Idolatría o sustitución de Dios

Una alternativa preferible a las ideas de pecado como sensualidad o egoísmo básicamente es la de que la esencia del pecado es simplemente no dejar que Dios sea Dios. Es colocar algo más, cualquier cosa, en el lugar supremo que le pertenece a él. Por lo tanto, escogerse a uno mismo en lugar de a Dios no es equivocado porque se haya escogido uno a sí mismo, sino porque se ha escogido algo distinto a Dios. Escoger un objeto finito frente a Dios es equivocado, no importa lo poco egoísta que este acto pueda ser.

Este concepto se ve apoyado por importantes textos del Antiguo y Nuevo Testamento. Los Diez mandamientos empiezan con el mandamiento de dar a Dios el lugar que le corresponde: “No tendrás dioses ajenos delante de mí” (Éx. 20:3) es la primera prohibición de la ley. De forma similar, Jesús afirmó que el primer y gran mandamiento es: “Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas” (Mr. 12:30). Reconocer adecuadamente a Dios es primordial. La idolatría, en cualquiera de sus formas, y no el egoísmo, es la esencia del pecado.

Uno se podría preguntar cuál es nuestro mayor fracaso a la hora de amar, alabar y obedecer a Dios. Yo creo que es el no creer. Cualquiera que cree de verdad que Dios es lo que dice ser le otorgará su verdadero estatus. No hacerlo es pecado. Poner nuestras propias ideas por encima de la Palabra revelada de Dios lleva consigo la negación a creer que sea verdad. Buscar nuestra propia voluntad significa creer que nuestros propios valores son más altos que los de Dios. En resumen, es no ser capaces de reconocer que Dios es Dios.