La obra del Espíritu Santo en el Antiguo Testamento

A menudo resulta difícil identificar al Espíritu Santo en el Antiguo Testamento, porque refleja las primeras etapas de la revelación progresiva. De hecho, el término “Espíritu Santo” rara vez se utiliza aquí. En su lugar, la expresión que se suele utilizar es “el Espíritu de Dios”. El hebreo es una lengua concreta con relativamente pocos adjetivos. Cuando en español se usa un nombre y un adjetivo, el hebreo tiende a utilizar dos nombres, uno de ellos en función de genitivo. Por ejemplo, cuando en español se habla de un “hombre recto”, en hebreo normalmente encontraríamos “un hombre de rectitud”. De forma similar, la mayoría de las referencias en el Antiguo Testamento a la Tercera Persona de la Trinidad están formadas por dos nombres Espíritu y Dios. No parece claro según esto que haya una tercera persona implicada. La expresión “Espíritu de Dios” se podría entender perfectamente como una simple referencia a la voluntad, a la mente o a la actividad de Dios. Sin embargo, hay algunos casos en los que el Nuevo Testamento deja claro que una referencia en el Antiguo Testamento al “Espíritu de Dios” es una referencia al Espíritu Santo. Uno de los pasajes del Nuevo Testamento más destacados es Hechos 2:16-21, donde Pedro explica que lo que está ocurriendo en Pentecostés es el cumplimiento de lo dicho por el profeta Joel: “Derramaré mi Espíritu sobre toda carne” (2:17). Sin duda, los sucesos de Pentecostés eran la realización de la promesa de Jesús: “pero recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo” (Hch. 1:8). En resumen, el “Espíritu de Dios” del Antiguo Testamento es sinónimo del Espíritu Santo.

Hay varias áreas principales en la obra del Espíritu Santo en los tiempos del Antiguo Testamento:

1. Primero está la creación. Encontramos referencias a la presencia y actividad del Espíritu de Dios en el relato de la creación: “La tierra estaba desordenada y vacía, las tinieblas estaban sobre la faz del abismo y el espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas” (Gn. 1:2). El trabajo continuado de Dios en la creación se atribuye al Espíritu. Job escribe: “Su espíritu adorna los cielos; su mano traspasó a la serpiente tortuosa” (26:13). Isaías esperaba un futuro derramamiento del Espíritu que traería consigo una gran productividad en la creación: habrá desolación “hasta que sobre nosotros sea derramado el espíritu de lo alto. Entonces el desierto se convertirá en campo fértil y el campo fértil será como un bosque” (Is. 32:15).

2. Otra área general de la obra del Espíritu es la de dar profecía e inspirar las Escrituras. Los profetas del Antiguo Testamento testificaron que cuando hablaban y escribían era porque el Espíritu venía a ellos. Ezequiel ofrece el ejemplo más claro: “Después de hablarme, entró el espíritu en mí y me afirmó sobre mis pies, y oí al que me hablaba” (2:2; cf. 8:3; 11:1, 24). El Espíritu incluso entró en personas tan inesperadas como Balaam (Núm. 24:2). Como signo de que Saúl era el ungido por Dios, el Espíritu vino poderosamente a él y profetizó (1 S. 10:6, 10). Pedro confirmó el testimonio de los profetas en lo referente a esta experiencia: “porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 P. 1:21). Además, el libro de los Hechos da testimonio de que el Espíritu habló por boca de David (Hch. 1:16; 4:25). Como el Espíritu Santo produjo las Escrituras, podemos referirnos a ellas como “inspiradas por Dios” ('theopneustos' - 2 Ti. 3:16).

3. Otra obra más del Espíritu de Dios en el Antiguo Testamento era la de dotar de ciertas habilidades necesarias para distintas tareas. Por ejemplo, leemos que al escoger a Bezaleel para que construyese y amueblase el tabernáculo, Dios señaló: “y lo he llenado del espíritu de Dios, en sabiduría y en inteligencia, en ciencia y en todo arte, para inventar diseños, para trabajar en oro, en plata y en bronce, para labrar piedras y engastarlas, tallar madera y trabajar en toda clase de labor” (Éx. 31:3-5). No queda claro si Bezaleel tenía anteriormente todas esas habilidades o si le fueron concedidas de repente para que realizara esta tarea en particular. Tampoco queda claro si siguió poseyéndolas después. Cuando Zorobabel reconstruyó el templo después del cautiverio en Babilonia, también hubo una dotación similar: “No con ejército, ni con fuerza, sino con mi espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos” (Zac. 4:6).

4. La administración también parece ser un don del Espíritu. Incluso el faraón reconoció la presencia del Espíritu en José: “y dijo el faraón a sus siervos: ‘¿Acaso hallaremos a otro hombre como este, en quien esté el espíritu de Dios?’” (Gn. 41:38). Cuando Moisés necesitó ayuda para liderar al pueblo de Israel, se tomó de él parte del Espíritu para dárselo a otros: “Entonces Jehová descendió en la nube y le habló. Luego tomó del espíritu que estaba en él, y lo puso en los setenta hombres ancianos. Y en cuanto se posó sobre ellos el espíritu, profetizaron; pero no volvieron a hacerlo” (Núm. 11:25). Aquí el don de administración se acompañó o llevaba implícito el don de la profecía. Aunque no queda claro si la capacidad de Josué para el liderazgo estaba relacionada especialmente con la obra del Espíritu de Dios, parece haber una alusión a ese efecto. “Josué hijo de Nun estaba lleno del espíritu de sabiduría, porque Moisés había puesto sus manos sobre él, y los hijos de Israel lo obedecieron haciendo como Jehová mandó a Moisés” (Dt. 34:9).

En la época de los jueces, la administración mediante el poder y los dones del Espíritu Santo fue especialmente espectacular. Fue un tiempo en el que había muy poco liderazgo nacional. La mayoría de lo que se hacía se conseguía mediante lo que hoy denominaríamos “liderazgo carismático”. De Otoniel se dice: “El espíritu de Jehová vino sobre Otoniel, quien juzgó a Israel y salió a la batalla. Jehová entregó en sus manos a Cusan-risataim, rey de Siria, y le dio la victoria sobre Cusan-risataim” (Jue. 3:10). Se hace una descripción similar de la llamada a Gedeón: “Entonces el espíritu de Jehová vino sobre Gedeón, y cuando este tocó el cuerno, los abiezeritas se reunieron con él” (Jue. 6:34). La obra del Espíritu en los tiempos de los jueces consiste principalmente en proporcionar las habilidades adecuadas para llevar a cabo la guerra. El Espíritu viene a Otoniel, y este se va a la guerra. El Espíritu del Señor viene a Gedeón y después de asegurarse de que Israel será liberada por su mano, se va a la guerra. Sus soldados resultan ser especialmente eficaces, muy por encima de la proporción de su número. De la misma manera, a Sansón se le proporcionó una fuerza extraordinaria cuando el Espíritu vino sobre él, y fue capaz de llevar a cabo proezas sobrenaturales: “El espíritu de Jehová vino sobre él; descendió Sansón a Ascalón y mató a treinta hombres de ellos y, tomando sus despojos, pagó con las vestiduras a los que habían explicado el enigma” (Jue. 14:19).

5. El Espíritu también dotó a los primeros reyes de Israel de capacidades especiales. Ya hemos señalado que Saúl profetizó cuando el Espíritu vino a él (1 S. 10:10). La unción de David fue igualmente acompañada de la venida del Espíritu de Dios: “Samuel tomó el cuerno del aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. A partir de aquel día vino sobre David el espíritu de Jehová” (1 S. 16:13).

Sin embargo, el Espíritu no sólo se ve en incidentes espectaculares. Además de en las cualidades del liderazgo nacional y de los actos heroicos de la guerra, estaba presente en la vida espiritual de Israel. Haciendo referencia a él, se le denomina como “buen Espíritu”. Refiriéndose a Dios, Esdras recuerda al pueblo de Israel la provisión que recibieron sus antepasados en el desierto: “Enviaste tu buen espíritu para enseñarles; no retiraste tu maná de su boca, agua les diste para su sed” (Neh. 9:20). El salmista implora a Dios: “Enséñame a hacer tu voluntad, porque tú eres mi Dios; tu buen espíritu me guíe a tierra de rectitud” (Sal. 143:10). La bondad del Espíritu se aprecia también en dos referencias que se hacen a él como “Espíritu santo”. En cada una de ellas hay un contraste entre las acciones pecadoras de los humanos y la santidad de Dios. Pidiendo que sus pecados sean borrados, David ora: “No me eches de delante de ti y no quites de mí tu santo espíritu” (Sal. 51:11). Isaías habla de la gente que “fueron rebeldes e hicieron enojar su santo espíritu [el de Jehová]” (Is. 63:10).

Sin embargo, la cualidad de bueno y santo del Espíritu queda más clara si observamos la obra que realiza y sus resultados. Se le describe produciendo el temor del Señor y distintas cualidades de rectitud y juicio en el Mesías prometido (Is. 11:2-5). Cuando se derrama el Espíritu (Is. 32:15), el resultado es la justicia, la rectitud y la paz (vv. 16-20). La devoción al Señor vendrá tras el derramamiento del Espíritu (Is. 44:3-5). Ezequiel 36:26-28, un pasaje que anuncia la doctrina de la regeneración del Nuevo Testamento, habla de una cuidadosa obediencia y un nuevo corazón que acompañan la recepción del Espíritu de Dios.

Las consideraciones anteriores del Antiguo Testamento representan al Espíritu Santo como el productor de las cualidades morales y espirituales de bondad y santidad en la persona a la que viene o en la que vive. En algunos casos en el libro de los Jueces, su presencia parece ser intermitente y parece estar relacionada con una actividad o un ministerio particular.

El testimonio del Antiguo Testamento anticipa un futuro en el que el ministerio del Espíritu será todavía más completo. En parte esto tiene que ver con la venida del Mesías, sobre quien el Espíritu va a descansar de una manera y en un grado poco común, como se señala en Isaías 11:1-5. Pasajes similares son Isaías 42:1-4 y 61:1-3 (“El espíritu de Jehová, el Señor, está sobre mí, porque me ha ungido Jehová. Me ha enviado a predicar buenas noticias a los pobres, vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos a los prisioneros apertura de la cárcel...”). Jesús cita los primeros versos de Isaías 61 e indica que se han cumplido en él (Lc. 4:18-21). Sin embargo, hay una promesa más general, una promesa que no queda restringida al Mesías. Se encuentra en Joel 2:28-29: “Después de esto derramaré mi espíritu sobre todo ser humano, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. También sobre los siervos y las siervas derramaré mi espíritu en aquellos días”. En Pentecostés Pedro citó esta profecía, indicando que ahora se había cumplido (Hch. 2:14-21).