Teología católica romana

Es difícil caracterizar el pensamiento católico romano actual sobre cualquier tema porque, aunque hubo un tiempo en el que la posición católico romana oficial era uniforme en la mayoría de los temas, ahora parece que sólo existe una gran diversidad. Todavía se mantienen criterios doctrinales oficiales, pero ahora se complementan, y en algunos casos parecen contradecirse, con declaraciones posteriores. Entre estas declaraciones posteriores tenemos las conclusiones del Concilio Vaticano segundo y las opiniones publicadas por estudiosos católicos individuales. Es necesario ver algunas de estas declaraciones en el la relación con el contexto tradicional de la iglesia.

La posición católica oficial durante mucho tiempo ha sido que la iglesia es el único canal de la gracia de Dios. Esta gracia se transmite mediante los sacramentos de la iglesia. Los que están fuera de la iglesia oficial y organizada no pueden recibirla. Básico a este punto de vista tradicional es una distinción clara entre naturaleza y gracia. La naturaleza en la humanidad consta de dos partes: una capacidad pasiva para la gracia y un deseo o anhelo de gracia. Los humanos, sin embargo, son bastante incapaces de satisfacer estos aspectos de su naturaleza mediante sus propios logros. Eso requiere la gracia de Dios, que se entiende que es la vida divina impartida a la humanidad por Dios.

Esta posición tradicional se ha modificado en varios puntos. Uno de ellos afecta al concepto de la naturaleza humana. Aquí Karl Rahner ha hecho uno de los trabajos más impresionantes. Describiendo la humanidad tal como es aparte de la iglesia y sus sacramentos, Rahner habla de “lo existencial sobrenatural”. Con esto se refiere no sólo a que los seres humanos tengan dentro de ellos el potencial para conocer a Dios, sino que ese potencial ya está siendo ejercitado activamente. No se puede estar totalmente apartado de la gracia. La gracia está presente incluso dentro de la naturaleza misma.

En sus discusiones sobre religiones no cristianas el Concilio Vaticano segundo parecía permitir que la gracia estuviera presente en la naturaleza. Destacaba el origen y el destino común de todos los humanos. Las distintas religiones representan las diversas perspectivas sobre el mismo misterio de la vida. La gracia de Dios se encuentra en todas ellas, aunque en diferentes grados. Según esto, a los católicos se les instruye para “reconocer, conservar y promover las bondades espirituales y morales” que encuentran entre los seguidores de otras religiones.

¿La presencia de gracia en la naturaleza significa que hay gracia aparte de la iglesia y fuera de ella? Este es el dilema al que se enfrenta la iglesia. ¿El mandamiento de Dios obligando a los humanos a conocerle no implica que hay alguna manera mediante la cual podemos llegar a conocerle? La respuesta general del catolicismo contemporáneo ha sido tanto la de afirmar que todas las personas pueden conocer a Dios como la de continuar insistiendo en la exclusividad del papel de la iglesia en la salvación. Esta respuesta ha requerido un concepto más amplio de la iglesia y de su membresía.

La posición tradicional de la iglesia católica ha sido la de que la unión con la iglesia es necesaria para la salvación, porque la iglesia posee los medios para la salvación. Si la verdadera unión no es posible, Dios aceptará en su lugar un deseo sincero de tener esa unión. Aunque la verdadera unión con la iglesia no es indispensable, la separación completa no es aceptable. Yves Congar en efecto argumenta a favor de que existan grados de membresía en la iglesia. Mientras que la mayoría de la raza humana no tiene una conexión visible y oficial con la iglesia, no obstante existe lo que se llama la membresía invisible. Dondequiera que haya salvación, ahí está también la iglesia. Esto invierte la fórmula tradicional según la cual la presencia de la iglesia materializa la salvación.

El Concilio Vaticano segundo adoptó una postura similar a la de Congar: el pueblo de Dios no está limitado a la iglesia jerárquica visible. El pueblo de Dios está dividido en tres categorías según el grado de implicación en la iglesia:

1. Católicos que están “incorporados” en la iglesia.

2. Cristianos no católicos, que están “vinculados” a la iglesia. Aunque su situación no es tan segura como la de los católicos romanos, tienen iglesias genuinas y no están separados completamente de Dios.

3. No cristianos que están “relacionados” con la iglesia.

El tercer grupo incluye a los que Rahner denomina “cristianos anónimos”. El hecho de que la gente esté fuera de la iglesia católica visible (o cualquier iglesia cristiana) no significa que estén separados de la gracia de Dios. Cristo murió también por ellos, y no deberíamos negar esta gracia. Los conceptos de grados de membresía y cristianos anónimos han permitido a la iglesia garantizar la posibilidad de la gracia sin sus sacramentos y al mismo tiempo mantener su autoridad.

También se ha discutido en la iglesia sobre la naturaleza de la salvación. Ha habido una mayor apertura hacia el concepto clásico protestante de la justificación. A este respecto, la obra de Hans Küng sobre la teología de Karl Barth ha sido particularmente significativa. En el pasado, el catolicismo mezclaba lo que los protestantes denominaban justificación y santificación en un solo concepto, la gracia santificante. Sin embargo, Küng habla de aspectos objetivos y subjetivos de la justificación. El primero se corresponde con lo que los protestantes normalmente denominan justificación. En este aspecto de la salvación el humano es pasivo y Dios es activo. El último se corresponde aproximadamente con lo que los protestantes suelen denominar santificación; aquí el hombre es activo. Küng observa que Barth resalta el primero mientras que el Concilio de Trento resalta el segundo. No obstante, no existe conflicto entre Barth y Trento. Además de con el concepto protestante de justificación, la iglesia católica se ha hecho más tolerante también con la interpretación que Lutero hacía de la gracia.

Resumiendo: la iglesia católica en estos últimos años ha estado más abierta a la posibilidad de que alguien que no pertenezca a la iglesia visible, y quizá alguien que no afirme en absoluto ser cristiano, pueda ser receptor de gracia. Como resultado de esto, el entendimiento católico de la salvación en cierto modo se ha hecho más amplio que el concepto tradicional. Además, el entendimiento actual incluye dimensiones que normalmente se han asociado al protestantismo.

 

El medio de la salvación desde el punto de vista sacramental

Probablemente la expresión más clara y completa de este punto de vista sea la del catolicismo romano tradicional, que resume sucintamente Joseph Pohle:

"La justificación del pecador... normalmente no es un proceso o una serie de actos meramente internos e invisibles, sino que requiere la utilización de los signos visibles externos instituidos por Jesucristo, que o bien confieren la gracia o la aumentan. A esos medios visibles de gracia se les denomina sacramentos".

En este breve párrafo se señalan varias características importantes de los sacramentos. Estos actos son necesarios para la justificación del pecador. La justificación no es un hecho meramente interno e invisible (un suceso puramente espiritual), sino que depende y necesita de ritos externos particulares. Estos ritos son auténticos medios de gracia. Simbolizan los cambios que se producen en el individuo, pero no son meros símbolos. Realmente producen o comunican gracia. Son, en otras palabras, signos eficaces.

Según el pensamiento católico, son necesarios tres elementos para constituir un sacramento: un signo visible, una gracia invisible y una institución divina. El signo visible consta de dos partes: cierta forma material (por ejemplo el agua en el bautismo) y una palabra de pronunciamiento. Todos los sacramentos comunican gracia santificante; esto es, hacen que el individuo sea justo y santo, combinando lo que los protestantes denominan justificación y santificación.

De primera importancia es la idea de que los sacramentos son eficaces. A juicio del Concilio de Trento, los reformadores protestantes consideraban los sacramentos como meras “exhortaciones diseñadas para excitar la fe” (Lutero), “símbolos de la veracidad de las promesas divinas” (Calvino) o “signos de profesión cristiana mediante los cuales los fieles testifican que pertenecen a la iglesia de Jesucristo” (Zwinglio). Al condenar las posiciones de los reformadores, el concilio estableció su propia posición de que los sacramentos son medios de gracia para todos los que no colocan un obstáculo ante esa gracia.

Defensores de la posición del Concilio de Trento argumentan que las Escrituras ofrecen evidencias de una conexión causal esencial entre los signos sacramentales y la gracia. Uno de los ejemplos más destacados es Juan 3:5: “el que no nace de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios”. Se dice que el agua es la causa instrumental del nacimiento nuevo. Pohle dice: “Por lo tanto, es tan cierto que el renacimiento espiritual de un hombre viene causado principalmente por el Espíritu Santo como que instrumentalmente lo causa el agua, y en consecuencia, el agua del bautismo ejerce un efecto causal sobre la justificación”. Otros textos citados como apoyo para la argumentación de que el agua del bautismo limpia el pecado son Hechos 2:38; 22:16; Efesios 5:26 y Tito 3:5. Es más, basándose en varios textos, se reclama también la eficacia de otros sacramentos: confirmación (Hch. 8:17); eucaristía (Jn. 6:56-58); penitencia (Jn. 20:22-23); extremaunción (Stgo. 5:14-16); ordenaciones (2 Ti. 1:6). Además, el testimonio de los padres de la iglesia se cita como apoyo para la teoría de que los sacramentos son medios de gracia.

Según el punto de vista histórico católico, los sacramentos son efectivos 'ex opera operato' (“por la obra realizada”). Esta expresión que se utilizó por primera vez en el siglo XIII, se adoptó oficialmente en el Concilio de Trento. Indica que la gracia se confiere dependiendo del acto mismo, no por los méritos del sacerdote o del receptor. Desde luego tiene que haber un sacerdote que imparta el sacramento y el receptor debe estar moralmente preparado. De hecho, la cantidad de gracia conferida depende de la disposición y cooperación del receptor. Sin embargo, estos factores no son los que hacen efectivo el sacramento. El sacramento mismo es la causa eficiente de que se produzca la gracia.

En algunos momentos la posición católica parece contradictoria. Por una parte, dice que los sacramentos producen sus efectos “independientemente de los méritos y disposición del receptor”. Por otra parte, se considera necesaria la preparación moral para que el sacramento produzca “todo el efecto necesario para la justificación”. Sin embargo, esta preparación moral es simplemente la eliminación de “cualquier indisposición previa que se opusiera al carácter del sacramento respectivo”. Por tanto, la verdadera eficacia del sacramento no depende en absoluto de los méritos del receptor. Un argumento que apoya esta teoría es la práctica del bautismo de niños, donde es obvio que no puede haber ningún mérito, ni siquiera una fe activa.

Ya hemos aludido al hecho de que debe haber un administrador adecuado del sacramento. Con la excepción de ciertas circunstancias inusuales, las únicas personas cualificadas para administrar los sacramentos son las ordenadas, o sea, personas que han recibido el sacramento de la ordenación. Como hemos visto, la validez del sacramento no depende de la calidad moral de la persona o de la ortodoxia del sacerdote. Sin embargo, lo que sí se necesita es la intención de realizar el sacramento. Esta intención no tiene por qué ser consciente. Si un sacerdote al realizar un sacramento está distraído, la administración del sacramento es válida. Esto se consideraría un caso de intención virtual (en contraste con la intención real). Por otra parte, si el sacerdote, mientras está nadando, echa agua sobre otra persona en broma, eso no es bautismo, porque no se ha hecho con la intención de bautizar.

Lo que todo esto quiere decir es que la salvación depende de la iglesia. Porque, en primer lugar, los sacramentos, que fueron confiados a la iglesia por Cristo, son requisito para la salvación. Y segundo, se necesita la presencia de un administrador cualificado, o sea, un individuo ordenado por la iglesia. La idea esencial en esta teoría es que la salvación realmente se produce gracias a los sacramentos. Son los medios mediante los cuales se consigue. Si deseamos recibir la salvación, tenemos que recibir los sacramentos.

La definida posición del catolicismo romano tradicional es deficiente en varios puntos. Indicaremos algunas de sus deficiencias en la discusión sobre el bautismo y la cena del Señor. Sin embargo, aquí vamos a señalar que hay poca evidencia para algunas de las interpretaciones que el catolicismo tradicional ha dado a varios textos pertinentes de la Biblia. Estas interpretaciones son como poco dudosas y como mucho muy imaginativas. Está claro que el catolicismo romano clásico no subscribe nuestro punto de vista de que la Biblia es la única autoridad de la verdad divina. Más bien, asume que hay dos autoridades, la Biblia y la tradición no escrita de los apóstoles, que la iglesia conservó, interpretó y expresó. Sin embargo, no debería haber contradicción entre estas dos autoridades en lo que se refiere a la enseñanza de temas básicos como los sacramentos. Que no podamos encontrar enseñanza clara en la Biblia sobre la eficacia de los sacramentos es aparentemente muy significativo. Además, la idea de que el ministerio o el sacerdocio tenga un papel especial o distintivo no encuentra una expresión clara en la Biblia. Es más, pasajes como Hebreos 9 parecen contradecir esta idea.

Además, el concepto de disposición que se requiere para el receptor del sacramento si quiere recibir la gracia presenta dificultades. Los sacramentalistas, en un intento de evitar la acusación de que tienen una visión mágica de los sacramentos, es decir, que estos tienen un efecto automático por sí mismos, resaltan que los sacramentos son objetivamente eficaces, que confieren la gracia necesaria, pero que necesitan cierta disposición en el receptor. El receptor debe eliminar todo obstáculo para recibir la gracia de Dios. En otras palabras, el sacramento funcionará, 'ex opera operato', si el receptor no se resiste o lo rechaza. Esto hace que la fe, incluso la fe salvadora, sea pasiva. Como mucho es una conformidad intelectual. Sin embargo, el tipo de fe que se requiere para recibir la gracia de Dios es mucho más activa. Ver, por ejemplo, Santiago 2:18-26, donde la fe que implica consentimiento mental sin ir acompañada de obras se dice que está muerta. Es más, la fe a la que apelan los apóstoles en el libro de los Hechos es sin duda activa. Piden que uno se aferre de forma positiva a las promesas de Dios y que se mantenga un compromiso total.

 

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