El canon está cerrado

Por ejemplo, Moisés advierte: "No añadiréis a la palabra que yo os mando ni disminuiréis de ella" (Dt. 4:2, ver 12:32). El último libro del canon neotestamentario termina con una advertencia aun más solemne: "Si alguno añade a estas cosas, Dios traerá sobre él las plagas que están escritas en este libro. Y si alguno quita las palabras del libro de esta profecía, Dios quitará su parte del libro de la vida(Ap. 22:18,19). Hablando acerca de los libros del Antiguo Testamento, Josefo afirma: " ... nadie ha sido tan osado como para agregarles nada a ellos, ni quitarles nada, ni cambiarles nada" (Contra Apión I, 8).

A través de los libros inspirados contenidos en el canon, Dios ha hablado. No habrá más revelación de doctrina ni necesitamos más. La iglesia de Cristo no precisa reveladores sino predicadores e intérpretes de la Palabra ya entregada.

Una pregunta que no se puede pasar por alto es: ¿Qué ocurre con los escritos apostólicos que no han sobrevivido (por ejemplo la carta paulina a que se alude en 1 Co. 5:9)? Si aparecieran algunos escritos apostólicos, ¿tendrían derecho de ser incluidos en el canon? El erudito Everett F. Harrison responde a esta pregunta: "Es prudente aquí recurrir a la providencia de Dios que ha permitido la recuperación de muchos documentos antiguos, pero ninguno apostólico. Si el Nuevo Testamento ha sido suficiente, bajo la dirección de Dios, para la vida de la iglesia a lo largo de todos estos siglos, difícilmente necesitará ser suplementado después de tantos años. La pregunta es meramente hipotética".

La tarea de la iglesia en este tiempo y mientras Cristo no regrese, no es suspirar deseosa de nuevas revelaciones sino testificar de la salvación ya claramente revelada. Cuando Cristo regrese, la iglesia no tendrá más necesidad de la Biblia, y por ende no deberá preocuparse más por discernir lo canónico de lo apócrifo o espúreo. Pero mientras esto no ocurra, la iglesia debe recordar que ella nació aferrada a un canon, y en un sentido real le toca vivir continuamente aferrada a ese canon.

Sin dudas, podemos creer con toda seguridad que en el Antiguo y Nuevo Testamento tenemos ahora la plena revelación de Dios, que fue escrita y redactada bajo la directa inspiración del Espíritu Santo y que constituye la única e infalible palabra de Dios, distinta de todos los demás libros del mundo.

Cabe señalar que el principio de la canonicidad no puede ser por ningún motivo divorciado de la idea de la autoridad, en este caso de la autoridad divina, a pesar del hecho patente que las Escrituras fueron escritas por hombres. Tras la palabra escrita hay una tradición oral respecto a Jesucristo, y tras la tradición oral está la predicación apostólica, tras este testimonio apostólico se encuentra Cristo mismo. El Señor Jesucristo hizo dos cosas vitales en el proceso de canonización: autenticó el Antiguo Testamento y prometió la actividad del Espíritu Santo para hacer posible lo que llegó a ser el Nuevo Testamento. Es así que fundamentalmente Cristo es la clave de la canonicidad y el Espíritu Santo el instrumento principal para llevarla a cabo.