La continuación de la vida cristiana

La obra del Espíritu no finaliza al hacerse uno creyente. Al contrario, eso es sólo el comienzo. Él realiza otros papeles a lo largo de la vida cristiana.

Uno de los papeles del Espíritu es el de capacitar. Jesús probablemente dejó a sus discípulos atónitos cuando dijo: “De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él también las hará; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre” (Jn. 14:12). Estas obras mayores dependían aparentemente tanto de que él se fuera como de la venida del Espíritu Santo, ya que ambas cosas estabas estrechamente ligadas. Como los apóstoles estaban evidentemente apenados ante la idea de la partida de Jesús, este les dijo: “Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Consolador no vendrá a vosotros; pero si me voy, os lo enviaré” (Jn. 16:7). Probablemente a los discípulos, que ahora eran mucho más conscientes de sus debilidades y deficiencias, les parecía increíble que fueran capaces de hacer obras mayores que las que había realizado el Maestro. Sin embargo, Pedro predicó el domingo de Pentecostés y trescientos creyeron. Que se sepa, ni siquiera Jesús tuvo nunca ese tipo de respuesta. ¡Quizá no reunió a tantos convertidos auténticos en todo su ministerio! Sin embargo, la clave del éxito de los discípulos no estaba en sus habilidades y fortalezas. Jesús les había dicho que esperaran la venida del Espíritu Santo (Hch. 1:4-5), que les daría el poder que les había prometido, la habilidad para hacer las cosas que había predicho: “pero recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra” (v. 8). Esto les permitió tener éxito en su tarea en aquel tiempo, y es un recurso que todavía está a disposición de todos los cristianos que desean servir al Señor.

Otro elemento de la promesa de Jesús era que el Espíritu Santo viviría en el creyente y lo iluminaría: “Y yo rogaré al Padre y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce; pero vosotros lo conocéis, porque vive con vosotros y estará en vosotros” (Jn. 14:16-17). Jesús había sido un maestro y un líder, pero su influencia fue la de la palabra y el ejemplo. Sin embargo, el Espíritu puede afectarnos con más intensidad porque, al vivir en nosotros, puede llegar al centro mismo de nuestro pensamiento y de nuestras emociones, y conducirnos a la verdad plena, como prometió Jesús. Incluso el nombre utilizado para el Espíritu en este contexto sugiere este papel: “Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad, porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oiga y os hará saber las cosas que habrán de venir. Él me glorificará, porque tomará de lo mío y os lo hará saber” (Jn. 16:13-14).

El Espíritu evidentemente tiene un papel educador. Al principio en ese mismo discurso leemos que les recuerda y aclara las palabras que Jesús les dijo: “Pero el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Jn. 14:26). Jesús también promete: “Pero cuando venga el Consolador, quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí” (Jn. 15:26). Este ministerio del Espíritu Santo no fue únicamente para esa primera generación de discípulos, también ayuda a los creyentes de hoy en día a entender las Escrituras. Iluminarnos es un papel del que se ocupa el Espíritu porque Jesús ahora está encargado permanentemente de otras funciones que se mencionan en este mismo pasaje (por ejemplo, preparando un lugar para los creyentes [14:2-3]).

Otro punto de interés particular es la obra intercesora del Espíritu Santo. Estamos familiarizados con la intercesión de Jesús, como sumo sacerdote, a nuestro favor. Pablo también habla de una oración intercesora similar mediante el Espíritu Santo: “De igual manera, el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad, pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. Pero el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos” (Ro. 8:26-27). Por lo tanto los creyentes tienen la seguridad de que cuando ellos no saben cómo orar, el Espíritu Santo sabiamente intercede por ellos para que se haga la voluntad de Dios.

El Espíritu Santo también trae la santificación en la vida del creyente. Por santificación queremos decir la continua transformación del carácter moral y espiritual de manera que la vida del creyente refleje realmente la posición que ya tiene a los ojos de Dios. Aunque la justificación es el acto instantáneo de otorgar una posición justa ante Dios, la santificación es el proceso que hace que una persona llegue a ser santa o buena. Al principio de Romanos 8, Pablo habla sobre esta obra del Espíritu Santo. El Espíritu nos ha liberado de la ley (v. 2). De ahora en adelante los creyentes ya no caminan y viven conforme a la carne, su antigua naturaleza, sino al Espíritu (v. 4), teniendo sus mentes puestas en las cosas del Espíritu (v. 5). Los cristianos viven según el Espíritu (v. 9) y el Espíritu vive en ellos, un pensamiento que se repite tres veces (vv. 9, 11 dos veces). Cuando el Espíritu vive en los creyentes, les guía y les conduce, y las obras de la carne mueren (v. 13). Todos los que son “guiados por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios” (v. 14). El Espíritu obra ahora dándoles vida, dando testimonio de que son hijos y no esclavos, y por lo tanto evidenciando claramente que están realmente en Cristo (vv. 15-17).

La vida en el Espíritu es lo que Dios quiere para todo cristiano. Pablo en Gálatas 5 contrasta la vida en el Espíritu con la vida de la carne. Instruye a sus lectores para que caminen con el Espíritu en lugar de satisfacer los deseos de la carne (v. 16). Si siguen esa pauta, el Espíritu les proporcionará una serie de cualidades a las que en conjunto se denomina “fruto del espíritu” (v. 22). Pablo enumera estas cualidades: “Pero el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (vv. 22-23). Los seres humanos no pueden tener estas cualidades en su totalidad sin ayuda. Son una obra sobrenatural. Se oponen a las obras de la carne –una lista de pecados que encontramos en los versículos 19-21– al igual que el Espíritu se opone a la carne. Por lo tanto, la obra del Espíritu Santo en la santificación no es únicamente el negativo de la mortificación de la carne (Ro. 8:13), sino también la producción de una semejanza positiva con Cristo.

El Espíritu también ofrece ciertos dones especiales a los creyentes dentro del cuerpo de Cristo. En los escritos de Pablo hay tres listas diferentes de tales dones; también hay una más breve en 1 Pedro. En relación con estas listas hay que hacer ciertas observaciones:

1. Mientras todas hacen referencia a los dones del Espíritu, su orientación básica es distinta. Efesios 4:11 realmente es una lista de varios oficios en la iglesia, o de personas que son dones de Dios para la iglesia. Romanos 12:6-8 y 1 Pedro 4:11 catalogan varias funciones básicas que se realizan en la iglesia. La lista de 1 Corintios es más un asunto de habilidades especiales. Es probable que cuando estos pasajes hablan de “dones del Espíritu”, tengan distintas cosas en mente. Por tanto no se debería intentar reducir estas expresiones a un concepto o definición unitario.

2. No queda claro si estos dones se conceden desde el nacimiento, son capacitaciones especiales que se consiguen en un momento posterior o se trata de una combinación de ambas cosas.

3. Algunos dones, como el de fe y el de servicio, son cualidades o actividades que se espera que tengan todos los cristianos; en tales casos es probable que el escritor tuviera en mente una capacidad extraordinaria en lo que se refiere a esa área.

4. Como ninguna de las cuatro listas incluye todos los dones de las otras, es posible que colectivamente no supongan el conjunto total de dones del Espíritu posibles. Por lo tanto, estas listas individual y colectivamente, son ilustrativas de los distintos dones con los que Dios ha dotado a su iglesia.

También es importante en este momento señalar algunas observaciones que Pablo hace sobre la naturaleza de los dones y la manera en que tienen que ser ejercidos. Estas observaciones aparecen en 1 Corintios 12 y 14.

(1) Los dones se conceden al cuerpo (la iglesia). Son para la edificación de todo el cuerpo, no sólo para el disfrute o enriquecimiento de los miembros que los poseen (12:7, 14:5, 12).

(2) Ninguna persona tiene todos los dones (12:14-21), ni hay un don que se le conceda a todas las personas (12:28-30). En consecuencia, los miembros de la iglesia se necesitan unos a otros.

(3) Aunque no todos sean igual de llamativos, todos los dones son importantes (12:22-26).

(4) El Espíritu Santo concede los distintos dones a quien quiere y como quiere (12:11).

 

Los dones del Espíritu

Romanos 12:6-8

Profecía

Servicio

Enseñanza

Exhortación

Generosidad

Solicitud

Misericordia

1 Corintios 12:4-11

Sabiduría

Conocimiento

Fe

Sanidad

Hacer milagros

Discernimiento de espíritus

Interpretación de lenguas

Efesios 4:11

Apóstoles

Profetas

Evangelistas

Pastores y maestros

1 Pedro 4:11

Hablar

Ministrar