Constancia
En varios lugares de las Escrituras, se describe a Dios como inalterable. En el Salmo 102, el salmista contrasta la naturaleza de Dios con los cielos y la tierra: “Ellos perecerán, más tú permanecerás;... y serán mudados; pero tú eres el mismo y tus años no se acabarán” (vv. 26-27). El Salmo 33:11 enfatiza la permanencia de los pensamientos de Dios: “El plan de Jehová permanecerá para siempre; los pensamientos de su corazón, por todas las generaciones.” Y el mismo Dios dice que aunque su pueblo se haya apartado de sus leyes “Yo Jehová no cambio” (Mal. 3:6). Santiago dice que en Dios “no hay mudanza ni sombra de variación” (Stgo. 1:17).
La constancia divina implica varios aspectos. Primero, no hay cambio cuantitativo. Dios no puede incrementarse en nada, porque ya es perfecto. Ni puede mermarse, porque si lo hiciera, dejaría de ser Dios. Tampoco existe cambio cualitativo. La naturaleza de Dios no experimenta modificación. Por lo tanto, no cambia de forma de pensar, de planes, de acciones, porque eso está en su naturaleza, que permanece inalterable ocurra lo que ocurra. De hecho, en Números 23:19 el argumento es que como Dios no es humano, sus acciones deben ser inalterables. Es más, las intenciones de Dios al igual que sus planes, son siempre coherentes, simplemente porque su voluntad no cambia. Por lo tanto, Dios siempre es fiel a su pacto con Abraham, por ejemplo. Ha escogido a Abraham y le ha dado su palabra, y no cambiará de forma de pensar ni se volverá atrás en su promesa.
Entonces ¿qué tenemos que hacer con esos pasajes donde Dios parece cambiar de idea o arrepentirse de lo que ha hecho? Estos pasajes se pueden explicar de distintas maneras:
1. Algunos creen que deben entenderse como antropomorfismos y antropopatismos. Simplemente son descripciones de las acciones y sentimientos de Dios en términos humanos y desde una perspectiva humana. Aquí se incluyen las representaciones de Dios cuando parece experimentar dolor o arrepentimiento.
2. Lo que parecen cambios en la forma de pensar pueden ser nuevas etapas en el desarrollo del plan de Dios. Un ejemplo de esto es el ofrecimiento de salvación a los gentiles. Aunque formaba parte del plan original de Dios, representaba un cambio brusco con lo que había ocurrido anteriormente.
3. Algunos cambios de pensamiento aparentes son cambios de orientación que se dan como resultado del cambio de relación de los humanos para con Dios. Dios no cambió cuando Adán pecó; más bien la humanidad cambió y disgustó a Dios. Esto también funciona en el sentido contrario. Tomemos el caso de Nínive. Dios en efecto dijo: “Cuarenta días más y Nínive será destruida, a menos que se arrepientan.” Nínive se arrepintió y fue perdonada. Fueron los humanos los que cambiaron, no el plan de Dios.
Algunas interpretaciones de la doctrina de la constancia divina, expresada como inmutabilidad, proceden de la idea griega de inmovilidad y esterilidad. Esto hace de Dios algo inactivo. Pero el punto de vista bíblico no es el de que Dios sea estático sino estable. Es activo y dinámico, pero de una manera estable y coherente con su naturaleza. De lo que tratamos aquí es de la fiabilidad de Dios. Él será el mismo mañana que hoy. Actuará como prometió. Cumplirá sus compromisos. El creyente puede confiar en eso (Lam. 3:22-23; 1 Jn. 1:9).
En nuestros días, la idea de un dios inmutable ha sido cuestionada por el movimiento conocido como teología del proceso. Su tesis fundamental es que la realidad es un proceso. Esto no quiere decir que todas las cosas estén en proceso. Hay principios de proceso inalterables y formas abstractas también inalterables, pero ser real significa estar en proceso.
Es más, la realidad es orgánica y está interrelacionada. En lugar de considerar los eventos concretos y las entidades por lo que son en sí mismas, debemos pensar en ellas en relación con todo lo que las precede. A pesar de que la independencia a menudo se ha considerado deseable, la teología del proceso se centra en la interdependencia. No se trata únicamente de que lo ideal sea dar supremacía o prioridad a la interdependencia; es una característica ontológica. Es un hecho de la realidad del cual no se puede escapar.
La interdependencia también afecta a Dios. No se debe ver a Dios como un ser de inmutabilidad pasiva y distante. Al contrario, se relaciona con el mundo y se implica con él. La cualidad o atributo primordial de Dios es el amor; es la expresión más completa de su relación con el mundo. Según los teólogos del proceso, Dios ha sido considerado tradicionalmente como impasible: realmente no siente pasión; ama sin pasión. Pero Dios debe ser visto más bien como alguien que responde de forma genuinamente compasiva a los que ama. Esto es lo que se denomina a veces teísmo bipolar. Los dos polos o aspectos de Dios son, según Charles Hartshorne, su esencia abstracta inmutable y su realidad concreta, o en palabras de Alfred North Whitehead, su naturaleza primordial y su naturaleza consecuente. En su realidad concreta (naturaleza consecuente) Dios responde y se ve afectado por los procesos del mundo. Esto pone limitaciones al absolutismo de Dios. La omnisciencia divina significa que en cualquier momento de la vida divina Dios conoce todo lo que es conocible en ese momento dado. Sin embargo, en cualquier momento de la vida de Dios suceden cosas imprevistas en el mundo que sólo se pueden conocer en ese momento. El conocimiento de Dios trata cada nueva decisión y acción que surge en el mundo. Debido a esto, hay que modificar otros conceptos tradicionales sobre Dios. Por ejemplo, la soberanía divina ya no se considera como absoluta. Se debe considerar que los seres humanos toman parte en la determinación del futuro.
¿Cómo responderemos a este reto? Podemos señalar que hay un elemento de validez en la crítica de la teología del proceso sobre alguna ortodoxia clásica. Seguramente, Dios a veces ha sido descrito como estático, sin implicación con el mundo. Nosotros mantenemos que ese no es el punto de vista bíblico.
Pero intentando corregir este error, los teólogos del proceso han reaccionado de forma exagerada. Depender de los procesos del mundo compromete bastante seriamente las dimensiones absolutas o no cualificadas de Dios. Aunque la Biblia describe a Dios como implicado con el mundo, también dice que precede a la creación y que tiene un estatus independiente. La trascendencia genuina, tal como se enseña en la Biblia, excluye el tipo de limitaciones que impone la teología del proceso. Una evaluación más profunda del punto de vista de que Dios es dependiente de los procesos del mundo traería consigo un análisis de la teología del proceso en la que se basa, lo cual iría más allá de nuestro ámbito de interés aquí. Es suficiente con decir que cualquiera que sea el mérito de este punto de vista, no se le puede considerar el punto de vista bíblico.
Existen problemas adicionales. Los teólogos del proceso han reconocido que debe haber aspectos de la realidad que no cambian. Si eso no fuera así, su punto de vista sería contradictorio y por lo tanto falso, ya que la misma filosofía del proceso a la larga quedaría desplazada. Sería considerada relativa. Pero este asunto de los principios inmutables nunca se desarrolla por completo. ¿Cuál es
su estatus? ¿Cómo se relaciona con Dios? Si son principios de realidad que no cambian ¿algo de la naturaleza de Dios no podría ser igualmente atemporal y absoluto?
Aunque la teología del proceso propone ver a Dios como un ser personal, al contrario que el motor inmóvil de la metafísica griega, es cuestionable si esto es realmente así. Dios parece ser poco más que un aspecto de la realidad. En qué sentido es un ser personal que actúa no queda claro. Por lo tanto, aunque hay cierta validez en la objeción de la teoría del proceso a que algunos elementos de la ortodoxia clásica adopten algunos modelos metafísicos griegos, la perspectiva legítima que contiene esa objeción se puede presentar mejor mediante un retrato fiel de la imagen bíblica de Dios. Esto evitará los inconvenientes que acompañan a la teología del proceso.
Recientemente un grupo de teólogos evangélicos que se denominan a sí mismos teístas del libre albedrío han cuestionado varios atributos divinos tradicionales como la inmutabilidad, la eternidad y la precognición, que ellos creen que proceden de la filosofía griega más que de la Biblia. Ellos consideran su punto de vista a medio camino entre la ortodoxia clásica y la teología del proceso. Según su punto de vista, a Dios le afectan genuinamente las acciones humanas y responde a ellas. Los pasajes que hablan de que Dios se arrepiente deben ser tomados literalmente, en lugar de ser considerados antropopatismos; él realmente cambia de forma de pensar. Y aunque Dios es omnisciente, esto significa que sabe todo lo que son objetos adecuados de conocimiento. Las acciones humanas libres no son de este tipo. Si Dios supiera lo que vamos a hacer, esto significaría que esas acciones serían ciertas y no tendríamos opción de hacerlas de otra manera. La certeza de la libertad de un tipo “no determinista” significa que Dios no puede tener ese tipo de precognición. No es un Dios cerrado; es un Dios abierto.
Hay algunas dificultades asociadas a este punto de vista. Por una parte, si Dios no coacciona la acción humana, entonces no hay certeza de que su voluntad se pueda ver finalmente realizada. Es más, los intentos de explicar el fenómeno de la profecía bíblica son bastantes inadecuado a la luz de la detallada naturaleza de algunas profecías. Es interesante ver que, muchos teístas ortodoxos rechazan la visión de Dios que se les atribuye, argumentando que la visión que se describe es en realidad tomismo. Parece que es un punto de vista bastante antropocéntrico, en el cual si la soberanía y la precognición de Dios entran en conflicto con la libertad humana, la primera debe ser redefinida. Una solución preferible al problema sería redefinir la libertad humana. Dios es un gran Dios. Darse cuenta de este hecho, motivó a los escritores bíblicos como los salmistas.
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