Finitud o estado de ansiedad humana
Reinhold Niebuhr ve el problema del pecado procedente de otra fuente, esto es, de la finitud humana por una parte y de la aspiración a la libertad por otra. En su evaluación de la condición humana, Niebuhr sigue el pensamiento de Albretch Ritschl, que vio la supresión de esta contradicción como el objetivo de todas las religiones. Para Niebuhr, esta contradicción no es pecado, pero es la ocasión para el pecado, aunque no su causa. Esta situación no tiene por qué conducir al pecado, aunque a menudo lo hace.
Un corolario de la finitud humana es la inseguridad ante los problemas amenazadores. Esto es lo que Niebuhr llama “contingencia natural.” Los humanos tratan de superar esta inseguridad principalmente de dos maneras. Quizá la más común es ejerciendo la voluntad en un intento de ganar un poder que sobrepasa los límites del lugar de las criaturas humanas. Una forma más intelectual es intentar negar el carácter limitado del conocimiento y las perspectivas humanas. Este orgullo intelectual y este ejercicio de la voluntad para ganar un poder indebido perturba la armonía de la creación. Son las formas fundamentales de pecado. Hay dimensiones religiosas y morales en el pecado. Las primeras se manifiestan como rebelión contra Dios; las últimas se muestran en la injusticia humana para con los demás.
Las descripciones bíblicas del pecado primario corroboran la opinión de Niebuhr. Fijémonos en la imagen que se sugiere del mal en la condenación de Lucifer en Isaías 14:12-15. La falta de Lucifer está en su ambición por querer ascender a los cielos y poner su trono por encima de las estrellas de Dios. Por no querer permanecer dentro de los límites de su propia posición, cayó en el pecado. Ese fue también el caso en la caída del hombre. La tentación que se puso ante Adán y Eva fue la tentación de ser como Dios, ser conocedores del bien y del mal (Gn. 3:5). En otras palabras, su pecado consistió en caer en la tentación de intentar ser más que aquello para lo que fueron creados, ser hombres. En efecto, trataron de ser Dios.
La tentación de ir más allá de lo que es adecuado, es posible (y se puede conseguir) sólo por lo que son los humanos. Por una parte, los humanos son seres limitados, incapaces de conocerlo y hacerlo todo. Sin embargo, son capaces de visualizar la posibilidad de saberlo y hacerlo todo, de imaginar lo que podrían ser pero no son. Consciente o inconscientemente, los seres humanos nunca escapan del hecho de que son finitos.
Niebuhr se basa mucho en la obra de Søren Kierkegaard "El concepto de angustia". La “angustia” de Kierkegaard es el vértigo que se siente ante la libertad. Es, dice, como el vértigo que sentimos cuando miramos hacia abajo desde una gran altura. Tenemos la tentación de saltar, y sentimos el temor a las consecuencias. No obstante, algo dentro de nosotros quiere saltar. Nos damos cuenta de que tenemos a nuestro alcance el poder de ser y no ser. Esto es la angustia. Es ser conscientes de ser libres y sin embargo estar atados. Es la condición previa del pecado. No es el pecado en sí, sino la ocasión de pecar.
Esto es a lo que Niebuhr se refiere con “ansiedad.” Es el estado espiritual inevitable de cualquier ser humano que se encuentra ante la situación paradójica de la libertad y la finitud. Es la experiencia subjetiva de la tentación: “La ansiedad es la descripción interna del estado de tentación.” Sin embargo, a este estado no hay que identificarlo con el pecado, porque siempre existe la posibilidad de que la fe perfecta lo depure de su tendencia a la auto-reafirmación pecadora. Los que ponen toda su confianza en Dios encuentran una seguridad completa. Por lo tanto, la ortodoxia siempre ha considerado el no creer, la falta de confianza, como la raíz del pecado. Esta es la razón por la cual Jesús dijo: “No os angustiéis, pues, diciendo: ‘¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos?’ porque... vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas [estas cosas]” (Mt. 6:31-32). Ninguna vida, ni siquiera la más santa, cumple a la perfección el requerimiento de no sentir ansiedad.
Intentar superar el estado de ansiedad, la tensión entre finitud y libertad, negando la finitud de uno mismo es la forma más obvia de pecado. Conduce a varias manifestaciones de orgullo y de auto-exaltación; por ejemplo, no querer reconocer que nuestro conocimiento es finito, explotar o dominar a los demás. Cada caso representa un intento de construir nuestra propia seguridad mediante nuestro propio esfuerzo.
Otra forma de pecado es el intento de aliviar la tensión entre libertad y finitud negando nuestra libertad. Esto implica “perdernos en algún aspecto de las dinámicas del mundo.” Aquí el pecado es la sensualidad, vivir únicamente según ciertos impulsos particulares de nuestra naturaleza. Aunque estos impulsos pueden ser muy variados, todos representan el descenso humano al nivel animal, o la capitulación ante lo que la naturaleza determina que debe ser el comportamiento humano. Cualquiera que sea la dirección que tomemos, la negación de nuestra finitud o de nuestra libertad, el pecado es ocasionado, pero no causado, por el estado de ansiedad. La finitud humana por sí misma no es pecado. Pero ser un ser finito y a la vez ser capaz de imaginar y aspirar a lo infinito, le coloca a uno en una posición de tensión que se puede convertir en fe o en pecado.
Niebuhr ha analizado las dinámicas del pecado y la tentación de una manera que en muchos aspectos es muy perspicaz y acertada. Sin embargo, hay un problema que permanece. Su solución a la ansiedad por la finitud implica aprender a confiar en Dios, aceptar el hecho de nuestra propia finitud y vivir dándonos cuenta de que siempre habrá cierta inseguridad. Pero ¿esto es realmente posible? ¿No requiere esto una auto-estimulación, motivación y habilidad que excede la capacidad humana? Generar y mantener la fe por nosotros mismos requeriría una habilidad humana que la experiencia contradice, por no decir las Escrituras. Incluso el cristiano más vital con frecuencia necesita orar: “Creo; Ayuda mi incredulidad” (Mr. 9:24). No ser capaz de reconocer la necesidad de la transformación hecha por Dios mina la fuerza de las opiniones de Niebuhr.
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