La obra intercesora y reconciliadora de Cristo
La Biblia recoge numerosos ejemplos de Jesús intercediendo por sus discípulos mientras estuvo aquí en la tierra. El más amplio es su oración sacerdotal por el grupo (Jn. 17), cuando oró para que tuvieran su gozo completo en sí mismos (v. 13). No oró para que fuera sacados del mundo, sino para que se les mantuviera alejados del mal (v. 15). Rogó para que todos fueran uno (v. 21). Además esta última oración era para aquellos que creían a través de las palabras de los discípulos (v. 20). También con ocasión de la última cena Jesús mencionó específicamente que Satanás deseaba “zarandearos como a trigo” (Lc. 22:31) a Pedro (y aparentemente a los otros discípulos). Sin embargo, Jesús había rogado para que la fe de Pedro no faltase y para que cuando volviera confirmase a sus hermanos (v. 32).
Lo que hizo Jesús por sus seguidores durante su estancia en la tierra, continúa haciéndolo en su presencia celestial ante el Padre. En Romanos 8:33-34 Pablo plantea la pregunta de quién podría condenarnos o acusarnos de algo. Está claro que no puede ser Cristo, porque está sentado a la diestra del Padre, intercediendo por nosotros. En Hebreos 7:25 se nos dice que siempre vive para interceder por aquellos que se acercan a Dios a través de él, y en 9:24 se dice que está en presencia de Dios para nuestro bien.
¿Cuál es el motivo de esta intercesión? Por una parte, es justificadora. Jesús presenta su rectitud ante el Padre para nuestra justificación. También aboga con su rectitud en favor de los creyentes que, aunque han sido justificados previamente, siguen pecando. Y finalmente, parece que, especialmente en ejemplos de su ministerio terrenal, Cristo implora al Padre para que los creyentes sean santificados y se les mantenga alejados del poder de la tentación del mal.
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