La iglesia visible y la iglesia invisible
Otro asunto más es la relación entre la iglesia visible y la invisible. La distinción, que apareció ya con Agustín, fue enunciada por primera vez con claridad por Martín Lutero y después incorporada por Juan Calvino a su teología. Fue la manera de tratar Lutero las aparentes discrepancias entre las cualidades de la iglesia tal como las encontramos expuestas en las Escrituras y las características de la iglesia empírica, tal como existe realmente en la tierra. Sugirió que la verdadera iglesia consta únicamente de los justificados, de aquellos que están relacionados de forma redentora con Dios.
La distinción entre la iglesia visible y la invisible, una distinción que algunos rechazan, no es la misma que la distinción entre la iglesia local y la universal. Más bien, aquí lo que tenemos es la cuestión de hasta qué punto la verdadera iglesia se ha de identificar con la institución terrenal actual. Por una parte, ¿es posible que ciertas personas que estén dentro de la iglesia visible no sean verdaderos creyentes, que no sean realmente parte del cuerpo de Cristo? Y al contrario, ¿puede haber miembros del cuerpo de Cristo que no estén afiliados a algún segmento de la iglesia visible, algún grupo local de creyentes? O para decirlo de otra manera, ¿cuál es el factor prioritario, el institucional o el personal/espiritual? ¿La conexión con la iglesia institucional le hace a uno cristiano? ¿O la iglesia está formada por las experiencias cristianas individuales de sus miembros? ¿Qué cosa justifica a la otra, la organización institucional o las experiencias espirituales individuales? Estas cuestiones se han contestado de diferentes maneras:
1. Por una parte, están los grupos que sostienen que la iglesia institucional o visible es anterior. El catolicismo romano tradicional es probablemente la forma más pura de este punto de vista, aunque también es característico de las comuniones anglicanas y ortodoxas. Algunas organizaciones particulares son consideradas como parte de la verdadera iglesia si pueden demostrar que tienen su origen en el acta de establecimiento de la iglesia de Cristo (Mt. 16:18). Según este punto de vista, la declaración de Jesús: “edificaré mi iglesia” no fue una simple predicción y promesa. Fue una declaración constitutiva. Que ese fue el momento en el que inició la iglesia se confirma con la declaración siguiente: “a ti te daré las llaves del reino de los cielos: todo lo que ates en la tierra será atado en los cielos, y todo lo que desates en la tierra será desatado en los cielos” (v. 19). En la interpretación católica romana tradicional, Jesús confirió aquí a los apóstoles un estatus especial que les permitía definir la doctrina y transmitir la gracia, por ejemplo, perdonando los pecados. Es esta gracia (gracia santificante, en la formulación tradicional) la que ofrece salvación o la que le hace a uno cristiano. La autoridad para dispensar esta gracia era transmitida por los apóstoles a sus sucesores, un proceso que ha continuado hasta nuestros días.
Por lo tanto, una marca destacada de la iglesia auténtica es la apostolicidad. Jesús dio a sus apóstoles una franquicia exclusiva por así decirlo; según esto, una iglesia auténtica tiene que mostrar un pedigrí específico. Una iglesia auténtica es la que puede remontarse hasta los apóstoles y por tanto, claro está, al momento mismo en que Jesús establece la iglesia. Sin ese pedigrí no existe iglesia, no hay salvación y no hay cristianos. Un grupo de personas puede reunirse, organizarse en forma de corporación, realizar servicios religiosos, erigir una estructura y llamarse a sí mismos iglesia, pero no por ello constituir una iglesia. Lo que autentifica a un grupo de gente como iglesia es una conexión visible con una organización actual que se pueda remontar hasta la iglesia del Nuevo Testamento. Es obvio que, los que mantienen esta teoría dan muchísima importancia a asuntos tales como el orden de la iglesia, su liderazgo y gobierno y los ministros ordenados.
2. En el extremo opuesto está lo que hemos denominado el enfoque pietista sobre la iglesia, aunque este término puede resultar un tanto equívoco. El énfasis aquí se pone en la relación directa entre el individuo y Dios a través de Jesucristo, que es lo único que hace que uno sea cristiano. Y es la presencia de tales cristianos, personas regeneradas, lo que hace que un grupo se constituya adecuadamente como iglesia. Nótese que según este punto de vista los que están relacionados con Cristo de manera redentora forman la iglesia, estén o no unidos formando un grupo visible. La membresía dentro de un grupo visible no es garantía de estar justificado a los ojos de Dios, por lo tanto la organización visible es relativamente poco importante. De hecho, algunos niegan la necesidad de formar parte de un cuerpo organizado. La comunión informal de forma voluntaria es todo lo que se necesita. En caso de grupos como Plymouth Brethren (las asambleas de hermanos), puede haber aversión a cualquier cosa que se parezca a una estructura formal y a un ministerio formal. La membresía en una iglesia, como compromiso permanente hacia un grupo de creyentes, queda minimizada en este enfoque individualista. Las organizaciones paraeclesiales o las iglesias caseras pueden ocupar el lugar de la iglesia organizada. Y las organizaciones intercongregacionales, ya sean comuniones denominacionales o interdenominacionales, se consideran relativamente poco importantes. Aunque los cristianos que apoyan este enfoque se pueden considerar a sí mismos interdenominacionales, con frecuencia son no denominacionales, y a veces, antidenominacionales.
En algunos casos, restar importancia a la iglesia visible puede surgir de un punto de vista dispensacionalista que considera a la iglesia en general como un paréntesis en el plan de Dios, una especie de idea tardía. El énfasis aquí es que la intención original de Dios estaba relacionada con el Israel nacional. Cuando Israel rechazó la oferta de Jesús del reino, Dios se volvió hacia los gentiles y creó la iglesia. No obstante, Dios nunca ha dejado de estar interesado en Israel. Cuando haya completado la etapa de su obra con la iglesia, Israel volverá a ser colocada en su posición de supremacía. El auténtico reino davídico será restablecido, al igual que los sacrificios del Antiguo Testamento. Israel y la iglesia están separadas y siempre lo estarán. La primacía futura de Israel no será el resultado de un gran número de conversiones que incorporen judíos a la iglesia, sino una restitución del estatus especial de Israel como nación. La iglesia es un fenómeno temporal no previsto en el Antiguo Testamento. Es más, ninguna profecía del Antiguo Testamento habla de la iglesia o se cumple con la iglesia. Como ese es el caso e incluso la iglesia invisible es relativamente temporal, la iglesia visible o institucional desde luego no necesita recibir demasiada atención.
La visión de la iglesia que se está trazando aquí en cierta manera se podría describir más como individualista que como pietista. Sin embargo, lo que hace que el término pietista resulte adecuado es que con frecuencia pone un énfasis fuerte en la calidad de la vida cristiana individual. Como la relación individual con Cristo es determinante para el cristianismo, la piedad y la pureza de la vida son de gran importancia. Por tanto, cada vez que los cristianos individuales se reúnen, también resaltan esas cualidades éticas dentro del grupo. Estas características no tienen que considerarse como características del grupo como tal, sino de los individuos que llegan a formarlo.
3. Una posición intermedia entre los dos puntos de vista que hemos discutido es lo que podríamos denominar la visión “parroquial”. Esta destaca tanto la iglesia visible como la invisible. La iglesia visible o parroquia incluye a todos los que hacen profesión externa y se reúnen juntos para oír la Palabra y celebrar los sacramentos. Los creyentes de dentro de esta iglesia visible constituyen la verdadera iglesia, la iglesia invisible.
Según esta idea, hay ciertas marcas según las cuales se puede detectar la presencia de la verdadera iglesia. Son marcas objetivas, no meramente criterios subjetivos. Es decir, no son simplemente cualidades de los individuos que forman el grupo, sino de la asamblea local aparte de la condición espiritual de los individuos que hay en ella. Las dos que se mencionan con más frecuencia son la verdadera predicación de la Palabra y la adecuada administración de los sacramentos. La primera hace referencia a la pureza y corrección de la doctrina. La segunda a que una persona debidamente autorizada administra los sacramentos de una manera adecuada a la gente que está preparada para recibirlos, y que se entiende su eficacia de forma correcta.
Habiendo examinado estos distintos puntos de vista, concluimos que es necesario mantener la distinción entre la iglesia visible y la invisible, pero con ciertos matices. La parábola del trigo y la cizaña (Mt. 13:24-30, 36-43) y la enseñanza de Jesús sobre las ovejas y los cabritos (Mt. 25:31-46) apoya esta distinción. Pero esto hay que verlo como un reconocimiento de la posibilidad de hipocresía e incluso de decepción, no como disminución de la importancia de la membresía en la iglesia. Es una reflexión de la verdad de 2 Timoteo 2:19: “Conoce el Señor a los que son suyos”. Incluso uno de los doce discípulos de Jesús resultó ser un traidor.
Deberíamos observar que las Escrituras parecen considerar la condición espiritual individual como prioritaria. Por ejemplo, Lucas dice de la iglesia primitiva: “Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos” (Hch. 2:47). Cuando se les preguntaba sobre la salvación los apóstoles nunca sugirieron que dependía de estar conectados con un grupo de creyentes. Cuando le preguntaron a Pedro y a los otros: “Hermanos, ¿qué haremos?” (Hch. 2:37), la respuesta fue: “Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados” (v. 38). El mensaje de Pedro fue el mismo en Hechos 3:12-26 y 4:7-12. La respuesta de Pablo a la pregunta del carcelero de Filipos: “Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?” (Hch. 16:30), fue directa: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo tú y tu casa” (v. 31). En ninguno de los casos hay sugerencia alguna de que la relación con un grupo sea determinante. Las palabras de Jesús a la samaritana indican que adorar en un lugar en particular es de menos importancia que adorar en espíritu y en verdad (Jn. 4:20-24).
Aunque hayamos asignado prioridad a la fe, o hayamos dado preferencia a lo invisible sobre lo visible, no obstante no debemos minimizar la importancia de la forma visible de la iglesia. Aparentemente fue el procedimiento normal que un creyente formara parte de una comunidad (ver, por ejemplo, Hch. 2:47). Aunque no sabemos exactamente qué implicaba la membresía en la iglesia apostólica, desde luego su propósito era el de la edificación, la oración, el servicio y, como se puede ver especialmente en Hechos 5, la disciplina. Por lo tanto deberíamos resaltar la importancia de que todos los creyentes formen parte integral de un grupo de creyentes y que se comprometan de forma firme con él. El cristianismo es un asunto corporativo. Y la vida cristiana sólo se puede realizar plenamente en relación con los demás.
Aunque reconocemos la distinción entre la iglesia visible o empírica y la invisible o comunión espiritual, deberíamos hacer todo lo que esté en nuestra mano para que ambas sean idénticas. Al igual que ningún creyente auténtico debe permanecer fuera de la comunidad, también deberíamos ser diligentes para asegurar que sólo los auténticos creyentes están dentro. La conducta de Ananías y Safira (Hch. 5), así como las instrucciones de Pablo a los corintios (1 Co. 5:1-5) y los gálatas (6:1) sobre cómo tratar a los pecadores, argumentan a favor de que el grupo haga un seguimiento cuidadoso de la condición y conducta espiritual de sus miembros. Aunque la pureza perfecta de los miembros es un ideal que no se puede alcanzar en esta vida (Mt. 13:24-30), el no creer o pecar abiertamente no se puede tolerar.
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