La personalidad del Espíritu Santo
Además de la divinidad del Espíritu Santo también es importante señalar su personalidad. No se trata de una fuerza impersonal. Este punto es especialmente importante en un momento en el que las tendencias panteístas se están introduciendo en la cultura occidental mediante las religiones orientales. La Biblia deja claro de varias maneras que el Espíritu Santo es una persona y que posee todas las cualidades que eso implica.
1. La primera evidencia de la personalidad del Espíritu Santo es la utilización del pronombre masculino para representarle. Como la palabra 'pneuma' es neutra y los pronombres tienen que concordar con su antecedente en género, número y persona, sería de esperar que se utilizara un pronombre neutro para representar al Espíritu Santo. No obstante, en Juan 16:13-14 nos encontramos con un fenómeno inusual. Cuando Jesús describe el ministerio del Espíritu Santo, utiliza un pronombre masculino 'ekeionos' donde nosotros esperaríamos uno neutro. El único antecedente posible en el contexto inmediato es “Espíritu de verdad” (v. 13). O bien Juan cometió aquí un error gramatical al contar el discurso de Jesús (lo cual es bastante improbable porque no encontramos ningún otro error similar en el resto del evangelio), o es que eligió deliberadamente utilizar el masculino para transmitirnos el hecho de que Jesús se estaba refiriendo a una persona y no a una cosa. Una referencia similar la encontramos en Efesios 1:14, donde en una oración de relativo modificando a “Espíritu Santo”, la lectura textual preferida es 'hos' "[el cual] es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria”.
2. Una segunda evidencia de la personalidad del Espíritu Santo son una serie de pasajes en los que él y su obra están, de una u otra manera, relacionados muy estrechamente con distintas personas y sus trabajos. El término 'paraklētos' se aplica al Espíritu Santo en Juan 14:26; 15:26 y 16:7. En cada uno de estos contextos es obvio que no se trata de cierta clase de influencia abstracta. También se habla expresamente de Jesús como un 'paraklētos' (1 Jn. 2:1). Más importantes son sus palabras en Juan 14:16, donde dice que orará para que el Padre dé a los discípulos otro 'paraklētos'. La palabra “otro” aquí es 'allos', que significa “otro de la misma especie”. A la vista de las palabras de Jesús que vinculan la llegada del Espíritu con su propia marcha (ver 16:7), esto significa que el Espíritu es el reemplazo de Jesús y que llevará a cabo el mismo papel. La similitud de su función es indicativo de que el Espíritu Santo, como Jesús, debe ser una persona.
3. Otra función que realizan Jesús y el Espíritu Santo, y que por tanto sirve como indicador de la personalidad del Espíritu, es la de glorificar a otro miembro de la Trinidad. En Juan 16:14 Jesús dice del Espíritu: “Él me glorificará, porque tomará de lo mío y os lo hará saber”. Un paralelismo lo encontramos en Juan 17:4, en su oración sumosacerdotal, Jesús dice que durante su ministerio en la tierra glorificó al Padre.
Las agrupaciones más interesantes que se pueden hacer del Espíritu Santo con los agentes personales son aquellas en las que se le vincula a la vez con el Padre y con el Hijo. Entre las más conocidas están la fórmula bautismal en Mateo 28:19 y la bendición en 2 Corintios 13:14. Sin embargo, hay otros ejemplos. Judas aconseja: “Pero vosotros, amados, edificándoos sobre vuestra santísima fe, orando en el Espíritu Santo, conservaos en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna” (vv. 20-21). Pedro se dirige a sus lectores como “elegidos según el previo conocimiento de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo” (1 P. 1:2). Anteriormente en su mensaje en Pentecostés, había proclamado: “Así que, [Jesús] exaltado por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís... Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hch. 2:33, 38). Pablo también coordina la obra de los tres, por ejemplo en Gálatas 4:6: “Por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ‘¡Abba, Padre!’”. Una referencia similar encontramos en 2 Corintios 1:21-22: “Y el que nos confirma con vosotros en Cristo, y el que nos ungió, es Dios, el cual también nos ha sellado y nos ha dado, como garantía, el Espíritu en nuestros corazones”. Otros ejemplos son Romanos 15:16; 1 Corintios 12:4-6; Efesios 3:14-17 y 2 Tesalonicenses 2:13-14.
El Espíritu Santo también está ligado con el Padre y el Hijo en varios eventos del ministerio de Jesús. En el bautismo de Jesús (Mt. 3:16-17), las tres personas de la Trinidad estaban presentes. Cuando estaban bautizando al Hijo, el Padre habló desde el cielo presentando a su Hijo, y el Espíritu Santo descendió de forma visible. Jesús dijo que su poder para expulsar demonios estaba relacionado con el Padre y con el Espíritu: “Pero si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios” (Mt. 12:28). La unión del Espíritu Santo con el Padre y el Hijo en estos eventos es una indicación de que es una persona, tal como lo son ellos.
4. La personalidad del Espíritu Santo se puede apreciar también en pasajes que le agrupan con humanos. No citaremos más que un ejemplo. La carta de los apóstoles y ancianos en Jerusalén a la iglesia de Antioquía contenía una expresión bastante inusual: “Pues ha parecido bien al Espíritu Santo y a nosotros no imponeros ninguna carga más que estas cosas necesarias” (Hch. 15:28). Este trabajo coordinado del Espíritu y de los líderes cristianos indica que el Espíritu posee algunas de las cualidades que encontramos en la personalidad humana.
Y, en realidad, que el Espíritu posea ciertas características personales es otra indicación de su personalidad. Entre las más destacadas están la inteligencia, la voluntad y las emociones, consideradas tradicionalmente como los elementos fundamentales de la personalidad. De las distintas referencias a la inteligencia y conocimiento del Espíritu, citamos aquí Juan 14:26, donde Jesús promete que el Espíritu: “el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas y os recordará todo lo que yo os he dicho”. La voluntad del Espíritu se atestigua en 1 Corintios 12:11, que afirma que “todas estas cosas [los distintos dones espirituales] las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere”. Que el Espíritu tiene emociones es evidente en Efesios 4:30, donde Pablo advierte que no se debe entristecer al Espíritu.
El Espíritu Santo también puede verse afectado como persona, mostrando así su personalidad de forma pasiva. Es posible intentar mentir al Espíritu Santo, como lo hicieron Ananías y Safira (Hch. 5:3-4). Pablo habla del pecado de entristecer al Espíritu Santo (Ef. 4:30) y de apagarlo (1 Ts. 5:19). Esteban acusa a sus adversarios de resistir siempre al Espíritu Santo (Hch. 7:51). Aunque es posible resistirse a una simple fuerza, no se puede mentir o entristecer a algo impersonal. Y lo que es más, existe el pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo (Mt. 12:31; Mr. 3:29). Este pecado, que Jesús sugiere es más serio que blasfemar contra el Hijo, seguramente no se puede cometer contra algo que sea impersonal.
Además, el Espíritu Santo participa en acciones morales y ministeriales que sólo pueden ser realizadas por una persona. Actividades de este tipo pueden ser: enseñar, regenerar, escudriñar, hablar, interceder, ordenar, testificar, guiar, iluminar, revelar. Un pasaje inusual e interesante es Romanos 8:26: “De igual manera, el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad, pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles”. Seguramente Pablo tiene una persona en mente. Y lo mismo hace Jesús cada vez que habla del Espíritu Santo, por ejemplo, en Juan 16:8: “cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio”.
Todas las consideraciones anteriores llevan a una conclusión. El Espíritu Santo es una persona, no una fuerza, y esa persona es Dios, de forma tan completa y de la misma manera que lo son el Padre y el Hijo.
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