La deidad del Espíritu Santo

La divinidad del Espíritu Santo no se establece con tanta facilidad como la divinidad del Padre y el Hijo. Se podría decir que la divinidad del Padre simplemente se asume en las Escrituras, que la del Hijo se afirma y se argumenta, mientras que la del Espíritu Santo se debe inferir de las distintas declaraciones indirectas que aparecen en las Escrituras. Sin embargo, hay varias bases sobre las cuales se debe concluir que el Espíritu Santo es Dios de la misma manera y en el mismo grado que el Padre y el Hijo.

1. Deberíamos señalar que varias referencias al Espíritu Santo son intercambiables con referencias a Dios. En efecto, estos pasajes hablan de él como Dios. Un ejemplo destacado lo encontramos en Hechos 5. Ananías y Safira habían vendido una propiedad y se habían quedado con parte del dinero presentando el resto como si fuera todo lo que habían recibido. Como reprimenda a Ananías, Pedro preguntó: “Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieras al Espíritu Santo y sustrajeras del producto de la venta de la heredad?” (v. 3). En el versículo siguiente afirma: “no has mentido a los hombres, sino a Dios”. Parece que en la mente de Pedro “mentir al Espíritu Santo” y “mentir a Dios” son expresiones intercambiables. Se podría argumentar, por supuesto, que se tiene en mente dos referentes distintos y que en realidad lo que Pedro está diciendo es “has mentido al Espíritu Santo y a Dios”. Sin embargo, la declaración en el versículo 4 aparentemente trataba de dejar claro que la mentira no se decía a los hombres, a alguien menos que Dios, sino a Dios mismo. Por tanto, eso nos lleva a la conclusión de que la segunda frase es una elaboración de la primera, enfatizando que el Espíritu a quien Ananías había mentido era Dios.

Otro pasaje donde el “Espíritu Santo” y “Dios” se utilizan de forma intercambiable es la discusión de Pablo sobre el cuerpo del cristiano. En 1 Corintios 3:16-17 escribe: “¿Acaso no sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios está en vosotros? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él, porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es”. En 6:19-20 utiliza un lenguaje casi idéntico: “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual habéis recibido de Dios, y que no sois vuestros?, pues habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios” Está claro, para Pablo, que ser templo del Espíritu Santo significa que Dios habita en nosotros. Al igualar la frase “templo de Dios” con “templo del Espíritu Santo” Pablo deja claro que el Espíritu Santo es Dios.

2. El Espíritu Santo posee los atributos o cualidades de Dios. Uno de ellos es la omnisciencia: “Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu, porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios, porque ¿quién de entre los hombres conoce las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Del mismo modo, nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios” (1 Co. 2:10-11). Observemos también la declaración de Jesús en Juan 16:13: “Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad, porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oiga y os hará saber las cosas que habrán de venir”.

También se habla del poder del Espíritu Santo de forma destacada en el Nuevo Testamento. En Lucas 1:35 las expresiones “El Espíritu Santo” y “el poder del Altísimo” se encuentran en construcciones paralelas o sinónimas. Esto es, por supuesto, una referencia a la concepción virginal, un milagro de primera magnitud. Pablo reconoce que los logros de su ministerio se llevaron a cabo gracias a “potencia de señales y prodigios en el poder del Espíritu Santo” (Ro. 15:19). Es más, Jesús atribuyó al poder del Espíritu la habilidad para cambiar los corazones humanos y sus personalidades: el Espíritu es el que nos convence (Jn. 16:8-11) y regenera (Jn. 3:5-8). Jesús había dicho con respecto a esa habilidad para cambiar los corazones humanos: “Para los hombres esto es imposible, pero para Dios todo es posible” (Mt. 19:26; ver vv. 16-25). Aunque estos textos no afirman específicamente que el Espíritu es omnipotente, realmente indican que tiene un poder que sólo supuestamente Dios posee.

Otro atributo más del Espíritu que le coloca junto al Padre y el Hijo es el de su eternidad. En Hebreos 9:14 se habla del “Espíritu eterno” a través del cual Jesús se ofrece a sí mismo. Sin embargo, sólo Dios es eterno (He. 1:10-12), todas las criaturas son temporales. Por lo tanto, el Espíritu Santo debe ser Dios.

3. Además de tener atributos divinos, el Espíritu Santo realiza ciertas obras que normalmente se le atribuyen a Dios. Estuvo implicado, y continúa estándolo, en la creación, tanto en el origen como en mantenerla y dirigirla. En Génesis 1:2 leemos que el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. Job 26:13 señala que el Espíritu de Dios adorna los cielos. El salmista dice: “Envías tu espíritu, son creados [todas las partes de la creación previamente enumeradas] y renuevas la faz de la tierra” (Sal. 104:30).

Los testimonios bíblicos más abundantes sobre el papel del Espíritu Santo tratan de su obra espiritual sobre o dentro de los humanos. Ya hemos señalado que Jesús atribuyó la regeneración al Espíritu Santo (Jn. 3:5-8). Esto lo confirman las palabras de Pablo en Tito 3:5: “[Dios nuestro salvador] nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo”. Además, el Espíritu levantó a Cristo de los muertos y también nos levantará a nosotros, o sea, Dios nos resucitará a través del Espíritu: “Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús está en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que está en vosotros” (Ro. 8:11).

4. Dar las Escrituras es otra obra divina del Espíritu Santo. En 2 Timoteo 3:16 Pablo escribe: “Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia”. Pedro también habla del papel del Espíritu al darnos las Escrituras, pero resalta la influencia en el escritor en lugar de en el producto resultante: “porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 P. 1:21).

Nuestra consideración final para argumentar a favor de la divinidad del Espíritu Santo es su asociación con el Padre y el Hijo basándose en la aparente igualdad. Una de las evidencias más conocidas es la forma bautismal que se ordena en la gran comisión: “Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt. 28:19). La bendición paulina en 2 Corintios 13:14 es otra evidencia: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros. Amén”. Y en 1 Corintios 12, cuando Pablo discute los dones espirituales, coordina a los tres miembros de la divinidad: “hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. Y hay diversidad de actividades, pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo” (vv. 4-6). De la misma manera, Pedro en el saludo de la primera epístola, vincula a los tres, señalando los respectivos papeles en el proceso de la salvación: “[a los expatriados de la dispersión] elegidos según el previo conocimiento de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo” (1 P. 1:2).