Dicotomismo
Probablemente la posición más extendida a lo largo de la historia del pensamiento cristiano sea la de que el hombre está compuesto de dos elementos, un aspecto material (el cuerpo) y un componente inmaterial (el alma o el espíritu). El dicotomismo se mantuvo prácticamente desde el primer periodo del pensamiento cristiano. Sin embargo, tras el concilio de Constantinopla de 381 creció en popularidad hasta el punto de convertirse casi en la creencia universal de la iglesia.
Formas recientes de dicotomismo mantienen que el Antiguo Testamento presenta una visión unitaria de la naturaleza humana. Sin embargo, en el Nuevo Testamento esta visión unitaria es reemplazada por un dualismo: el humano está compuesto por cuerpo y alma. El cuerpo es la parte física de los humanos, la parte que muere. Experimenta la desintegración con la muerte y vuelve a la tierra. El alma, por otra parte, es la parte inmaterial del ser humano, la parte que sobrevive a la muerte. Es esta naturaleza inmortal lo que separa a los hombres de las demás criaturas.
Muchos de los argumentos para el dicotomismo son, esencialmente, argumentos contra el concepto tricotomista. El dicotomismo rechaza el tricotomismo porque si uno sigue el principio de que cada una de las referencias de versículos como 1 Tesalonicenses 5:23 representa una entidad distinta, surgen dificultades con otros textos. Por ejemplo, en Lucas 10:27 Jesús dice: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente.” Aquí no tenemos tres entidades, sino cuatro, y esas cuatro no encajan con las tres de 1 Tesalonicenses. De hecho, sólo una de ellas es la misma: el alma. Además “espíritu” y “alma” se utilizan para la creación del animal. Por ejemplo, Eclesiastés 3:21 hace referencia al espíritu de la bestia (la palabra aquí es el hebreo 7 'ruach'). Los términos espíritu y alma a menudo se utilizan de forma intercambiable. Observemos por ejemplo, Lucas 1:46-47, que es probablemente un ejemplo de paralelismo: “Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador.” Aquí los dos términos parecen prácticamente equivalentes. Hay muchos otros ejemplos. A los componentes básicos del hombre se les designa como alma y cuerpo en Mateo 6:25 ('psuchē', “vida”) y 10:28, pero se les llama cuerpo y espíritu en Eclesiastés 12:7 y 1 Corintios 5:3. La muerte se describe como salírsele el alma (Gn. 35:18; 1 R. 17:21; Hch. 15:26 ('psuchas', “vidas”) y como encomendar el espíritu (Sal. 31:5; Lc. 23:46). A veces la palabra alma se usa de tal manera que es sinónima de uno mismo o de vida: “¿De qué le servirá al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma? ¿O qué dará el hombre a cambio de su alma?” (Mt. 16:26). Hay referencia a turbación del espíritu (Gn. 41:8; Jn. 13:21) y agitación del alma (Sal. 42:6; Jn. 12:27).
La teología liberal distinguía claramente entre alma y cuerpo casi como dos sustancias diferentes. La persona fue identificada con el alma o el espíritu, no con el cuerpo. Un ejemplo claro de este tipo de pensamiento, William Newton Clarke, habla de una división del hombre en cuerpo y espíritu (alma y espíritu se utilizan como palabras intercambiables para la misma entidad). “La persona, el agente moral consciente de sí mismo, no es el cuerpo; más bien habita y controla el cuerpo.” El espíritu de un humano tiene que concebirse como algo “incorpóreo e inmaterial que habita y actúa mediante el cuerpo.” El cuerpo es el lugar y el medio de nuestra vida presente, pero no una parte necesaria de nuestra personalidad. Más bien, es el órgano mediante el cual la personalidad recoge sensaciones y se expresa. La personalidad podría existir sin el cuerpo, aprender del mundo exterior por medios distintos a las sensaciones y expresarse de otra forma distinta que no sea con el cuerpo, y sin embargo seguir siendo “tan real como lo es en este momento.” El cuerpo, por lo tanto, no es una parte esencial de la naturaleza humana. La persona puede funcionar bastante bien sin él. Este es un verdadero y auténtico dualismo. La muerte es la muerte del cuerpo, y el espíritu sigue viviendo bastante bien. “Deja el cuerpo material, pero sigue viviendo, y entra en nuevas escenas de acción.”
Menos definido, pero mostrando la misma posición básica es el pensamiento de L. Harold DeWolf. Señala que cualquier posición que niegue que hay una diferencia real de identidad entre el alma humana y el cuerpo es contraria a las indicaciones de la experiencia cristiana. DeWolf concede que la Biblia asume que la vida del alma depende de un cuerpo vivo; pero replica que: “esta suposición se puede atribuir a viejos hábitos de pensamiento y discurso, a dificultades de representar la realidad sin una imagen sensorial y a la indudable necesidad de que la conciencia humana tenga un contexto de comunicación proporcionado por algún medio.”
DeWolf llama la atención sobre numerosos pasajes que sugieren un dualismo cuerpo-alma. A su muerte Jesús entregó su espíritu al grito de “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Mt. 27:50; Jn. 19:30; Lc. 23:46). Otras referencias destacadas son Lucas 12:4; 1 Corintios 15:50; 2 Corintios 4:11; 5:8, 10. El cuerpo tiene un lugar muy importante en el plan de Dios. Se utiliza como instrumento para expresar y cumplir las intenciones de la persona. Pero el alma debe controlar el cuerpo.
El dualismo de Clarke y DeWolf, aunque mantiene que el alma puede existir sin el cuerpo, no les lleva a negar la resurrección del cuerpo. Según su punto de vista la existencia separada del alma después de la muerte es una situación temporal. Sin embargo, algunos liberales sustituyeron la doctrina tradicional de la resurrección del cuerpo por la inmortalidad del alma. Uno de ellos, Harry Emerson Fosdick, consideraba la idea de la resurrección del Nuevo Testamento como un producto de su tiempo. Dado el concepto judío del Seol, un lugar donde los muertos soportaban una existencia sin sentido, casi no se podría entender la inmortalidad de otra manera que no fuera con la idea de la resurrección. Durante el exilio, el judaísmo cayó bajo el influjo del zoroastrismo y la idea de la resurrección se fue uniendo cada vez más a la esperanza de la inmortalidad. Sin embargo, Fosdick como los que trabajaron desde la perspectiva de la metafísica griega, no vio la necesidad de identificar la idea de la inmortalidad con la resurrección. Prefirió la idea de la “persistencia de la personalidad a través de la muerte” a la de la resurrección de la carne. La doctrina de Fosdick sobre la inmortalidad del alma conserva la experiencia básica perdurable, aunque reemplaza la forma del Nuevo Testamento de la expectativa de una vida futura.
Los conservadores no han llevado tan lejos la posición dualista. Aunque creen que el alma es capaz de sobrevivir a la muerte, viviendo sin un cuerpo, también esperan una futura resurrección. No es la resurrección del cuerpo frente a la supervivencia del alma. Más bien son dos etapas del futuro de un ser humano.
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