La relación entre la doctrina del pecado y otras doctrinas

La doctrina del pecado es muy importante y muy controvertida. Es importante porque afecta y recibe la influencia de muchas otras áreas de la doctrina. Nuestro punto de vista sobre la naturaleza de Dios influye en nuestra manera de entender el pecado. Si Dios es un ser muy alto, puro y exigente que espera que los humanos sean como él, entonces la más pequeña desviación del estándar ideal es pecado y la condición humana se encuentra en una situación muy seria. Si, por otra parte, Dios mismo es bastante imperfecto, o es indulgente, del tipo parecido a un abuelo quizá un poco senil que no es consciente de muchas cosas que pasan, entonces la condición humana no es tan seria. Por tanto, en un sentido real nuestra doctrina del pecado reflejará nuestra doctrina de Dios.

Nuestra manera de entender la humanidad también afecta a nuestra manera de entender el pecado. Si fuimos creados para reflejar la naturaleza de Dios, el hombre no debe ser comparado con otros hombres, sino con los estándares divinos. Todo lo que no sea alcanzar ese nivel es pecado. Si los humanos son seres libres, o sea, que no están determinados simplemente por fuerzas de la naturaleza, entonces son responsables de sus acciones, y sus debilidades serán tratadas con más severidad que si una fuerza determinante controlara o limitara fuertemente la capacidad de escoger y actuar.

Nuestra doctrina de la salvación se verá fuertemente influenciada por nuestra forma de entender el pecado. Porque si un humano es básicamente bueno, con su capacidad intelectual y moral esencialmente intacta, cualquier problema con respecto a Dios será relativamente menor. Cualquier dificultad puede ser un asunto de ignorancia, una falta de conocimiento sobre lo que debe hacer o cómo debe hacerlo. En ese caso, la educación resolverá el problema; puede que todo lo que se necesite sea un buen modelo o ejemplo: Por otra parte, si los humanos son corruptos o rebeldes, y por lo tanto no pueden o no quieren hacer lo correcto, se necesitará un cambio más radical en la persona. Por lo tanto, cuanto más severa sea nuestra concepción del pecado, más sobrenatural será la salvación que necesitemos.

Nuestra forma de entender el pecado también es importante porque tiene un efecto destacado en nuestro punto de vista sobre la naturaleza y el estilo de nuestro ministerio. Si se considera que los hombres son básicamente buenos e inclinados a hacer lo que Dios desea y pretende de ellos, el mensaje y el enfoque central del ministerio serán positivos y afirmativos, animando a las personas a que den lo mejor de sí mismas, a que continúen en la dirección actual. Si, por otra parte, se considera que las personas son radicalmente pecadoras, se les dirá que se arrepientan y nazcan de nuevo. En el primer caso apelar a la justicia, amabilidad y a la generosidad se consideraría suficiente. En el segundo caso, cualquiera que no estuviese convertido sería considerado básicamente egoísta e incluso deshonesto.

Nuestro enfoque de los problemas de la sociedad también estará gobernado por nuestra forma de ver el pecado. Por una parte, si pensamos que la humanidad es básicamente buena, o como mucho, moralmente neutral, consideraremos que los problemas de la sociedad surgen de un medio ambiente nocivo. Si se altera el medio ambiente, se producirán cambios en los individuos y en su comportamiento. Si, por otra parte, los problemas de la sociedad tienen sus raíces en las mentes y voluntades pervertidas de los hombres, la naturaleza de estos individuos tendrá que ser alterada, o seguirá infectando al conjunto.

Por otra parte, ¿es posible identificar la esencia del pecado? Los pecados se caracterizan de forma variada en la Biblia como desconfianza, rebelión, perversidad, errar. Pero ¿qué es el pecado?

Un elemento común a todas estas formas variadas de caracterizar el pecado es la idea de que el pecador no ha cumplido la ley de Dios. Hay varias maneras de fracasar en el intento de alcanzar su estándar de rectitud. Podemos ir más allá de los límites impuestos, o “transgredirlos.” Podemos simplemente quedarnos cortos, o no hacer en absoluto lo que Dios nos manda hacer o espera que hagamos. O puede que hagamos lo correcto, pero por una razón incorrecta, y de esa manera cumplir la letra de la ley, pero no su espíritu.

En el Antiguo Testamento, el pecado, en gran parte, es un asunto de acciones externas o de falta de conformidad externa a los requerimientos de Dios. Los pensamientos y motivos internos no se ignoran completamente en la concepción del Antiguo Testamento, pero en el Nuevo Testamento se hacen especialmente importantes, convirtiéndose en casi tan importantes como las acciones. Así Jesús condenó la ira y la lujuria con igual vehemencia que el asesinato y el adulterio (Mt. 5:21-22, 27-28). También condenó los actos externos buenos hechos principalmente por deseo de obtener la aprobación de los humanos y no de complacer a Dios (Mt. 6:2, 5, 16).

Sin embargo el pecado no son únicamente actos y pensamientos equivocados, sino también pecaminosidad, una disposición interna inherente que nos inclina hacia los actos y pensamientos equivocados. No somos pecadores simplemente porque pecamos; pecamos porque somos pecadores.

Ofrecemos, pues, esta definición de pecado: “El pecado es cualquier falta de conformidad, activa o pasiva, con la ley moral de Dios. Puede ser un acto o un pensamiento, o una disposición o estado interno.” El pecado es la incapacidad para vivir según Dios espera de nosotros, en acto, pensamiento y ser. 

 

La dificultad de hablar y discutir sobre el pecado

Por importante que sea la doctrina del pecado, no es un tema fácil de discutir en nuestros días, por varias razones. Una es que el pecado, como la muerte, es un tema desagradable. No nos gusta pensar en nosotros como personas malas o malvadas. Sin embargo, la doctrina del pecado nos dice que eso es lo que somos por naturaleza. Nuestra sociedad enfatiza tener una actitud mental positiva. Se insiste en acentuar sólo las ideas y las consideraciones positivas, las posibilidades y logros humanos. Hablar de los hombres como pecadores es como gritar una blasfemia o una obscenidad en una reunión muy formal, digna y distinguida, o incluso en una iglesia. Está prohibido. Esta actitud general es casi un nuevo tipo de legalismo, cuya mayor prohibición podría ser: “No dirás nada negativo.”

Otra razón por la que es difícil discutir sobre el pecado es porque para mucha gente este es un concepto que les resulta ajeno. Echándole la culpa de los problemas de la sociedad a un medio ambiente nocivo y no a los humanos pecadores, en ciertos círculos se ha hecho bastante poco común el sentimiento de culpabilidad objetiva. En parte gracias a la influencia de Freud, se entiende la culpa como un sentimiento irracional que no se debería tener. Sin un punto de referencia teísta trascendente, no hay nadie más que uno mismo y los demás seres humanos ante los que ser responsable y dar cuentas. Por tanto, si nuestras acciones no hacen daño a los humanos, no hay razón para sentirse culpable.

Además, mucha gente es incapaz de captar el concepto de pecado como fuerza interior, como condición inherente, como poder controlador. La gente hoy en día piensa más en términos de pecados, esto es, actos individuales equivocados. Los pecados son algo externo y concreto, que se pueden separar lógicamente de la persona. Según esto, alguien que no haya hecho nada malo (normalmente se piensa en un acto externo), se considera que es bueno.