La enseñanza bíblica
En los apartados anteriores hemos examinado cinco puntos de vista diferentes sobre la fuente del pecado. Hemos visto que todas son muy insatisfactorias en uno o más puntos importantes. Por tanto, debemos preguntarnos más a fondo sobre lo que realmente enseña la Biblia sobre el tema. Ciertos aspectos de algunos conceptos que hemos rechazado los encontraremos en la manera en que la Biblia entiende la naturaleza y la causa del pecado. Sin embargo, la posición de las Escrituras es en muchos aspectos muy diferente de todas las demás.
Es importante señalar primero que el pecado no lo causa Dios. Santiago rápidamente rechaza esta idea, que probablemente sería muy atractiva para algunos. “Cuando alguno es tentado no diga que es tentado de parte de Dios, porque Dios no puede ser tentado por el mal ni él tienta a nadie” (Stgo. 1:13). Ni se fomenta la idea de que el pecado inevitablemente sea resultado de la estructura misma de la realidad. Más bien la responsabilidad del pecado se atribuye directamente a los humanos: “cada uno es tentado, cuando de su propia pasión es atraído y seducido. Entonces la pasión, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte” (Stgo. 1:14-15). Analizando este y otros pasajes, tanto didácticos como narrativos, podemos determinar lo que la Biblia nos enseña que es la base del pecado.
Los hombres tienen ciertos deseos. Estos, en sí, son legítimos. En muchos casos su satisfacción es indispensable para la supervivencia del individuo o de la raza. Por ejemplo, el hambre es el deseo de comida. Sin la satisfacción de este deseo o impulso, nos moriríamos de hambre. De forma similar el impulso sexual busca la gratificación. Si no se satisficiera, no habría reproducción humana y no se conservaría la raza humana. Sin intentar tratar aquí el tema de lo apropiado de comer por disfrute y de tener sexo por placer, podemos afirmar que estos impulsos nos los ha dado Dios, y que hay situaciones en las que su satisfacción no sólo es permisible, sino que incluso podría ser obligatoria.
Además, señalamos la capacidad humana. Los humanos son capaces de escoger entre alternativas, incluyendo opciones que no están presentes inmediatamente. Sólo ellos de entre todas las criaturas son capaces de trascender sus lugares en el tiempo y el espacio. A través de la memoria pueden revivir el pasado y aceptarlo o repudiarlo. Mediante la anticipación pueden imaginar versiones diferentes del futuro y elegir entre ellas. Con su imaginación pueden imaginarse que están en otro lugar geográfico. Pueden imaginar que son otras personas distintas, que ocupan una posición diferente en la sociedad, que están casados con una pareja distinta. Por lo tanto, no sólo podemos desear lo que tenemos realmente a nuestra disposición, sino también lo que no es adecuado o legítimo. Esta capacidad amplía mucho las posibilidades de actos o pensamientos pecaminosos.
Algunos deseos naturales, aunque sean buenos en sí mismos, son áreas potenciales de tentación y pecado:
1. El deseo de disfrutar de las cosas. Dios ha implantado ciertas necesidades en cada uno de nosotros. No sólo es esencial la satisfacción de esas necesidades, sino que además puede producir gozo. Por ejemplo, la necesidad de comida y bebida debe satisfacerse porque la vida es imposible sin ellas. Al mismo tiempo se puede desear legítimamente comer y beber como medio de disfrute. Sin embargo, cuando se come o bebe por el único placer de consumir, y excediendo lo que es necesario, se está cometiendo el pecado de la glotonería. El impulso sexual, aunque no es necesario para preservar la vida del individuo, es indispensable para sostener y continuar la raza humana. Podemos legítimamente desear la satisfacción de este impulso porque es esencial y también porque nos proporciona placer. Sin embargo, cuando el impulso se gratifica de manera que trasciende los límites naturales y adecuados, se convierte en la base del pecado. Cualquier satisfacción impropia de un deseo natural es un ejemplo de “los malos deseos del cuerpo” (1 Jn. 2:16 NVI).
2. El deseo de obtener cosas. Existe un papel en la economía de Dios para obtener posesiones. Está implícito en el mandamiento de ejercer potestad sobre el mundo (Gn. 1:28) y, por ejemplo, en las parábolas de mayordomía (Mt. 25:14-30). Además las posesiones materiales se consideran incentivos legítimos para animar la laboriosidad. Sin embargo, cuando el deseo de adquirir cosas materiales es tan irresistible que se satisface a cualquier precio, incluso explotando o robando a otros, entonces ha degenerado en “la codicia de los ojos” (1 Jn. 2:16 NVI).
3. El deseo de hacer cosas, de conseguir. Las parábolas de mayordomía también ejemplifican este deseo como algo natural y apropiado. Es parte de lo que Dios espera de la humanidad. Cuando traspasa los límites adecuados y se persigue a costa de otros humanos, ha degenerado en “la arrogancia de la vida” (1 Jn. 2:16).
Hay maneras adecuadas de satisfacer cada uno de estos deseos, y también hay límites impuestos por Dios. No ser capaces de aceptar estos deseos tal como han sido constituidos por Dios y en consecuencia de someterse al control divino es pecado. En esos casos, no se ven los deseos en el contexto de su origen divino y como medios para el fin de complacer a Dios, sino como fines en sí mismos.
En las tentaciones de Jesús, Satanás apelaba a sus deseos legítimos. Los deseos que Satanás impulsaba a Jesús a satisfacer no eran malos per se. Lo que era malo era el momento y el modo en que se sugería que debían ser satisfechos. Jesús había ayunado durante cuarenta días y sus noches y por lo tanto tenía hambre. Era una necesidad natural que tenía que satisfacerse para conservar la vida. Era correcto que Jesús se alimentase, pero no de una manera milagrosa y no antes de que se cumpliera su prueba. Era adecuado que Jesús sintiese necesidad de descender del pináculo del templo, pero no era necesario requerir una demostración de poder del Padre. Era correcto que Jesús reclamase para sí todos los reinos de la tierra, porque eran suyos. Él los había creado (Jn. 1:3) e incluso ahora los mantiene (Col. 1:17). Pero no era adecuado intentar reclamarlos alabando al caudillo de las fuerzas del mal.
A menudo la tentación implica una influencia externa. Eso fue así en el caso de Jesús. En el caso de Adán y Eva, la serpiente no sugirió directamente que comieran del árbol prohibido. En su lugar lo que hizo fue plantear la cuestión de si el fruto de todos los árboles estaba fuera de sus límites. Después afirmo: “No moriréis.... [sino que] seréis como Dios” (Gn. 3:4-5). Aunque el deseo de comer del fruto prohibido o de ser como Dios puede haber estado presente de forma natural, también hubo una influencia externa de origen satánico. En algunos casos son otros hombres los que tientan a sobrepasar los límites de comportamiento impuestos por Dios. Sin embargo, al final el pecado es elección de la persona que lo comete. El deseo de hacer lo que se hace puede estar presente de forma natural, y también puede haber influencias externas. Pero es el individuo el que es finalmente responsable. Adán y Eva eligieron actuar ante el impulso y la sugerencia; Jesús escogió no hacerlo.
Por supuesto, además del deseo natural y de la tentación, debe haber también una ocasión para pecar. Inicialmente Adán no podía ser tentado para que fuera infiel a su esposa, ni Eva podía estar celosa de otras mujeres. Para los que vivimos después de la caída y no somos Jesús, existe un factor que complica más las cosas. Hay algo llamado “la carne,” que influye mucho en lo que hacemos. Pablo habla de ello en numerosos pasajes, por ejemplo en Romanos 7:18: “Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo.” En Gálatas 5:16-24 habla vivamente de la oposición entre la carne y el Espíritu, y de las obras de la carne, que constituyen todo un catálogo de males. Por “carne” Pablo no entiende la naturaleza física del ser humano. No hay nada que sea inherentemente malo en la constitución corporal humana. Más bien, el término designa la vida centrada en uno mismo, la negación o el rechazo de Dios. Esto es algo que ha llegado a formar parte de la naturaleza humana: una tendencia o inclinación hacia el pecado y a separarse de la voluntad de Dios. Según esto, ahora somos menos capaces de escoger el bien de lo que fueron en su momento Adán y Eva. Incluso es concebible que los deseos humanos naturales, que son buenos en sí mismos, hayan sufrido alteración.
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