Definición de inerrancia

Podemos establecer ahora lo que entendemos nosotros por inerrancia: la Biblia, cuando se interpreta correctamente a la luz del nivel cultural y de comunicación que había en los tiempos en los que se escribió, y según los propósitos para los que fue dada, es completamente cierta en todo lo que afirma. Esta afirmación refleja la posición que se denominó en principio inerrancia plena. Ahora es necesario elaborar y explicar esta definición, señalando algunos principios y ejemplos que nos ayudarán a definir la inerrancia específicamente y a eliminar algunas de las dificultades.

1. La inerrancia pertenece a lo que se afirma o asevera más que a lo que meramente se cuenta. Esto incorpora el punto válido de la sugerencia de Carnell. La Biblia recoge declaraciones falsas hechas por gente profana. La presencia de este tipo de declaraciones en las Escrituras no significa que estas sean verdaderas; solo garantiza que han sido contadas de forma correcta. El mismo juicio se puede emitir sobre ciertas declaraciones de gente piadosa que no estaban hablando bajo la inspiración del Espíritu Santo. Esteban, en su discurso de Hechos 7, puede que no estuviera siendo inspirado aunque si estuviera lleno del Espíritu Santo. Por lo tanto su declaración cronológica en el versículo 6 puede que no esté necesariamente libre de error. Parece que incluso Pablo y Pedro hicieron afirmaciones incorrectas en algún momento. Sin embargo, cuando un escritor bíblico toma una declaración de cualquier fuente y la incorpora a su mensaje como afirmación y no como mera declaración, debe ser considerada cierta. Esto no garantiza la canonicidad del libro que se cita. Los no creyentes, sin una revelación o inspiración especial, pueden estar no obstante en posesión de la verdad. Aunque todo lo que hay en la Biblia es verdad, no es necesario mantener que toda la verdad está en la Biblia. Las referencias de Judas a dos libros no canónicos no suponen necesariamente un problema, porque no es necesario creer que lo que Judas afirmaba era un error o que Enoc y la asunción de Moisés son libros inspirados divinamente que tienen que ser incluidos dentro del canon del Antiguo Testamento.

Surge la cuestión: ¿La inerrancia tiene aplicación con otros modos que no sean el indicativo? La Biblia contiene preguntas, deseos y órdenes además de afirmaciones. Sin embargo, estos normalmente no se juzgan como verdaderos o falsos. Por lo tanto la inerrancia parece que no se les aplica a ellos. Sin embargo, dentro de las Escrituras hay declaraciones o afirmaciones (expresas o implícitas) de que alguien hizo esa pregunta, expresó ese deseo, o pronunció esa orden. Mientras que el mandamiento “Ama a tus enemigos” no se puede considerar verdadero o falso, la declaración “Jesús dijo: ‘Ama a tus enemigos’” se puede considerar verdadera o falsa. Y como declaración de las Escrituras, es inerrante.

Lo que estamos resaltando aquí son las declaraciones o las afirmaciones, no la intención del que las decía o escribía. Se da mucha importancia en los círculos evangélicos a la intención del escritor: el mensaje no puede ni debe desviarse de la dirección pretendida por el escritor. En particular, los evangélicos están en contra de la práctica de interpretar un pasaje, no según lo que el autor quiso expresar, sino según lo que el lector encuentra en el pasaje, o lo que aporta al pasaje. Esta preocupación es de lo más recomendable. El enfoque se debe poner en lo que el autor intentó afirmar.

Sin embargo, hay ciertos problemas que van unidos al concepto de intención. Uno es que a veces se restringe de forma inadecuada el significado de un pasaje a una intención central. Por ejemplo, cuando Jesús dijo que ningún pajarillo cae a la tierra sin el permiso del Padre (Mt. 10:29), su propósito no fue enseñar que Dios vigilaba a los pájaros. Su propósito era afirmar que Dios vigila a sus hijos humanos (v. 31: “Así que no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos”). Sin embargo, Jesús afirmó que Dios protege y se preocupa de los pajarillos; por supuesto, la verdad de la declaración sobre su preocupación por los humanos depende de la verdad de la afirmación sobre los pajarillos.

Otro problema que resulta de enfatizar el concepto de la intención del autor es que no tiene en cuenta las perspectivas psicológicas que han aparecido en el siglo XX sobre el inconsciente. Ahora sabemos que mucho de lo que se comunica no es de forma consciente. El error freudiano, el lenguaje corporal, y otras comunicaciones inconscientes a menudo revelan con más claridad de la que pretendemos lo que realmente creemos. Por lo tanto, no debemos restringir la revelación y la inspiración de Dios a asuntos sobre los cuales el escritor de las Escrituras era consciente. Parece bastante posible que cuando Juan escribió sobre la gran visión que había tenido en Patmos, comunicaba más de lo que entendía.

2. Debemos juzgar la verdad de las Escrituras por su sentido dentro del panorama cultural en el que se expresaron sus declaraciones. No deberíamos emplear criterios anacrónicos para intentar entender lo que se dijo. Por ejemplo, no deberíamos esperar que los criterios de exactitud en las citas a los que nuestra edad de prensa escrita y distribución masiva nos tiene acostumbrados estuvieran presentes en el siglo primero. También deberíamos reconocer que los números antiguamente tenían con frecuencia un sentido simbólico, mucho mayor que el que tienen en nuestra cultura actual. Los nombres que los padres elegían para sus hijos también tenían un significado especial; cosa que no suele pasar hoy en día. La palabra hijo tiene básicamente un único significado en nuestra lengua y cultura. Sin embargo, en los tiempos bíblicos, tenía un significado más amplio, casi paralelo a “descendiente.” También existe una amplia diversidad entre nuestra cultura y la de los tiempos bíblicos. Cuando hablamos de inerrancia, queremos decir que lo que la Biblia afirma es completamente cierto según la cultura de aquel tiempo.

3. Las afirmaciones de la Biblia son completamente ciertas cuando se juzgan según los propósitos para las que fueron escritas. Aquí la exactitud puede variar según el uso que se pretenda dar al material. Supongamos un caso hipotético en que la Biblia hable de una batalla con 9.476 hombres. ¿Cuál sería aquí un informe correcto (o infalible)? ¿10.000 sería correcto? ¿9.000? ¿9.500? ¿9.480? ¿9.475? ¿O sólo sería correcto hablar de 9.476? La respuesta es que depende de la intención que tenga el escrito. Si se trata de un informe militar oficial que un militar tiene que dar a un superior, el número tiene que ser exacto. Esta es la única manera de saber si ha habido algún desertor. Por otra parte, si se trata de ofrecer solamente una idea del tamaño de la batalla, un número redondo como 10.000 sería adecuado, y en este contexto, correcto. Lo mismo ocurre con el mar de metal fundido de 2 Crónicas 4:2. Si el objetivo al hablar de su dimensión es proporcionar un plano a partir del cual se pueda construir una réplica, es importante saber si se tiene que construir con un diámetro de 10 codos o una circunferencia de 30 codos. Pero si el propósito es únicamente el de comunicar una idea sobre el tamaño del objeto, la aproximación que da el cronista es suficiente y se puede considerar perfectamente verdadera. A menudo encontramos aproximaciones en la Biblia. No hay auténticos conflictos entre lo que se dice en Números 25:9 sobre que murieron 24.000 por la plaga y lo que dice Pablo en 1 Corintios 10:8 de que fueron 23.000. Ambas son aproximaciones, y para el propósito que tenían ambas pueden considerarse adecuadas y por lo tanto ciertas.

Dar aproximaciones es una práctica común en nuestra propia cultura. Supongamos que mis ganancias brutas el año pasado fueron 50.137,69€ (una cifra puramente hipotética). Y supongamos que usted me pregunta cuánto gané el año pasado y yo contesto “Cincuenta mil euros.” ¿He dicho la verdad? Eso depende de la situación y de con quién esté hablando. Si es un amigo y me lo pregunta en una charla informal sobre el coste de la vida, he dicho la verdad. Pero si es un empleado de hacienda que está realizando una auditoría, entonces no he dicho la verdad. Ya que una frase para ser adecuada y por tanto verdadera requiere mayor especificidad en esta segunda situación que en la primera.

Esto se puede aplicar no sólo a los números, sino también a asuntos como el orden cronológico en la narrativa histórica, que fue modificado ocasionalmente en los Evangelios. En algunos casos un cambio en las palabras era necesario para comunicar lo mismo a personas distintas. Por eso Lucas dice “Gloria en las alturas” donde Mateo y Marcos dicen “Hosanna en las alturas;” los gentiles que leían a Lucas entendían mejor lo primero que lo segundo. Incluso la expansión y la compresión, que utilizan hoy en día los predicadores sin que por ello se les pueda acusar de infidelidad al texto, la practicaron también los escritores bíblicos.

4. Los informes de eventos históricos y científicos se escriben en lenguaje fenomenológico más que en lenguaje técnico. Es decir, el escritor cuenta cómo aparecen las cosas ante los ojos. Esta es la práctica ordinaria en cualquier tipo de escrito popular (en contraste con el técnico). Un ejemplo comúnmente apreciado de esta práctica tiene que ver con la salida del sol. Cuando el hombre del tiempo dice por la noche que al día siguiente el sol saldrá a las 6:37, desde el punto de vista estrictamente técnico ha cometido un error, ya que desde los tiempos de Copérnico sabemos que el sol no se mueve, es la tierra la que se mueve. Sin embargo, no hay ningún problema con esta expresión popular. De hecho, incluso en los círculos científicos, el término salida de sol se ha convertido en una especie de frase hecha; aunque los científicos utilizan este término con regularidad, no piensan en ello de forma literal. De igual manera, los relatos bíblicos no intentan ser científicamente exactos; no intentan teorizar sobre qué sucedió exactamente cuando los muros de Jericó cayeron o cuando las aguas del río Jordán se detuvieron, o si el hacha flotó. El escritor simplemente contaba lo que se veía, tal como parecía ante los ojos. (En cierto sentido, el principio de que la Biblia utiliza un lenguaje popular en lugar de un lenguaje técnico es simplemente un subpunto del principio anterior, esto es, que las afirmaciones de la Biblia son completamente ciertas cuando se juzgan de acuerdo con el propósito para el que fueron escritas).

5. Las dificultades para explicar el texto bíblico no deberían prejuzgarse como indicadores de error. Es mejor esperar a que aparezcan los datos que faltan, confiando en que si tenemos todos los datos, los problemas se puedan resolver. En algunos casos, puede que los datos no aparezcan nunca. Una vez que se ha excavado un yacimiento, queda excavado, ya lo haya hecho un grupo de arqueólogos bien preparados, o un grupo de ladrones buscando cosas de valor. Sin embargo, anima pensar que existe una tendencia a resolver dificultades cuando surgen nuevos datos. Algunos de los problemas más serios de hace un siglo, como el desconocido rey Sargón que menciona Isaías (20:1), se han explicado de forma satisfactoria y sin contorsiones artificiales. E incluso el rompecabezas de la muerte de Judas parece tener ahora una solución viable y razonable.

La palabra específica en Hechos 1:18 que causó la dificultad en cuanto a la muerte de Judas es 'prēnēs'. Durante mucho tiempo se creía que significaba solo “caer de cabeza.” Sin embargo, las investigaciones hechas en el siglo XX sobre papiros antiguos, han revelado que esta palabra tenía otro significado en la koiné griega. También significaba “inflar.” Es posible un hipotético final de la vida de Judas que se ajuste a todos los datos que tenemos, pero sin la artificialidad con la que Gaussen resolvió el problema. Judas se colgó, pero tardo tiempo en ser encontrado. En esa situación sus vísceras empezaron a descomponerse, con lo que el abdomen se hinchó, algo característico en los cadáveres que no se han embalsamado correctamente. Por eso “[Judas] se reventó por la mitad y todas sus entrañas se derramaron.”Aunque no hay manera de saber si fue esto lo que realmente ocurrió, esta puede ser una solución factible y adecuada para el problema.

Debemos, pues, continuar trabajando en la tarea de resolver cualquier tensión que haya en nuestra forma de entender la Biblia. Esto implicará consultar los mejores materiales lingüísticos y arqueológicos. La arqueología en particular ha confirmado la veracidad de la sustancia de las Escrituras. En general, hay menos dificultades ahora para creer en la inerrancia de datos de la Biblia que hace cien años. Al mismo tiempo, debemos darnos cuenta de que nunca habrá una confirmación completa de todas las proposiciones ni se resolverán todos los asuntos problemáticos. En lugar de buscar explicaciones demasiado imaginativas, es mejor dejar esas dificultades sin resolver confiando en que, basándonos en la doctrina de las Escrituras, se irán resolviendo a medida que vayamos disponiendo de nuevos datos.

Ahora que hemos definido específicamente la inerrancia, debemos señalar ciertos puntos que nuestra definición no incluye. La doctrina de la inerrancia no nos dice a priori qué tipo de material contendrá la Biblia. No nos dice cómo tenemos que interpretar pasajes individuales (esto pertenece a la esfera de la hermenéutica). En particular, la inerrancia no tiene que por qué significar que exista siempre el mayor grado de especificidad posible. Más bien nuestra doctrina de la inerrancia mantiene simplemente que cualquier afirmación que se hace en la Biblia es totalmente cierta cuando se interpreta correctamente según el significado que tenía en la cultura en la que se hizo y según el propósito para el cual fue escrita.