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo; y estos tres son uno.” Aquí estamos aparentemente ante una declaración clara y sucinta de la tres personas en uno. Sin embargo, desgraciadamente la base textual es tan débil que algunas traducciones recientes (por ejemplo NVI) incluyen esta frase sólo en un pie de página y en cursiva, y hay otras (como la RSV) que la omiten totalmente. Si hay una base bíblica para la Trinidad, tenemos que buscarla en otra parte.
La forma plural para el nombre del Dios de Israel (‘elohim'), se considera a veces un indicio de la idea trinitaria. Es un nombre genérico utilizado para referirse también a otros dioses. Cuando se usa haciendo referencia al Dios de Israel, generalmente, aunque no siempre, aparece en plural. Algunos argumentan que aquí hay un indicio de la naturaleza plural de Dios. Sin embargo, el plural normalmente se interpreta como indicación de majestad o intensidad y no como señal de la multiplicidad de la naturaleza de Dios. Theodorus Vriezen piensa que el plural lo que intenta es elevar el referente al estado de representante general de la clase y por lo tanto, rechaza la idea de que la doctrina de la trinidad esté implícita en Génesis 1:26. Walter Eichrodt cree que al utilizar el plural de majestad el escritor de Génesis intentaba preservar su cosmología de cualquier trazo de pensamiento politeísta y al mismo tiempo representar al Dios Creador como el soberano absoluto y el único ser cuya voluntad tiene peso.
Sin embargo, la interpretación de 'elohim' como plural de majestad no es aceptado con unanimidad por los recientes estudiosos del Antiguo Testamento. En 1953, G. A. F. Knight argumentó en contra en una monografía titulada "A Biblical Approach to the Doctine of the Trinity" (Un enfoque bíblico a la doctrina de la Trinidad). Mantenía que hacer de 'elohim' un plural de majestad es leer el hebreo antiguo de forma moderna, ya que a los reyes de Israel y Judá se les nombraba a todos en singular en los relatos bíblicos. Aunque rechaza el plural de majestad, Knight señala que, no obstante, hay una peculiaridad en hebreo que nos ayuda a entender el término en cuestión. Las palabras para agua y cielo (entre otras) también son plurales. Los gramáticos han denominado este fenómeno como plural cuantitativo. Se puede pensar en el agua como gotas de lluvia individuales o como la masa de agua de un océano. Knight afirmaba que esta diversidad cuantitativa en unidad es una buena manera de entender el plural 'elohim'. También creía que esto explicaba por qué el nombre singular (‘adonai') se escribía en plural.
También hay otras formas en plural. En Génesis 1:26 Dios dice: “Hagamos al hombre en nuestra imagen.” Aquí tenemos el plural en el verbo “hagamos” y en el pronombre posesivo “nuestro.” En Génesis 11:7 también hay una forma plural: “Descendamos y confundamos allí su lengua.” Cuando Isaías fue llamado oyó que el Señor decía: “¿A quién enviaré y quién irá por nosotros?” (Is. 6:8). Se ha objetado que estos son plurales mayestáticos. Sin embargo, lo que es importante desde el punto de vista del análisis lógico es el cambio de singular a plural en el primer y tercer ejemplos. Génesis 1:26 en realidad dice: “Entonces dijo Dios [singular]: ‘Hagamos [plural] al hombre a nuestra [plural] imagen.’” El escritor de las Escrituras no usa un verbo en plural (de majestad) con ‘elohim', pero se cita a Dios utilizando un verbo plural para referirse a sí mismo. De la misma manera, en Isaías se lee: “¿A quién enviaré [singular] y quién irá por nosotros [plural]?”
La enseñanza de la imagen de Dios en el hombre también se ha visto como un indicio de la Trinidad. En Génesis 1:27 se lee:
"Y creó Dios al hombre a su imagen,
a imagen de Dios lo creó;
varón y hembra los creó."
Algunos argumentan que estamos ante un paralelismo, no en las dos primeras líneas únicamente, sino en las tres. Por lo tanto “varón y hembra los creó” es equivalente a decir “Y creó Dios al hombre a su imagen” y a “a imagen de Dios los creó.” Según esto, la imagen de Dios en el hombre (genérico) se tiene que encontrar en el hecho de que el hombre ha sido creado hombre y mujer (plural). Esto significa que la imagen de Dios es una unidad en la pluralidad, una característica de la copia y del arquetipo. Según Génesis 2:24, hombre y mujer serán uno (‘echad'); implica una unión de dos entidades separadas. Es significativo que esta misma palabra se utiliza en el Shema: “Jehová nuestro Dios, Jehová uno es” (Dt. 6:4). Parece que se está confirmando algo sobre la naturaleza de Dios: es un organismo, esto es, una unión de distintas partes.
En varios lugares de las Escrituras las tres personas están vinculadas en unidad y aparente igualdad. Una de estas es la fórmula bautismal que se dicta en la Gran Comisión (Mt. 28:19-20): bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Fíjese que “nombre” es singular, aunque incluye a las tres personas. Observe también que no se sugiere que haya inferioridad o subordinación. Esta fórmula se convierte en parte de una de las primeras tradiciones en la iglesia: la encontramos en el Didache (7.1-4) y en la Apología de Justino (1.61). También hay otra vinculación directa de los tres nombres en unidad y aparente igualdad, es la bendición paulina de 2 Corintios 13:14: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros.”
En los Evangelios y en las Epístolas hay vinculaciones de las tres personas que no son tan directas ni explícitas. El ángel le dice a María que su hijo será llamado santo, Hijo de Dios, porque el Espíritu Santo vendrá sobre ella (Lc. 1:35). En el bautismo de Jesús (Mt. 3:16-17) las tres personas de la Trinidad estuvieron presentes. El Hijo estaba siendo bautizado, el Espíritu de Dios descendió en forma de paloma y el Padre habló con aprobación de su Hijo. Jesús relaciona sus milagros con el poder del Espíritu de Dios y señala que esto es evidencia de que el reino de Dios ha llegado (Mt. 12:28). Este patrón trinitario también se puede ver en la declaración de Jesús cuando dice que enviará la promesa del Padre sobre los discípulos (Lc. 24:49). El mensaje de Pedro en Pentecostés también vincula a las tres personas: “Así que, exaltado por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís... Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hch. 2:33, 38).
En 1 Corintios 12:4-6 Pablo habla de la dotación de capacidades especiales a los creyentes que pertenecen al cuerpo de Cristo: “Hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. Y hay diversidad de actividades, pero Dios que hace todas las cosas en todos, es el mismo.” En un contexto soteriológico dice: “Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ‘¡Abba, Padre!’” (Gá. 4:6). Pablo habla así de su propio ministerio: “para ser ministro de Jesucristo a los gentiles, ministrando el evangelio de Dios, para que los gentiles le sean como ofrenda agradable, santificada por el Espíritu Santo” (Ro. 15:16). Y Pablo relaciona los diferentes pasos en el proceso de la salvación con las distintas personas de la Trinidad: “Y el cual nos confirma con vosotros en Cristo, y el que nos ungió, es Dios, el cual también nos ha sellado y nos ha dado, como garantía, el Espíritu en nuestros corazones” (2 Co. 1:21-22). De forma similar, Pablo se dirige a los Tesalonicenses como “hermanos amados por el Señor” y añade que siempre da gracias por ellos porque “os haya escogido desde el principio para la salvación mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad” (2 Ts. 2:13-14). También debemos mencionar aquí la bendición de 2 Corintios 13:14 y la oración de Pablo en Efesios 3:14-19. Es obvio que Pablo vio una relación muy cercana entre las tres personas. Y lo mismo hicieron los autores de las otras epístolas. Pedro empezó su primera carta dirigiéndose a los expatriados de la dispersión “elegidos según el previo conocimiento De Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo” (1 P. 1:1-2). Judas exhorta a sus lectores diciendo: “edificándoos sobre vuestra santísima fe, orando en el Espíritu Santo, conservaos en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para la vida eterna” (vv. 20-21).
Es en el cuarto Evangelio donde encontramos las evidencias más importantes de la igualdad de las personas de la Trinidad. La fórmula trinitaria aparece una y otra vez: 1:33-34; 14:16, 26; 16:13-15; 20:21-22 (compárese con 1 Juan 4:2, 13-14). La dinámica interna entre las tres personas aparece repetidamente, como ha observado George Hendry. El Hijo es enviado por el Padre (14:24) y procede de él (16:28). El Espíritu es dado por el Padre (14:16), es enviado del Padre (14:26) y procede del Padre (15:26). No obstante el Hijo está muy implicado en la venida del Espíritu: ora por su venida (14:16); el Padre envía al Espíritu en el nombre del Hijo (14:26); el Hijo enviará el Espíritu desde el Padre (15:26); el Hijo debe irse para que pueda enviar al Espíritu (16:7). El ministerio del Espíritu se entiende como una continuación y elaboración del del Hijo. Él traerá a la memoria lo que dijo el Hijo (14:26); dará testimonio del Hijo (15:26); hablará todo lo que oiga del Hijo, glorificando así al Hijo (16:13-14).
El prólogo del Evangelio también contiene material rico en significado para la doctrina de la Trinidad. Juan dice en el primer versículo del libro: “El Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios” ('ho logos ēn pros ton theon, kai theos ēn ho logos'). Aquí hay una indicación de la divinidad de la Palabra; obsérvese que la diferencia en el orden de las palabras entre la segunda y la tercera frase sirve para acentuar “Dios” (o “divino”). Hay otras formas en las que este Evangelio destaca la proximidad y unidad entre el Padre y el Hijo. Jesús dice: “El Padre y yo uno somos” (10:30), y “El que me ha visto a mí ha visto al Padre” (14:9). Ora para que sus discípulos sean uno al igual que él y el Padre son uno (17:21).
La conclusión que nosotros sacamos de estos datos que acabamos de examinar es que aunque la doctrina de la Trinidad no se expresa abiertamente, las Escrituras, especialmente en el Nuevo Testamento, contienen tantas sugerencias de la deidad y unidad de las tres personas que podemos entender por qué la iglesia formuló esta doctrina, y concluimos que tuvieron razón al hacerlo.
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