Relación entre la naturaleza humana y divina de Cristo: problema teológico y material bíblico

Sabiendo que Jesús fue completamente divino y completamente humano, todavía hay que enfrentarse a una gran cuestión: la relación entre estas dos naturalezas en una sola persona, Jesús. Este es uno de los problemas teológicos más difíciles junto con el de la Trinidad y la relación del libre albedrío del hombre y la soberanía divina. En anteriores apartados hemos explicado ya que la cristología en general es importante porque la encarnación implica cerrar la brecha metafísica, moral y espiritual entre Dios y la raza humana. El cierre de esta brecha depende de la unidad de la deidad y la humanidad en Jesucristo. Porque si Jesús era a la vez Dios y hombre, pero las dos naturalezas no estaban unidas, entonces, aunque sea más pequeña, la brecha sigue existiendo. La separación de Dios y la raza humana sigue siendo una dificultad que no se ha superado. Para que la redención conseguida en la cruz le sirva a la humanidad, debe ser obra del Jesús humano. Pero para tener el valor infinito necesario para expiar por los pecados de todos los seres humanos en relación con un Dios santo y perfectamente infinito, debe ser también la obra del divino Cristo. Si la muerte del Salvador no es la obra de un Dios–hombre unificado, será deficiente en un punto o en otro.

La doctrina de la unificación de lo divino y lo humano en Jesús es difícil de entender porque presupone la combinación de dos naturalezas que por definición tienen atributos contradictorios. Como deidad, Cristo es infinito en conocimiento, poder y presencia. Si es Dios, debe conocer todas las cosas. Puede hacer todas las cosas que son objetos adecuados de su poder. Puede estar en todos los lugares a la vez. Pero, por otra parte, si era humano, tenía conocimientos limitados. No podía hacer todo. Y desde luego estaba limitado a estar en un lugar a un tiempo. Para una persona ser a la vez infinita y finita simultáneamente parece imposible.

El tema se complica más con la relativa escasez del material bíblico con el que se puede trabajar. En la Biblia no tenemos declaraciones directas sobre la relación de las dos naturalezas. Lo que debemos hacer es extraer conclusiones del concepto que Jesús tiene de sí mismo, de sus acciones y de varias declaraciones didácticas sobre él.

A la vista de lo que hemos dicho, será necesario trabajar con particular cuidado y minuciosidad. Tendremos que examinar muy meticulosamente las declaraciones que tenemos, y observar las diferentes maneras en que los distintos teólogos y escuelas de pensamiento han buscado tratar este tema. Aquí el laboratorio histórico de la teología será de particular importancia.

Empecemos por señalar la ausencia de cualquier referencia a la dualidad en el pensamiento, la acción y el propósito de Jesús. En contraste, hay indicaciones de multiplicidad en la Divinidad como conjunto, por ejemplo, en Génesis 1:26: “Entonces dijo [singular] Dios: ‘Hagamos [plural] al hombre a nuestra [plural] imagen.’” Referencias similares, sin un cambio de número, se pueden encontrar en Génesis 3:22 y 11:17. Hay ejemplos de un miembro de la Trinidad dirigiéndose a otro en Salmos 2:7 y 40:7-8, al igual que en las oraciones de Jesús al Padre. No obstante, Jesús siempre habla de sí mismo en singular: esto es particularmente notable en la oración en Juan 17, donde Jesús dice que él y el Padre son uno (vv. 21-22), pero no hace ninguna referencia a ningún tipo de complejidad dentro de sí mismo.

Hay referencias en las Escrituras que aluden tanto a la deidad como a la humanidad de Jesús, sin embargo se refieren claramente sólo a un sujeto. Entre estas están Juan 1:14 (“Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros lleno de gracia y de verdad”); Gálatas 4:4 (“Dios envió a su Hijo nacido de mujer y nacido bajo la Ley”) y 1 Timoteo 3:16 (“Fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en gloria”). El último texto es particularmente significativo, porque se refiere tanto a la encarnación terrenal de Jesús como a su presencia en el cielo antes y después de ella.

Hay otras referencias que se centran en la obra de Jesús de tal manera que dejan claro que esa obra no se debe ni a lo humano ni a lo divino, sino a un sujeto unificado. Por ejemplo, Pablo dice que la obra redentora de Cristo es la de unir a los judíos y a los gentiles y “mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades. Y vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos y a los que estáis cerca, porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre” (Ef. 2:16-18). Y en referencia a la obra de Cristo, Juan dijo: “Pero si alguno ha pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo, el justo. Él es la propiciación por nuestros pecados, y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo” (1 Jn. 2:1-2). Esta obra de Jesús, que asume tanto su humanidad (4:2) como su deidad (4:15; 5:5), es la obra de una persona, a la que se describe en la misma epístola como el Hijo al que el Padre ha enviado como Salvador del mundo (4:14). Mediante todas estas referencias, se tiene a la vista una persona unificada cuyos actos hacen suponer que es divina y humana a la vez

.Además, varios pasajes en los que se denomina a Jesús por uno de sus títulos son bastante reveladores. Por ejemplo, tenemos situaciones en las Escrituras donde un título divino se utiliza para referirse a una actividad humana de Jesús. Pablo dice: “ninguno de los poderosos de este mundo conoció [la sabiduría oculta de Dios], porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de la gloria” (1 Co. 2:8). En Colosenses 1:13-14, Pablo escribe: “Él [el Padre] nos ha librado del poder de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados.” Aquí el estatus de rey del Hijo de Dios está yuxtapuesto con la obra redentora de su crucifixión y resurrección corporal. Al contrario, el título “Hijo del hombre,” que a menudo utilizaba Jesús para referirse a sí mismo durante su ministerio en la tierra, aparece en pasajes que apuntan hacia su estatus celestial; por ejemplo en Juan 3:13: “Nadie subió al cielo sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo.” Una referencia del mismo tipo es Juan 6:62: “¿Pues qué, si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba primero?” Nada en estas referencias contradice la posición de que una persona, Jesucristo, fuera a la vez una persona terrenal y un ser divino preexistente que se encarnó. Ni hay ninguna sugerencia sobre que estas dos naturalezas realizaran su actividad de forma alternativa.

 

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