El mal como acompañamiento necesario de la creación de la humanidad
Hay algunas cosas que Dios no puede hacer. Dios no puede ser cruel, porque la crueldad va en contra de su naturaleza. No puede mentir. No puede romper su promesa (ver atributos morales de Dios). Hay otras cosas que Dios no puede hacer sin que se produzcan ciertos resultados inevitables. Por ejemplo, Dios no puede hacer un círculo, un verdadero círculo sin que todos los puntos de la circunferencia estén equidistantes del centro. De forma similar, Dios no puede hacer a un humano sin unas características particulares.
Los humanos no serían genuinamente humanos sin el libre albedrío. Esto ha dado lugar al argumento de que Dios no puede crear un ser genuinamente libre y al mismo tiempo garantizar que este ser siempre hará exactamente lo que Dios quiere que haga. Esta visión de la libertad ha sido criticada por algunos filósofos y teólogos. Sin embargo, observemos que si los humanos son libres en el sentido que dicen los arminianos (libertad no compatibilista) o libres en un sentido no incoherente con que Dios haya garantizado lo que tiene que pasar (libertad compatibilista), que Dios haya hecho a los humanos según su propósito significa que tienen ciertas capacidades (por ejemplo, la capacidad de desear y actuar) que ellos no podrían ejercitar en su totalidad si no existiese algo como el mal. Para que Dios impidiese el mal tendría que haber creado una humanidad distinta a la existente. La humanidad genuina requiere la habilidad de desear tener y hacer cosas que estén en contra de la intención de Dios. Aparentemente Dios creyó que, por razones evidentes para él, pero que nosotros sólo podemos entender en parte, era mejor hacer humanos que androides. Y el mal era un complemento necesario del buen plan de Dios para hacer que la gente fuera completamente humana.
Otra dimensión de esta perspectiva es que para que Dios hiciera el mundo físico tal y como es se requieren ciertas concomitancias. Aparentemente, para que los humanos tuvieran una elección moral genuina con la posibilidad de un castigo genuino por desobediencia tenía que hacerlos mortales. Además, el sostenimiento de la vida requiere condiciones que podrían conducir a la muerte. Así por ejemplo, la misma agua que necesitamos para la vida, en algunas ocasiones puede entrar en nuestros pulmones, cortar nuestro suministro de oxígeno y hacer que nos ahoguemos. De forma similar, un cierto grado de calor es necesario para mantener la vida. Pero bajo ciertas condiciones, el mismo fuego que nos calienta puede matarnos. Es más, ese fuego no podría haber empezado sin oxígeno, que es vital también para nuestra vida. La habilidad del agua, el fuego y el oxígeno para sostener la vida significa que también pueden provocar la muerte.
Si Dios fuera a tener un mundo en el que hubiera una auténtica elección moral y un castigo genuino por la desobediencia y al final la muerte, debería haber señales de aviso de intensidad suficiente que nos hicieran cambiar nuestro comportamiento. Y esta señal, dolor, es de tal naturaleza que puede convertirse en un mal considerable en ciertas circunstancias. Pero ¿no podría haber creado Dios el mundo de tal manera que las malas intenciones o los resultados malvados no sucedieran, o no podría intervenir para alterar el curso de los acontecimientos? Por ejemplo, un martillo podría ser sólido y firme cuando se utilizara para clavar clavos, pero esponjoso y elástico cuando alguien intentara utilizarlo para apalear a alguien hasta matarlo. Pero en un mundo así, la vida sería prácticamente imposible. Nuestro ambiente sería tan impredecible que ninguna planificación inteligente sería posible. Por lo tanto, Dios ha creado de tal manera que lo bueno de su mundo puede convertirse en malo cuando nosotros lo usamos mal o algo sale mal en la creación.
En este punto alguien podría plantear la cuestión: “Si Dios no pudo crear un mundo sin la posibilidad del mal, ¿por qué creó? O ¿por qué no creó un mundo sin seres humanos?” En cierto sentido, no podemos responder a esa cuestión ya que no somos Dios, pero es apropiado señalar aquí que evidentemente era mejor crear que no crear para lo que Dios pretende conseguir al final. Y era mejor crear seres capaces de estar en comunión con él y obedecerle, aunque sufrieran tentaciones de hacer lo contrario, que hacer otra cosa. Evidentemente esto era un bien mayor que el colocar a los humanos en un ambiente totalmente antiséptico en el que incluso la posibilidad lógica de desear cualquier cosa contraria a la voluntad de Dios quedara excluida.
Pero ¿por qué no erradica Dios el mal ahora? Quizá la única forma de erradicar el mal ahora sería destruir todo agente moral con voluntad capaz de inducir al mal. Pero ¿quién de nosotros puede presentar una perfección tal como para decir que no contribuimos al mal en este mundo, ya sea por comisión o por omisión, de palabra, de obra o de pensamiento? Esta erradicación del mal podría significar el exterminio de la raza humana. No será suficiente con que él erradique sólo lo que nosotros consideramos como malo, o lo que queremos que sea eliminado, sino todo lo que es realmente malo. Sin embargo, Dios ha prometido que nunca volverá a aniquilar la raza humana en su totalidad (Gn. 6-7). Y no puede volverse atrás en sus promesas.
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