La revelación de Cristo
Muchas referencias al ministerio de Cristo resaltan su revelación del Padre y de la verdad celestial. Y por supuesto, Jesús entendía claramente que era un profeta, porque cuando su ministerio en Nazaret no era recibido dijo: “No hay profeta sin honra sino en su propia tierra y en su casa” (Mt. 13:57). Los que escucharon sus predicaciones, al menos sus seguidores, reconocieron que era un profeta. Es más, en el momento de su entrada triunfal en Jerusalén la multitud decía: “Este es Jesús, el profeta, el de Nazaret de Galilea” (Mt. 21:11). Cuando esa semana al final de un discurso los fariseos quisieron arrestarlo, temían hacerlo porque las gentes decían que era un profeta (Mt. 21:46). Los dos discípulos en el camino de Emaús se refirieron a Jesús como “profeta poderoso en obra y en palabra” (Lc. 24:19). El evangelio de Juan nos cuenta que la gente hablaba de Jesús como “el profeta” (6:14; 7:40). El hombre ciego a quien Jesús sanó le identifica como profeta (9:17). Y los fariseos responden a Nicodemo: “Escudriña y ve que de Galilea nunca se ha levantado un profeta” (7:52). Evidentemente estaban intentando refutar la opinión de que Jesús era un profeta.
Que Jesús era un profeta era en sí mismo el cumplimiento de una profecía. Pedro le identifica específicamente con la predicción de Moisés en el Deuteronomio 18:15: “El Señor vuestro Dios os levantará profeta de entre vuestros hermanos” (Hch. 3:22). Por tanto, las profecías sobre Jesús hablaban de un sucesor no sólo de David como rey, sino también de Moisés como profeta.
El ministerio profético de Jesús se parecía al de otros profetas en que fue enviado por Dios. Sin embargo, había diferencias significativas entre él y los demás. Él procedía de la presencia misma de Dios. Su preexistencia con el Padre era un factor principal en su habilidad para revelar al Padre, porque había estado con él. Así dice Juan: “A Dios nadie lo ha visto jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él lo ha dado a conocer” (Jn. 1:18). El mismo Jesús confirmó su preexistencia: “Antes de que Abraham fuera, yo soy” (Jn. 8:58). Cuando Felipe pidió que les mostrara el Padre a los discípulos, Jesús respondió: “El que me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn. 14:9). Le dijo a Nicodemo: “Nadie subió al cielo sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo” (Jn. 3:13).
Lo especial del ministerio profético de Jesús, no obstante, era similar en varios aspectos a la obra de los profetas del Antiguo Testamento. Su mensaje de muchas maneras se parecía al de ellos. Hablaba del destino y del juicio y proclamaba la buena nueva de la salvación. En Mateo 11:20-24 Jesús declara infortunios que caerán sobre Corazín, Betsaida, Capernaúm parecidos a los de Amós contra Damasco, Gaza, Tiro, Moab y otros lugares, finalmente culminan con la denuncia de Israel (Am. 1-3). En Mateo 23 Jesús pronuncia juicios contra los escribas y los fariseos, llamándoles hipócritas, serpientes, víboras. Desde luego el mensaje profético de la condena del pecado era algo destacado en su predicación.
Jesús también proclamó buenas noticias. Entre los profetas del Antiguo Testamento Isaías en particular había hablado de buenas nuevas de Dios (Is. 40:9; 52:7). De forma similar, en Mateo 13 Jesús describe el reino de los cielos en términos que lo hacen ser sin duda una buena nueva: el reino de los cielos es como un tesoro escondido en un campo (v. 44) y como una perla preciosa (v. 46). Pero incluso en medio de estas buenas noticias hay palabras de advertencia, porque el reino es también como una red que recoge toda clase de peces, pero los buenos se recogen en cestas y los malos se desechan (vv. 47-50).
También hay buenas nuevas en el reconfortante mensaje de Jesús en Juan 14: después de ir a preparar un lugar al que llevar a sus seguidores, volverá a por ellos (vv. 1-3); los que crean en él harán mayores obras que él (v. 12); él hará lo que ellos pidan en su nombre (vv. 13-14); él y el Padre vendrán a aquellos que crean (vv. 18-24); les dará su paz (v. 27). El tono de este pasaje es muy parecido al de Isaías 40, que comienza con “Consolad, consolad a mi pueblo” y continúa para confirmarles la presencia, la bendición y el cuidado del Señor.
Algunos han señalado la similitud de estilo y del tipo de material que hay entre las enseñanzas de Jesús y la forma de expresarse los profetas del Antiguo Testamento. Mucha de la profecía del Antiguo Testamento es poesía y no prosa. C. F. Burney, Joachim Jeremias, y otros han señalado la estructura poética de muchas de las enseñanzas de Jesús, y en muchos casos han podido encontrar tras los textos griegos el texto arameo. Jesús también siguió a los profetas del Antiguo Testamento y fue más allá en el uso de parábolas. En un caso incluso adaptó una parábola de Isaías para utilizarla él mismo (cf. Is. 5:1-7; Mt. 21:33-41).
La obra reveladora de Cristo abarca un amplio espacio de tiempo y de formas:
1. Actuaba de una manera reveladora, incluso antes de su encarnación. Como el Logos, él es la luz que ilumina a todo el que viene al mundo; por lo tanto, en cierto sentido toda la verdad ha venido de él y a través de él (Jn. 1:9). Hay indicaciones de que el mismo Cristo estaba obrando en la revelación que vino a través de los profetas que llevaban un mensaje sobre él. Pedro escribe que los profetas que predijeron la salvación que vendría estaban “escudriñando qué persona y qué tiempo indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos, el cual anunciaba de antemano los sufrimientos de Cristo y las glorias que vendrían tras ellos" (1 P. 1:11). Aunque todavía no se había encarnado en persona, Cristo ya estaba dando a conocer la verdad. Es bastante posible que la Segunda persona de la Trinidad estuviera implicada (o se manifestara) en las teofanías del Antiguo Testamento.
2. Un segundo y más evidente periodo de la obra reveladora de Cristo fue su ministerio profético durante su encarnación y estancia en la tierra. Aquí se producen dos formas de revelación conjunta. Él habla palabra divina de la verdad. Sin embargo, además de eso, él era la verdad y era Dios, y por tanto lo que hizo fue una demostración, no sólo una proclamación, de la verdad y la realidad de Dios. El escritor de la carta a los hebreos declara que Jesús es la mayor de todas las revelaciones de Dios (1:1-3). Dios, que ha hablado a través de los profetas, ahora en los últimos días ha hablado a través de su Hijo, que es superior a los ángeles (v. 4) e incluso a Moisés (3:3-6). Porque Jesús no sólo tenía una palabra de Dios, sino que llevaba el auténtico sello de su naturaleza, reflejando la gloria de Dios (1:3).
3. Existe un tercer y continuo ministerio revelador de Cristo a través de su iglesia. Él les prometió su presencia en la tarea a realizar (Mt. 28:20). Dejó claro que su ministerio sería continuado y completado por el Espíritu Santo. El Espíritu sería enviado en nombre de Jesús, y enseñaría a sus seguidores todas las cosas y les recordaría todo lo que él les había dicho (Jn. 14:26). El Espíritu les guiaría a toda la verdad (Jn. 16:13). Pero la obra reveladora del Espíritu Santo no sería independiente de la obra de Jesús. Porque Jesús dijo que “no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oiga y os hará saber las cosas que habrán de venir. Él me glorificará, porque tomará de lo mío y os lo hará saber. Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío y os lo hará saber” (vv. 13-15). En un sentido real, Jesús iba a continuar su obra reveladora mediante el Espíritu Santo. Quizá esto esa es la razón por la que Lucas hizo esa declaración un tanto misteriosa de que su primer libro trataba de todo lo que Jesús “comenzó a hacer y enseñar” (Hch. 1:1--NVI). Otra sugerencia de la continua obra reveladora de Jesús se puede encontrar en afirmaciones como “separados de mí nada podéis hacer” (Jn. 15:5), que se produce en conexión con la imagen de Jesús como la viña y los discípulos como sus pámpanos. Concluimos que cuando los apóstoles proclaman la verdad, Jesús estaba llevando a cabo su obra de revelación a través de ellos.
La última y más completa obra reveladora de Jesús se encuentra en el futuro. Llegará un tiempo en que él regresará; una de las palabras para la segunda venida de Cristo es “revelación” ('apokalupsis'). En ese momento veremos con claridad y de forma directa (1 Co. 13:12); le veremos tal como es (1 Jn. 3:2). Entonces todas las barreras para un conocimiento pleno de Dios y de las verdades que Cristo habló quedarán eliminadas.
La obra reveladora de Jesucristo es una enseñanza que ha persistido a través de las diferentes suertes de las cristologías. En los siglos XIX y XX algunos teólogos la hicieron servir prácticamente como toda la doctrina de la obra de Cristo y por lo tanto de su persona o naturaleza también. Aunque el liberalismo ha tenido varias maneras de entender la naturaleza y la obra de Jesús, su enfoque principal estaba en que Jesús era básicamente un revelador significativo del Padre y de la verdad espiritual. Esto no significa necesariamente que haya una especie de comunicación misteriosa de la verdad desconocida para él. Los liberales le han considerado por lo general como un genio espiritual que era a la religión lo que Einstein a la física teórica. Por tanto, Jesús era capaz de descubrir más sobre Dios de lo que lo había hecho nadie antes que él.
A menudo en relación con la idea de que la obra de Cristo era esencialmente reveladora está la teoría de que la expiación se debe entender según su influencia moral sobre los humanos. Según esta teoría, el problema humano es que están distanciados de Dios. Han discutido con Dios y creen que Dios está enfadado con ellos. Puede que incluso sientan que Dios los ha tratado mal, enviando a sus vidas males no merecidos; en consecuencia, los humanos pueden considerar a Dios un ser malévolo, en lugar de benevolente. El propósito de la muerte de Cristo fue demostrar la grandeza del amor de Dios: él envió su hijo a morir. Mostrada esta prueba del amor de Dios e impresionados por esta demostración de la profundidad del mismo, los humanos se sienten animados a responderle. Cualquiera que escuche las enseñanzas de Jesús, entienda que su muerte es un signo del gran amor de Dios y responda adecuadamente, experimentará toda la obra de Cristo, una obra que es principalmente reveladora.
Para los que piensan que la obra de Jesús era principalmente reveladora, su mensaje consiste en:
(1) Verdades básicas sobre el Padre, el reino de Dios, y el valor del alma humana.
(2) Las enseñanzas éticas.
Esta concentración en el papel revelador de Cristo descuida sus papeles de rey y sacerdote, y por lo tanto es inaceptable. Los tres papeles van juntos de forma inseparable. Porque si uno examina con detenimiento el contenido de las enseñanzas reveladoras de Jesús, queda claro que muchas de ellas tratan de su propia persona y ministerio, y específicamente tanto de su reino como de la muerte reconciliadora que iba a sufrir. En su juicio, habló de su reino (Jn. 18:36). A lo largo de su ministerio proclamó: “¡Arrepentíos porque el reino de los cielos se ha acercado!” (Mt. 4:17). Él dijo que había venido “para dar su vida en rescate por todos” (Mr. 10:45). Por lo tanto, según el propio punto de vista de Jesús, su función reveladora estaba inextricablemente unida a sus funciones dirigente y reconciliadora. Es cierto que hay algunas enseñanzas de Jesús que no tratan directamente con su reino o con su muerte expiatoria (por ejemplo, la parábola del hijo pródigo habla principalmente del amor del Padre); sin embargo, cuando se toma en cuenta la imagen bíblica general de Jesús, su obra como revelador no se puede separar de su obra como dirigente y reconciliador.
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