La naturaleza de la adopción
Hay varias características importantes de nuestra adopción. Primero, sucede al mismo tiempo que la conversión, la regeneración, la justificación y la unión con Cristo. Es adicionalmente, la condición en la cual el cristiano vive y actúa desde ese momento en adelante. Aunque lógicamente se puede distinguir de la regeneración y de la justificación, la adopción en realidad no se puede separar de ellas. Sólo los que estén justificados y regenerados estarán adoptados y viceversa. Esto queda claro en las palabras que siguen a Juan 1:12, que como hemos señalado, es una referencia clave para los hijos adoptados de Dios: “Estos no nacieron de sangre, ni por voluntad de carne, ni por voluntad de varón, sino de Dios”.
La adopción implica un cambio tanto de estatus como de condición. En el sentido formal es un asunto declarativo, una alteración de nuestra posición legal. Nos convertimos en hijos de Dios. Este es un hecho objetivo. Sin embargo, además está la experiencia real de estar favorecido por Dios. Disfrutamos lo que se denomina el espíritu de ser hijo. El cristiano mira de forma afectuosa y confiada a Dios como Padre en lugar de considerarle un amo o severo y exigente al que hay que temer (Jn. 15:14-15). Mediante la adopción queda restablecida la relación con Dios que los humanos tuvieron una vez pero que perdieron. Por naturaleza y por creación somos hijos de Dios, pero somos hijos rebeldes y alejados. Nos hemos echado de la familia de Dios por así decirlo. Pero Dios al adoptarnos nos devuelve a la relación con él que se pretendía que tuviéramos originalmente. Esta condición no es algo totalmente nuevo, porque no es algo ajeno a nuestra naturaleza original.
Que somos hijos de Dios por creación queda implícito con bastante claridad en las frase de Pablo en Hechos 17:24-29, que culmina en el versículo 29: “siendo pues linaje de Dios...”. También está implícito en Hebreos 12:5-9, donde se representa a Dios como un Padre que disciplina a sus hijos. Santiago 1:17 ve de forma similar a Dios como Padre de todos los humanos: “Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza ni sombra de variación”. Probablemente el texto más claro y directo a este respecto sea Malaquías 2:10: “¿Acaso no tenemos todos un mismo Padre? ¿No nos ha creado un mismo Dios? ¿Por qué, pues, somos desleales los unos con los otros, profanando el pacto de nuestros padres?” Malaquías se está refiriendo aquí sólo al pueblo de Israel y de Judá. A pesar de que tienen un solo Padre, habiendo sido creados por un único Dios, han sido infieles unos con otros y al pacto. Pero el principio subyacente tiene una aplicación más amplia. Todos los que han sido creados por este único Dios tienen un Padre. La paternidad de Dios, por tanto, no tiene únicamente una importancia o una aplicación local. Es una verdad universal porque va unida a la creación de la raza humana.
Sin embargo, debemos observar que la adopción de la que hemos hablado introduce un tipo de relación con Dios bastante distinta a la que los humanos en general tienen con él. Juan apunta con claridad hacia esta distinción: “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios” (1 Jn. 3:1a). El no creyente simplemente no tiene, y no puede experimentar, el tipo de relación filial que experimenta el creyente.
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