La naturaleza de la santificación
La santificación es la continuación de la obra de Dios en la vida del creyente, haciendo que sea realmente santo. Por “santo” aquí entendemos “que se asemeja realmente a Dios”. La santificación es un proceso mediante el cual nuestra condición moral entra en conformidad con nuestro estatus legal frente a Dios. Es una continuación de lo que Dios comenzó con la regeneración, cuando una nueva vida se confirió y fue infundida al creyente. En particular, la santificación es el Espíritu Santo aplicando a la vida del creyente la obra hecha por Jesucristo.
Hay dos sentidos básicos en la palabra santificación, que están relacionados con dos conceptos básicos de santidad:
1. La santidad como característica formal de los objetos particulares, las personas y los lugares. En este sentido la santidad se refiere a un estado de separación, de apartarse de lo ordinario o mundano y dedicarse a un propósito o uso particular. El adjetivo hebreo para “santo” ('qados') literalmente significa “separado”, ya que se deriva de un verbo que significa “cortar” o “separar.” Junto con sus derivados se utiliza para designar lugares particulares (en especial el Lugar Santo y el Lugar Santísimo), objetos (por ejemplo, la ropa de Aarón el día del Sabat) y las personas (por ejemplo, los sacerdotes y los levitas) especialmente cuando se apartaban o santificaban al Señor. Un ejemplo lo encontramos en Éxodo 13:2: “Conságrame todo primogénito. Todo lo que abre la matriz entre los hijos de Israel, tanto de los hombres como de los animales, mío es.” De la misma manera, la santidad de Dios significa su separación de todo lo que es impuro.
Este sentido de la santificación también lo encontramos en el Nuevo Testamento. Pedro se refiere a sus lectores como “linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios” (1 P. 2:9). Aquí ser santificado significa “pertenecer al Señor”. La santificación en este sentido es algo que ocurre al principio mismo de la vida cristiana, en el momento de la conversión, junto con la regeneración y la justificación. Es en este sentido en el que el Nuevo Testamento se refiere con tanta frecuencia a los cristianos como “santos” ('hagioi'), incluso aunque están lejos de ser perfectos. Pablo, por ejemplo, se dirige a la gente de la iglesia de Corinto de esa manera, incluso aunque probablemente era la iglesia más imperfecta en la que él había ministrado. “A la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro” (1 Co. 1:2).
2. El otro sentido de la santificación es la bondad moral o el valor espiritual. Este sentido fue predominando cada vez más. Designa no sólo el hecho de que los creyentes son apartados formalmente, o que pertenecen a Cristo, sino que después ellos mismos se comportan de acuerdo a ello. Deben a vivir vidas de pureza y bondad.
El término santificación no aparece en ningún momento en los evangelios sinópticos. Para expresar la idea de que nuestras vidas tienen que ser puras, Jesús resaltó la idea de que somos hijos de Dios: pertenecemos a Dios y en consecuencia debemos mostrar semejanza con él. Deberíamos compartir su espíritu de amor: “Oísteis que fue dicho: ‘Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo’. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os odian y orad por los que os ultrajan y os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos y llover sobre justos e injustos” (Mt. 5:43-45). Para Jesús, sus hermanos y hermanas son aquellos que cumplen la voluntad de Dios (Mr. 3:35). Pablo comparte esta idea de que nuestra posición ante Dios debe resultar en una forma santa de vivir. Por ejemplo en Efesios dice “Yo, pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados” (Ef. 4:1). Después especifica una vida de humildad, mansedumbre, paciencia y tolerancia. El hecho de pertenecer a Dios debe dar como resultado atributos morales que reflejen tal posición.
Para enfocar aún más la naturaleza de la santificación, sería útil contrastarla con la justificación. Hay algunas diferencias notables. Una pertenece a la duración. La justificación es un suceso instantáneo, se completa en un momento, mientras que la santificación es un proceso que requiere toda una vida para que se complete. Hay una distinción cuantitativa también. Uno es justificado o no, mientras que se puede estar más o menos santificado. O sea, hay grados de santificación, pero no de justificación. La justificación es un asunto de tipo forense o declarativo, mientras que la santificación es una transformación real del carácter y la condición de la persona. La justificación es una obra objetiva que afecta a nuestra posición ante Dios, a nuestra relación con él, mientras que la santificación es una obra subjetiva que afecta al interior de nuestra persona.
Tenemos que observar las características de la santificación. Debemos resaltar que la santificación es una obra sobrenatural, es algo hecho por Dios, no algo que hacemos nosotros mismos. Por tanto, no estamos hablando de una reforma. Pablo escribió: “Que el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser –espíritu, alma y cuerpo– sea guardado irreprochable para la venida de nuestro Señor Jesucristo” (1 Ts. 5:23). Otras referencias que hacen hincapié en que es Dios el que obra la santificación son Efesios 5:26; Tito 2:14 y Hebreos 13:20-21. Cuando decimos que la santificación es sobrenatural, queremos decir que es algo que la naturaleza no puede producir o explicar. También es sobrenatural en el sentido de que es especial, una obra volitiva o una serie de obras del Espíritu Santo. No es sólo un asunto de su providencia general, que manifiesta de manera universal.
Además esta obra divina es progresiva. Esto se aprecia, por ejemplo, cuando Pablo asegura que Dios continuará la obra en las vidas de los filipenses: “estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Fil. 1:6). Pablo también señala que la cruz es el poder de Dios “a los que se salvan, esto es a nosotros” (1 Co. 1:18). Aquí utiliza un participio presente, que claramente expresa la idea de una actividad que está en proceso. Que esta actividad es la continuación y la terminación de la vida nueva que empezó con la regeneración es evidente no sólo por Filipenses 1:6, sino también por Colosenses 3:9-10: “No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos y revestido del nuevo. Este, conforme a la imagen del que lo creó, se va renovando hasta el conocimiento pleno”.
El objetivo de esta obra divina es la semejanza con Cristo mismo. Esta era la intención de Dios desde toda la eternidad: “A los que antes conoció, también los predestinó para que fueran hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos” (Ro. 8:29). La palabra traducida como “para que fueran hechos conformes a” ('summorphous') indica una semejanza a Cristo que no es sólo un parecido superficial o externo. Significa todo el conjunto de características o cualidades que hacen de algo lo que es. Además, es una palabra compuesta, cuyo prefijo indica una conexión vital con el objeto al que se parece. Que hayamos sido hechos similares a Cristo, no es una transacción a distancia. Lo que vamos a tener lo tenemos junto con él.
La santificación es la obra del Espíritu Santo. En Gálatas 5 Pablo habla de la vida en el Espíritu: “Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne” (v. 16); “Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu” (v. 25). También enumera un grupo de cualidades que designa colectivamente como “el fruto del Espíritu”: “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza" (vv. 22-23). De la misma manera en Romanos 8 Pablo dice mucho sobre el Espíritu y el cristiano. Los cristianos andan conforme al Espíritu (v. 4); piensan en las cosas del Espíritu (v. 5); viven según el Espíritu (v. 9); el Espíritu está en ellos (v. 9); por el Espíritu hacen morir las obras de la carne (v. 13); son guiados por el Espíritu (v. 14); el Espíritu mismo da testimonio de que son hijos de Dios (v. 16); el Espíritu intercede por ellos (vv. 26-27). Es el Espíritu el que obra en el creyente, haciendo que se produzca la semejanza con Cristo.
De lo anterior se podría concluir que la santificación es algo completamente pasivo por parte del creyente. Sin embargo, esto no es así. Aunque la santificación es exclusivamente cosa de Dios, o sea, que su poder reside enteramente en su santidad, al creyente constantemente se le está pidiendo que trabaje y que madure en las materias relacionadas con la salvación. Por ejemplo, Pablo escribe a los filipenses: “ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Fil. 2:12-13). Pablo alienta tanto a practicar las virtudes como a evitar los males (Ro.12:9, 16-17). Tenemos que hacer morir las obras de la carne (Ro. 8:13) y presentar nuestros cuerpos como sacrificio vivo (Ro. 12:1-2). Así que mientras la santificación es obra de Dios, el creyente también tiene un papel, que implica tanto eliminar lo pecaminoso como fomentar la santidad.
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