El significado teológico de la creación humana

Discutido en apartados anteriores el contenido básico de la doctrina de la creación humana, debemos determinar ahora su significado teológico. Hay varios puntos que necesitan una atención e interpretación especial.

1. Que los humanos sean creados significa que no tienen existencia independiente. Tienen vida porque Dios deseó que existieran y actuó para darles vida y para conservarles. Su existencia no es necesaria. Pueden declararse independientes y actuar como si lo fuesen, pero eso no altera el hecho de que su misma vida y cada aliento que siguen tomando se lo deben a Dios.

Esto debería hacer que nos preguntásemos la razón de nuestra existencia. ¿Por qué nos puso Dios aquí, y qué tenemos que hacer según ese propósito? Ya que sólo estamos vivos gracias a Dios, todo lo que tenemos y somos procede de él. La mayordomía no significa dar a Dios una parte de lo que es nuestro, parte de nuestro tiempo o nuestro dinero. Se nos ha confiado toda la vida para que la utilicemos, pero sigue perteneciendo a Dios y debe ser utilizada para servirle y glorificarle.

Esto también ayuda a establecer la identidad humana. Si lo que somos al menos en parte está en función de dónde procedemos, la clave de nuestra identidad la encontraremos en el hecho de que Dios nos creó. No somos únicamente los descendientes de padres humanos, ni el resultado de factores ocasionales que funcionan en el mundo. La humanidad existe como resultado de la intención consciente y el plan de un Ser inteligente y nuestra identidad al menos parcialmente consiste en cumplir ese plan divino.

Somos una creación de Dios, no una emanación de él. Tenemos un conocimiento y un poder limitados. Aunque el objetivo de la vida cristiana es ser espiritualmente uno con Dios, los humanos siempre estarán metafísicamente separados de Dios. Por lo tanto, no deberíamos tratar de perder nuestra identidad humana individual.

2. Los humanos son parte de la creación. Por diferentes que sean de los demás seres creados por Dios, no se distinguen tanto del resto como para no tener relación con ellos. Como a las demás criaturas, al humano se le dio vida en uno de esos días de la creación, el mismo día (el sexto) que a los animales de la tierra.

Como hemos señalado anteriormente, hay una gran brecha metafísica dentro de la extensión del ser. Sin embargo, esta brecha no se da entre la humanidad y el resto de las criaturas. Es entre Dios por una parte, y todas las criaturas por otra. El humano, cuyos orígenes se remontan a uno de los días de la creación, está vinculado más estrechamente con todos los demás seres creados que con Dios que fue el que hizo la creación.

Como en cierto sentido todas las criaturas son parientes de los humanos, debería haber armonía entre ellos. En la práctica puede que este no sea el caso, pero es el humano, y no el resto de la creación el que ha introducido esta desarmonía. Cuando se toma en serio, nuestro parentesco con el resto de la creación tiene un impacto definido. La palabra “ecología” deriva de la palabra griega 'oikos', que significa “casa,” por lo tanto apunta la idea de que hay una gran casa. Lo que el humano hace a una parte de ella afecta también a otras partes; una verdad que nos está quedando muy clara cuando nos damos cuenta de que la contaminación daña las vidas humanas y de que la destrucción de ciertos depredadores naturales da oportunidad a que se propaguen plagas con bastante libertad.

Que seamos parientes del resto de la creación también nos dice que tenemos que ser benévolos. Las otras criaturas vivas pueden ser utilizadas como comida por los humanos. Sin embargo, no pueden ser destruidas por puro placer. Las demás criaturas son parientes lejanos nuestros, porque han sido creadas por el mismo Dios. El bienestar de esas criaturas es importante para Dios y también debería serlo para nosotros. De la misma manera que nos preocupamos y realizamos acciones concretas por el bienestar de otros humanos, porque somos uno con ellos, así debería ser nuestro comportamiento para con el resto de la creación.

Que somos parte de la creación también significa que tenemos mucho en común con las demás criaturas. Estos puntos en común significan que hay cierta validez en el intento behaviorista de entender la humanidad a través del estudio de los animales. Porque al igual que los animales los humanos y sus motivaciones están sujetos a las leyes de la creación.

 

3. Sin embargo, el humano tiene un lugar especial en la creación. Como hemos señalado, somos criaturas y por lo tanto compartimos mucho con el resto de las criaturas. Pero hay un elemento que nos hace especiales entre los demás seres. Se dice que todos fueron hechos “según su especie.” El humano, por su parte, se dice que fue hecho a imagen y semejanza de Dios. Se coloca a los humanos por encima del resto de la creación, para tener dominio sobre ella. No podemos compararnos en todos los aspectos con el conjunto de la creación. Aunque estamos sujetos a las leyes que gobiernan a los seres creados, trascendemos a esos otros seres y su estatus, porque ser humano implica ser algo más que una mera criatura. El tema aquí es que no podemos restringir el entendimiento que tenemos de nosotros mismos al hecho de ser como criaturas, o excusar nuestro comportamiento inadecuado echándole la culpa a nuestros instintos e impulsos. Nuestro ser está en un nivel más alto, que nos separa del resto de la creación.

Esto también significa que los humanos no se sienten satisfechos cuando todas sus necesidades animales están completas. La vida humana abarca mucho más que la simple satisfacción de necesidades como la comida, el vestir y quizá el placer. También hay que tener en mente el elemento trascendente designado por la manera especial en que se describe al humano y que le distingue de las demás criaturas.

4. Hay hermandad entre los humanos. Uno de los grandes debates teológicos de finales del siglo XIX y principios del XX trataba sobre la extensión de la paternidad de Dios y por lo tanto de la extensión de la hermandad de la humanidad. Los liberales insistían en que hay una hermandad universal entre los humanos, y los conservadores de forma igualmente enfática mantenían que sólo los que están en Cristo son hermanos espirituales. En realidad, ambos estaban en lo cierto. La doctrina de la creación y de la descendencia de toda la raza humana a partir de una pareja original significa que todos estamos relacionados unos con otros. En cierto sentido, cada uno de nosotros es un primo lejano de cada persona de esta tierra. Todos estamos relacionados. La parte negativa de nuestra descendencia común es que en el estado natural todas las personas somos hijos rebeldes del Padre celestial y por lo tanto estamos separados de él y unos de otros. Todos somos como el hijo pródigo (Lc. 15:11-32).

La verdad de la hermandad universal, si se entiende completamente y se actúa según ella, debería producir una preocupación y una empatía por los demás humanos. Tenemos tendencia a sentir con más fuerza las necesidades y las heridas de nuestros amigos y familiares cercanos que las de los extraños. Podemos sentirnos bastante despreocupados por los asesinatos, los accidentes de coche con resultados fatales y cosas parecidas siempre que no esté implicado nadie que nosotros conozcamos. Sin embargo, si descubrimos que uno de nuestros seres queridos muere en un accidente sentimos una gran pena. Pero la doctrina de la hermandad de toda la raza humana nos dice que todos los seres humanos son nuestros parientes. No tenemos que verlos principalmente como rivales, sino como compañeros. Somos uno con ellos en el sentido más básico: nuestro origen. Por lo tanto deberíamos alegrarnos con los que se alegran y llorar con los que lloran, incluso aunque no sean cristianos.

5. La humanidad no es el objeto más alto del universo. Nuestro valor es grande, porque somos, a excepción de los ángeles, las criaturas más destacadas. Sin embargo, este estatus nos lo concede el Ser más destacado de todos, Dios. A pesar de todo el respeto que merece la humanidad y el reconocimiento y mérito especial que concedemos a ciertas personas destacadas, siempre debemos recordar que ellos, sus vidas, sus habilidades, sus puntos fuertes han sido dados por Dios. Su gloria, no nuestro placer y comodidad es el valor último. Nunca debemos elevar nuestro respeto por los humanos hasta el punto de llegar a alabarles. La alabanza es sólo para Dios; cuando se ofrece a otra persona u objeto, es idolatría. Debemos asegurarnos que nuestro crédito y gloria final sea para Dios. De la misma manera, no aceptaremos un tipo de adulación que sólo Dios merece. Incluso el amor por nuestros compañeros humanos no debe competir con el amor por Dios, ya que los primeros mandamientos pertenecen a nuestra relación con Dios (Éx. 20:3-11), y el mandamiento de amar a Dios con todo nuestro ser precede al mandamiento de amar al prójimo como a uno mismo (Mt. 22:37-40; Mr. 12:28-34; Lc. 10:27-28). De hecho, el amor a Dios es parte de la motivación del amor por los humanos, que están creados a imagen de Dios. Y al igual que nuestro amor por la gente, los logros humanos se deben considerar desde una perspectiva adecuada. Por maravilloso que sea lo que hayan conseguido los humanos, tales logros sólo son posibles gracias a la vida, inteligencia y talentos que Dios ha otorgado a sus criaturas humanas.

6. Hay limitaciones definidas sobre la humanidad. Los humanos son criaturas, no son Dios, y tienen las limitaciones que trae consigo el ser seres finitos. Sólo el Creador es infinito. Los humanos no saben y no pueden saberlo todo. Aunque deberíamos intentar saber todo lo que podemos saber, y deberíamos admirar y estimar los grandes conocimientos, nuestra finitud significa que nuestro conocimiento siempre será incompleto y estará sujeto a error. Esto debería dar un cierto sentido de humildad a todos nuestros juicios, ya que nos damos cuenta de que podemos estar equivocados, no importa lo impresionantes que parezcan nuestros descubrimientos.

La finitud también pertenece a nuestras vidas. Si Adán tal como fue creado hubiera muerto de no haber pecado es un tema sujeto a debate (ver 'hamartiología', la doctrina del pecado).

Sin embargo, sabemos que fue susceptible de estar sujeto a la muerte. Esto es, si fue inmortal, era una inmortalidad condicionada. Por lo tanto, la humanidad no es inmortal de forma inherente. Y tal como está constituida en la actualidad, debemos enfrentarnos a la muerte (He. 9:27). Incluso en el estado original de la raza humana, cualquier posibilidad de vivir eternamente dependía de Dios. Sólo Dios es eterno de forma inherente; todo lo demás muere.

Finitud significa que hay limitaciones prácticas para todos nuestros logros. Aunque la humanidad ha hecho grandes progresos físicos, ese progreso es limitado. Un humano puede ahora realizar un salto de más de dos metros, pero es improbable que nadie, en nuestra atmósfera, realice un salto de mil metros sin la ayuda de un propulsor artificial. Otras áreas de logros, ya sean intelectuales, físicas o del tipo que sea, tienen similares limitaciones prácticas.

7. La limitación en sí misma no es mala. Existe tendencia a lamentarse de la finitud humana. Algunos incluso mantienen que esta es la causa del pecado humano. Si no estuviéramos limitados, siempre sabríamos lo que está bien y lo haríamos. Si los humanos no estuvieran incapacitados por su finitud, lo harían mucho mejor. Pero la Biblia señala que habiendo hecho al ser humano con las limitaciones que conlleva ser una criatura, Dios miró la creación y dijo que era “bueno en gran manera” (Gn. 1:31). La finitud puede conducir al pecado si no somos capaces de aceptar nuestra limitación y vivir de acuerdo a ella. Pero el mero hecho de nuestra limitación no produce inevitablemente el pecado. Más bien es la respuesta inadecuada a esa limitación lo que constituye o trae como resultado el pecado.

Algunos creen que el pecado humano es una carga procedente de los primeros estadios de evolución, pero que gradualmente irá quedando atrás. A medida que se vaya incrementando nuestro conocimiento y habilidad, iremos siendo menos pecadores. Sin embargo, esto no parece ser cierto. En la práctica, el aumento en la sofisticación parece ofrecer al hombre la oportunidad de conseguir medios más ingeniosos para pecar. Se podría pensar que el tremendo crecimiento en la tecnología informática, por ejemplo, traería la solución a muchos problemas humanos básicos y por lo tanto haría que el hombre fuera más recto. Aunque esa tecnología a menudo se utiliza para propósitos beneficiosos, la codicia humana también ha conducido a formas nuevas e ingeniosas de robar dinero e información mediante el uso del ordenador. La reducción de nuestras limitaciones, por lo tanto, no nos lleva inevitablemente a ser mejores seres humanos. La conclusión es clara: las limitaciones humanas no son malas en sí mismas.

8. Un ajuste adecuado en la vida sólo se puede conseguir aceptando nuestra propia finitud. El hecho de nuestra finitud está claro. Sin embargo, puede que no estemos dispuestos a aceptar ese hecho y nuestro puesto en el esquema de las cosas como criaturas de Dios que dependen de él. La caída de Adán y Eva fue al menos en parte debida a que trataron de ser como Dios (Gn. 3:4-6), para saber lo que sabía Dios. Una aspiración similar subyace en la caída de los ángeles malos (Jud. 6). Deberíamos dejar que Dios fuera Dios, no tratar de decirle lo que está bien y lo que está mal, sino someternos a él y a los planes que tiene para nosotros. Juzgar las obras de Dios requiere tener un conocimiento infinito, algo de lo que nosotros simplemente carecemos.

Esto significa que no siempre tenemos que tener razón. No tenemos por qué tener miedo a fracasar. El único que nunca fracasa ni comete fallos es Dios. Por lo tanto, no es necesario que nos excusemos por nuestros defectos o que estemos a la defensiva porque no somos perfectos. No obstante darnos cuenta de nuestra finitud a menudo nos conduce a tener sentimientos de inseguridad que intentamos superar por nosotros mismos. Jesús señaló a sus discípulos que tales intentos de intentar sentirnos seguros mediante nuestros propios esfuerzos conducen a incrementar la ansiedad. No tenemos que ser Dios porque hay un Dios. Sólo tenemos que buscar su reino y su justicia, y todas las necesidades de la vida nos serán proporcionadas (Mt. 6:25-34).

Se producirá una humildad adecuada si admitimos que somos criaturas finitas y estamos dispuestos a vivir de acuerdo a ello. No somos, no podemos ni tenemos que ser Dios. Dios no espera que seamos Dios. Si aceptamos esto nos espera la satisfacción y la felicidad, si no, nos esperan la insatisfacción y la frustración. No somos seres que deberían ser Dios y fracasaron en el intento. Somos lo que se pretendía que fuéramos: criaturas humanas limitadas.

9. No obstante, la humanidad es algo maravilloso. Aunque son criaturas, los humanos son la categoría más alta entre ellas, los únicos que fueron hechos a imagen de Dios. El hecho de que el Señor de todo el universo nos hiciera simplemente añade grandeza a la humanidad dándonos un estatus de marca registrada por así decirlo. No somos simplemente la producción casual de un mecanismo ciego ni un subproducto o los restos que se eliminan en proceso de hacer algo mejor, sino que somos un producto expresamente diseñado por Dios.

Algunos cristianos han sentido la necesidad de minimizar la habilidad humana y sus logros para dar mayor gloria a Dios. Desde luego, debemos poner los logros humanos en su sitio correcto relativo a Dios. Pero no es necesario proteger a Dios contra la competición de su criatura más importante. La grandeza humana puede glorificar más a Dios. Deberíamos reconocer francamente que los humanos han hecho muchas cosas maravillosas. Son sin duda seres asombrosos, en lo que son y en lo que pueden hacer. Pero ¡cuánto más grande será el que los hizo!

Los humanos son estupendos, pero lo que les hace estupendos es que Dios los creó. El nombre Stradivarius habla de calidad en un violín; su fabricante era el mejor. Incluso cuando admiramos el instrumento, estamos admirando aun más el talento de su fabricante. El humano ha sido creado por el mejor y más sabio de todos los seres, Dios. Un Dios que ha sido capaz de hacer una criatura tan maravillosa como el ser humano es sin duda un gran Dios.

 

"Reconoced que Jehová es Dios;
él nos hizo y no nosotros a nosotros mismos; pueblo suyo somos y ovejas de su prado.

Entrad por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con alabanza.
¡Alabadlo, bendecid su nombre!,

porque Jehová es bueno;
para siempre es su misericordia, y su fidelidad por todas las generaciones"

(Sal. 100:3-5)

 

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