Dios permite la existencia del mal
Si Dios existe, ¿por qué permite el mal? Este es, quizás, el argumento más famoso, del que más se ha escrito, el más fuerte contra la existencia de la divinidad y que, incluso, ha dado lugar a toda una disciplina teológica: la teodicea. Los adversarios del teísmo dicen que es incoherente admitir la existencia del mal y afirmar, a la vez, la omnipotencia y la bondad de Dios. Es cierto que no comprendemos las razones de Dios para permitir el mal en el mundo. Pero, aunque esto sea así, no podemos deducir de tal desconocimiento que Dios no exista. Precisamente, porque no sabemos las razones que Dios pudo tener para permitirlo. ¿Un Dios todopoderoso no podía haber evitado el mal y el sufrimiento, creando seres humanos incapaces de hacer el mal? Sí, podría haberlo hecho..., pero tales seres no serían humanos.
La esencia del ser humano es la libertad (el libre albedrío), la capacidad para poder elegir, para decir “sí” o “no”. Para poder amar, tenemos que ser libres para odiar; ser libres para ser buenos implica también ser libres para ser malos. Es cierto que Dios pudo crearnos como autómatas. Programados solo para el bien, como juguetes que únicamente se mueven cuando se les tira de la cuerda. Pero Dios no quiso degradarnos a ser juguetes o máquinas autómatas.
Quizás el estado de maldad y guerra constante en el mundo sea el precio de la libertad humana. ¿No es éste un precio demasiado alto? ¿Y el precio que pagó Dios? ¿Qué hace Dios colgando en una cruz? No es solo solidaridad con el sufrimiento humano, sino que Jesucristo expió nuestro pecado y resucitó, iniciando así la derrota de la muerte y el mal.
Por otro lado, curiosamente, quienes acusan a los creyentes de no poder explicar el problema del mal, tampoco ofrecen ninguna respuesta satisfactoria desde el materialismo. La explicación naturalista del mal es que se trata del resultado lógico de los procesos de la naturaleza. Desde esta perspectiva: no podemos decir, por ejemplo, que matar al enemigo sea algo malo porque así es como funciona la naturaleza. Las horribles masacres cometidas por Hitler, Stalin, Mao, Osama Bin Laden o cualquiera de los muchos villanos que ha habido a lo largo de la historia, serían equiparables a la acción de los leones cuando devoran cebras, gacelas o a un facócero como éste de la imagen. La hostilidad hacia los extraños habría que entenderla solo como el esfuerzo de los genes por asegurar la supervivencia. Y no habría nada perverso o antinatural en ello. Esto es lo que dice, por ejemplo, el famoso biólogo ateo Richard Dawkins y los demás ideólogos del Nuevo ateísmo.
Sin embargo, desde la fe cristiana, lo que hicieron todos estos dictadores asesinos fue algo profundamente perverso y profundamente horroroso. Fueron actos objetivamente malos y horribles. Fueron crímenes contra la humanidad. Luego, el problema del mal en el mundo no es menos fácil de explicar para el incrédulo que para el creyente. No obstante, la Escritura afirma que el mal es consecuencia directa de la rebeldía humana contra Dios; que el Creador no nos diseñó para la muerte sino para la vida; y que, algún día sobrevendrá una nueva y gloriosa creación de cielos nuevos y tierra nueva donde morará definitivamente la justicia y la bondad (2 Pedro 3:13).
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