Naturaleza animal

Un concepto de la fuente del pecado considera que los humanos han evolucionado a partir de los animales y por tanto poseen una naturaleza animal con impulsos que todavía persisten de periodos anteriores. Como todavía siguen evolucionando, esos impulsos están en declive y la humanidad es menos pecadora ahora que en el pasado. Este punto de vista sobre el pecado fue particularmente popular a finales del siglo XIX y principios del XX, un periodo en el que la construcción teológica estaba bajo dos influencias muy significativas. Los relatos bíblicos de la creación y la caída se empezaron a ver con una luz un tanto diferente. El estudio crítico del Pentateuco y la aceptación de las hipótesis documentales estaban probablemente en su momento álgido. El otro factor destacado era la popularidad de la teoría de la evolución biológica. Desde la publicación de "El origen de las especies" de Charles Darwin en 1859, la creencia en sus teorías se había extendido gradualmente a áreas distintas a las meramente biológicas. Por ejemplo, se pensaba que las distintas religiones eran el producto de largos periodos de desarrollo. Basándose en el estudio del desarrollo de las religiones, se concluyó que la religión hebrea era producto de un proceso evolutivo y que había tomado la mayoría de sus principales conceptos de las religiones de los pueblos de su entorno. El relato del Génesis sobre la creación del hombre llegó a ser considerado insostenible, y con él, la creencia en la historicidad del relato de la caída tenía que ser abandonada también. Así que había que encontrar otra explicación para el origen del pecado.

Un intento significativo en esta dirección es el de Frederick R. Tennant, que escribió no menos de tres obras sobre el pecado. Considera la doctrina de la caída, esto es, la creencia de que el hombre se rebeló libremente y cayó de un estado de rectitud original, como una explicación conveniente adoptada por la teología y a veces por la filosofía para explicar el extendido fenómeno del pecado. Aunque la creencia ha sido popular, Tennant afirma que no hay justificación para introducir la enseñanza bíblica posterior en la historia primitiva de la raza humana. Distintas ciencias y disciplinas actuales hacen que sea imposible creer en un estado original de rectitud:

"La creciente cantidad de luz que se arroja sobre el principio de la historia de la humanidad, por no hablar de la continuidad entre la especie humana y las que están más bajas en la escala de la vida animal, nos empuja a tener la convicción de que lo que una vez se recibió necesariamente como tradición genuina es más bien, transfigurado y espiritualizado, el producto de primitivas especulaciones sobre un tema que iba más allá del alcance del recuerdo humano. La crítica literaria y la exégesis histórica, la religión comparativa y la psicología de razas, la geología y la antropología contribuyen materialmente a la acumulación de evidencias sobre este tema".

Tennant señala que también hay un problema si se intenta reconciliar dos proposiciones que surgen de la experiencia del creyente: lo común, e incluso lo universal del pecado, y el sentido de culpabilidad. El pecado es universal, sin embargo se escoge individualmente y por lo tanto el pecador es culpable. Mientras se crea en el pecado original según la antigua doctrina agustiniana de que todos pecamos en Adán, esta antinomia no se puede reconciliar. Tennant cree que más bien es posible encontrar la fuente del pecado en la forma de la naturaleza humana y el desarrollo gradual de su conciencia moral a través del proceso de la evolución.

Tennant encuentra las líneas generales de esta idea expresadas en el pensamiento del archidiácono J. Wilson y en la filosofía de la religión de Otto Pfleiderer. Wilson dijo en sus conferencias en Hulse:

 

"Los hombres cayeron, según la ciencia, cuando fue consciente por primera vez del conflicto entre libertad y conciencia. Para los evolucionistas el pecado no es una innovación, sino la supervivencia o el mal uso de hábitos y tendencias que eran inherentes a un estado de desarrollo anterior, ya fuera del individuo o de la raza, y que originalmente no eran pecaminosas, sino que en realidad eran útiles. Su pecaminosidad reside en su anacronismo: en su resistencia a la fuerza de la evolución y a la fuerza divina que intentan fomentar el desarrollo moral y la rectitud. El pecado es la violación de una naturaleza humana más alta que él encuentra dentro de sí mismo, paralela a una naturaleza más baja".

Pfleiderer encuentra el pecado en los impulsos naturales del hombre que sobreviven de un estado más primitivo. Todos los seres vivos, incluidos los seres humanos, tienden a satisfacer sus impulsos naturales. Esto no es malo o pecaminoso. Sólo es la expresión del instinto de supervivencia que tienen implantado. Cuando los humanos avanzamos hasta el punto en el que conocemos la ley, estos impulsos no desaparecen sin más. Surgen los conflictos. Ya no somos esclavos de los impulsos animales, sino que hemos desarrollado suficiente libertad de voluntad como para controlarlos. Pfleiderer denomina pecado a todo fracaso en el intento de que una naturaleza más alta y racional domine estos impulsos naturales, y cualquier desistimiento consciente de esta lucha.

Tennant adopta y amplía de forma consciente las sugerencias de estos dos teólogos. Su primer gran axioma es que la humanidad evolucionó de formas de vida inferiores: “Me aventuro a asumir como muy probable que haya una continuidad entre la constitución física del hombre y la de los animales inferiores.” La primera vida de los humanos era social; la tribu era lo más importante, y el individuo era relativamente insignificante. Aunque no tenemos conocimiento histórico directo de esta época primitiva, podemos extrapolarlo de lo que sabemos sobre cómo se ha desarrollado la humanidad dentro de la historia. El estudio de las sociedades primitivas contemporáneas complementa nuestro conocimiento. Esto nos lleva cada vez más a la conclusión de que el individuo era de relativamente poca importancia en las primeras etapas de la vida humana. La idea de la personalidad moral surgió bastante tarde en el pensamiento humano.

Tennant no se implica en la cuestión de los orígenes de los actos que hoy llamamos pecado. Son simplemente la continuación de actos de auto-conservación que son naturales en los animales y por tanto, por su origen, también en los seres humanos. Cuando surge la conciencia moral, estos actos asumen un carácter que ahora merece la denominación de pecado. La conciencia moral personal, o

lo que llamamos conciencia, evolucionó cuando lo que era meramente arbitrario o ceremonial se convirtió por grados en interno e introspectivo. El origen del pecado, en este sentido, fue un proceso gradual.

Tennant resalta la declaración de Pablo: “Pero yo no conocí el pecado sino por la Ley... porque sin la ley el pecado está muerto” (Ro. 7:7-8). Es esta ley la que da a los actos naturales el carácter de pecado. “La apariencia de pecado, desde este punto de vista, no consiste en hacer una cosa que nunca se había hecho antes, y de cuya maldad, si se llegase a cometer, se fuera consciente anteriormente; sería más bien la continuación de ciertas prácticas, o la satisfacción de ciertos impulsos naturales, después de que se descubriera que eran contrarios a una costumbre tribal reconocida por bajo que fuera su rango.” Según esto, el primer pecado no fue el momento más trágico en la historia de la raza humana. En realidad, fue bastante insignificante. De hecho lo pecaminoso del pecado se ha ido incrementando partiendo de cero a medida que la raza humana se ha hecho cada vez más sensible al hecho de lo equivocado de sus acciones. Al mismo tiempo, por supuesto, los humanos han seguido evolucionando y el número de actos pecaminosos ha disminuido.

Recapitulemos sobre lo que ha dicho Tennant. Los humanos tienen ciertos impulsos por ser animales que han evolucionado de formas menos desarrolladas. Estos impulsos son naturales, y son medios de supervivencia. Se han visto intensificados por el proceso de la selección natural durante largos periodos de tiempo. Dios no se equivocó al hacer a los hombres con estos impulsos; no obstante hay que mantenerlos bajo control a medida que se vaya siendo consciente de la ley moral.

Somos seres naturales antes que seres morales, y el individuo no sólo reúne el desarrollo físico de la raza humana, también sus desarrollos morales. Por lo tanto, al igual que la raza llegó a la conciencia moral relativamente tarde, así los individuos llegan a darse cuenta del significado moral de sus actos lentamente y de forma gradual.

La universalidad del pecado se puede explicar por el hecho de que todos tengamos necesariamente que pasar por el proceso del desarrollo evolutivo, que hace que las personas tengan una tendencia natural a la auto-conservación. Paradójicamente, sólo cuando los humanos progresan y disminuyen los impulsos naturales, se convierten realmente en pecadores. Si hay que hablar de una caída, ésta debe designar a la toma de conciencia moral primero de la raza y luego del individuo. La caída no sería por lo tanto una caída hacia abajo desde un estado original de perfección, sino hacia arriba. Porque aunque este desarrollo introdujo lo pecaminoso, también hizo posible superar las tendencias de la naturaleza animal, o al menos tenerlas bajo el dominio o la redirección de la razón humana y la voluntad moral. Esto permite la perfección humana que el punto de vista cristiano ha colocado tradicionalmente al principio del desarrollo de la humanidad.

 

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