Desaprobación divina
Es de resaltar cómo caracteriza la Biblia las relaciones de Dios con el pecado y el pecador. En dos ejemplos en el Antiguo Testamento, se dice que Dios odia al pecador Israel. En Oseas 9:15 Dios dice: “Toda la maldad de ellos fue en Gilgal; allí, pues, les tomé aversión; por la perversidad de sus obras los echaré de mi casa; no los amaré más; todos sus príncipes son desleales.” Desde luego esta es una forma muy fuerte de expresarse porque Dios realmente dice que está empezando a odiar a Israel y que ya no los amará más. Un sentimiento similar se expresa en Jeremías 12:8. En otras dos ocasiones se dice que Dios odia a los malvados (Sal. 5:5; 11:5). Sin embargo, son mucho más frecuentes los pasajes en los que dice que odia la maldad (por ejemplo, Prov. 6:16-17; Zac. 8:17). No obstante el odio no es sólo por parte de Dios porque se describe a los malos como los que odian a Dios (Éx. 20:5; Dt. 7:10) y más comúnmente los que odian la justicia (Sal. 18:40; 69:4; Prov. 29:10). En estos pocos pasajes donde se dice que Dios odia a los malvados, queda claro que lo hace porque ellos le odian a él y han cometido ya actos malvados.
Que Dios favorezca a unos y desapruebe a otros o les muestre ira y que en un momento dado se diga que ama a Israel y en otras que los odia, no es signo de cambio, de incoherencia o de volubilidad en Dios. Su reacción a nuestras obras está determinada por su naturaleza inmutable. Dios ha dejado bastante claro que no puede tolerar ni tolera ciertas cosas. Es parte de su naturaleza santa oponerse categóricamente a las acciones pecadoras. Cuando realizamos tales acciones, nos estamos moviendo en el territorio de la desaprobación de Dios. En el caso de Adán y Eva, el árbol de la ciencia del bien y del mal estaba fuera de sus límites. Se les había informado cuál sería la respuesta de Dios si comían de su fruta. Escogieron, por lo tanto, convertirse en enemigos de Dios, caer en el dominio de su desaprobación.
El Antiguo Testamento con frecuencia describe a los que pecan y violan las leyes de Dios como enemigos de Dios. No obstante la Biblia habla rara vez de Dios como su enemigo (Éx. 23:22; Is. 63:10; Lam. 2:4-5). Ryder Smith comenta: “En el Antiguo Testamento, ‘enemistad’ como odio, aparece rara vez con Dios, pero sí es bastante común que aparezca con el hombre.” Rebelándose contra Dios, es el hombre, no Dios el que rompe la relación.
La enemistad con Dios tuvo graves resultados para Adán y Eva, y eso nos sucederá hoy también siempre que, a pesar de ser conscientes de la ley y de la pena por infringirla, pequemos. En el caso de Adán y Eva, la confianza, el amor, la seguridad y la cercanía fueron reemplazados por el temor, el terror y la evitación de Dios. Mientras antes esperaban ansiosos sus reuniones con Dios, después de la caída no deseaban verle. Se escondieron en un intento de evitarle. Al igual que para Adán y Eva, para cualquiera que crea en el juicio de Dios, la consecuencia del pecado es que Dios llega a ser temido. Ya no es un amigo cercano, sino que se intenta conscientemente evitarle. La situación es como la que tenemos ante los vigilantes de la ley. Si cumplimos la ley, no nos importa ver a un policía. Incluso podemos tener un sentimiento positivo de comodidad cuando vemos un coche de la policía. Nos da sensación de seguridad saber que la protección está a nuestro alcance y que hay alguien ahí para aprehender a los que infringen la ley. Sin embargo, si sabemos que hemos infringido la ley, nuestra actitud es bastante diferente. Nos molesta mucho ver un coche de la policía con las señales luminosas encendidas por nuestro espejo retrovisor. La actividad de la policía no ha cambiado, pero sí ha cambiado nuestra relación con ella. Aunque rara vez se diga que Dios odia a los malvados, en el Antiguo Testamento es normal que se diga que está enojado con ellos. La ira de Dios no debería considerarse como una furia descontrolada o maliciosa. Más bien es indignación ante la injusticia.
Hay varios términos hebreos que expresan la ira de Dios. El término ‘anaph' originariamente significaba “resoplar.” Es una palabra muy concreta y pintoresca, que transmite la idea de una de las expresiones físicas que acompañan a la ira. La forma verbal es poco habitual, pero se utiliza con Dios (Dt. 1:37; Is. 12:1) y su ungido (Sal. 2:12). El nombre es mucho más común y tiene tres significados: fosas nasales, cara e ira. Se utiliza para hablar de la ira de Dios 180 veces, unas cuatro veces más de lo que se utiliza con los humanos. Se describe a Dios iracundo con Israel por haber hecho el becerro de oro mientras Moisés estaba reunido con él en la montaña. El Señor le dijo a Moisés: “Ahora, pues, déjame que se encienda mi ira contra ellos y los consuma; pero de ti yo haré una nación grande.” Moisés respondió: “¿Por qué, Jehová, se encenderá tu furor contra tu pueblo, el que tú sacaste de la tierra de Egipto con gran poder y con mano fuerte?” (Éx. 32:10-11). La ira de Dios se representa como un fuego que consumirá y quemará a los israelitas. Hay muchas otras referencias a la ira de Dios: “Se encendió entonces contra Israel el furor de Jehová, quien los entregó en manos de salteadores que los despojaron” (Jue. 2:14). Jeremías le pidió a Dios que le corrigiera, pero “no con tu furor” (Jer. 10:24). El salmista se alegra de que “por un momento será su ira, pero su favor dura toda la vida” (Sal. 30:5).
Otras dos raíces hebreas, 'charah' y 'yacham', sugieren la idea de calor. El verbo de la primera se traduce con frecuencia por “encender,” como en Salmos 106:40: “Se encendió, por tanto, el furor de Jehová contra su pueblo.” La forma nominal a menudo se traduce como “[ira] feroz” o “fiereza.” La forma nominal de la última raíz se traduce adecuadamente por “ira,” como en “no sea que mi ira salga como fuego, que se encienda y no haya quien la apague a causa de la maldad de vuestras obras” (Jer. 4:4).
En el Nuevo Testamento hay un enfoque particular en la enemistad y el odio de los no creyentes y del mundo contra Dios y su pueblo. Pecar es hacerse enemigo de Dios. En Romanos 8:7 y en Colosenses 1:21, Pablo describe la mente que se centra en la carne como “enemistad contra Dios.” En Santiago 4:4 leemos que “la amistad del mundo es enemistad contra Dios.” Sin embargo, Dios no es enemigo de nadie; ama a todos y no odia a nadie. Amó lo suficiente para enviar a su Hijo a morir por nosotros aunque todavía éramos pecadores y estábamos enemistados con él (Ro. 5:8-10). Personifica lo que ordena. Ama a sus enemigos.
Aunque Dios no es enemigo de los pecadores ni les odia, está claro que siente ira hacia el pecado. Las dos palabras que lo expresan con más claridad son 'thumos' y 'orgē' (“rabia, ira”). En muchos casos no se refieren únicamente a la reacción actual de Dios ante el pecado, sino que sugieren ciertas acciones divinas que van a suceder. En Juan 3:36 por ejemplo, Jesús dice: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él.” Varios pasajes enseñan que aunque la ira de Dios esté en el pecado y sobre los que lo cometen, esta ira se convertirá en acción en algún momento del futuro. Romanos 1:18 enseña que: “la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad.” Romanos 2:5 habla de “atesorar ira” para el día del juicio y Romanos 9:22 señala que Dios, aun “queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción.” La imagen en todos estos pasajes es que la ira de Dios es un asunto muy real y presente, pero no se revelará completamente, ni se manifestará en acción hasta un momento posterior.
Según esto es evidente que Dios mira con desaprobación el pecado, que el pecado le provoca ira, rabia o malestar. No obstante, habría que añadir dos comentarios adicionales:
1. El primero es que la ira no es algo que Dios escoja sentir. Su desaprobación del pecado no es un asunto arbitrario, ya que su misma naturaleza es la santidad; rechaza automáticamente el pecado. Es, como hemos sugerido en algún otro lugar, “alérgico al pecado,” por así decirlo.
2. El segundo comentario es que debemos evitar pensar en la ira de Dios como algo excesivamente emocional. No es como si estuviera bullendo de furia, perdiendo prácticamente el control. Él es paciente y sufrido, y actúa de esa manera. Tampoco hay que pensar que Dios de alguna manera se siente frustrado ante nuestro pecado. Decepción es quizá una manera más adecuada de expresar su reacción.
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