La enseñanza de las Escrituras

En cierto sentido, la unión con Cristo es un término que incluye a toda la salvación; todas las demás doctrinas son simplemente subpartes. Aunque este término y este concepto a menudo se descuidan y se les incluye dentro de otros conceptos como regeneración, justificación y santificación, resulta instructivo señalar el gran número de referencias que existen a la unidad de Cristo y el creyente. Las referencias más básicas a esta conexión describen al creyente y a Cristo como estando uno “en” otro.

1. Por una parte, tenemos muchas referencias específicas de que el creyente está en Cristo; por ejemplo, 2 Corintios 5:17: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es: las cosas viejas pasaron; todas son hechas nuevas”. Hay dos frases así en Efesios 1:3-4: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos y sin mancha delante de él”. Dos versos después leemos: “para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado. En él tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia, que hizo sobreabundar para con nosotros en toda sabiduría e inteligencia” (vv. 6-8). Pablo nos dice que hemos sido creados nuevos en Cristo: “pues somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas” (Ef. 2:10). La gracia de Dios nos ha sido dada en Cristo: “Gracias doy a mi Dios siempre por vosotros, por la gracia de Dios que os fue dada en Cristo Jesús, pues por medio de él habéis sido enriquecidos en todo, en toda palabra y en todo conocimiento” (1 Co. 1:4-5). A los creyentes fallecidos se les llama “los muertos en Cristo” (1 Ts. 4:16), y nuestra resurrección sucederá en Cristo: “Así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados” (1 Co. 15:22).

2. Por otra parte de esta relación es que se dice que Cristo está en el creyente. Pablo dice: “A ellos, Dios quiso dar a conocer las riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles, que es Cristo en vosotros, esperanza de gloria” (Col. 1:27). También se expresa la presencia de Cristo en el creyente, de una manera un tanto diferente en Gálatas 2:20: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí”. También está la analogía que hace Jesús sobre la vid y los pámpanos, en la que se enfatiza que Cristo y el creyente deben permanecer uno en otro: “Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí y yo en él, este lleva mucho fruto, porque separados de mí nada podéis hacer” (Jn. 15:4-5). Parece que todo lo que tiene el creyente espiritualmente se basa en que Cristo esté dentro de él. Nuestra esperanza de gloria es Cristo en nosotros. Nuestra vitalidad espiritual la extraemos de su presencia en nuestro interior. Otros pasajes que podríamos mencionar incluyen las promesas de Jesús de estar presente en el creyente (Mt. 28:20; Jn. 14:23). Finalmente, al creyente se le dice que comparte todo un conjunto de experiencias “con Cristo”: sufrimiento (Ro. 8:17); crucifixión (Gá. 2:20); muerte (Col. 2:20); entierro (Ro. 6:4); avivamiento (Ef. 2:5); resurrección (Col. 3:1); glorificación y herencia (Ro. 8:17).

La unión con Cristo tiene implicaciones en nuestras vidas:

1. Se nos considera rectos. Pablo escribió: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Ro. 8:1). Debido a nuestra unión judicial con Cristo, tenemos una posición adecuada ante la ley y ante los ojos de Dios. Somos tan rectos como lo es el mismo Hijo de Dios, Jesucristo.

2. Ahora vivimos con la fortaleza de Cristo. Pablo afirmó: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Fil. 4:13). También dijo: “lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gá. 2:20). Cuando Pablo estaba sufriendo el “aguijón de la carne”, probablemente una experiencia física dolorosa, descubrió que aunque no era eliminada, Dios le concedía la gracia de soportarla: “Y me ha dicho: ‘Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad’. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo” (2 Co. 12:9). Este poder lo encontramos no sólo en las enseñanzas de Cristo y la inspiración de su ejemplo. También nos ofrece ayuda concreta que podemos utilizar para cumplir lo que se espera de nosotros.
 
3. Ser uno con Cristo también significa sufrir. A los discípulos se les dijo que beberían del vaso que Jesús bebiera, y que serían bautizados en el mismo bautismo (Mr. 10:39). Si lo que dice la tradición es correcto, la mayoría de ellos murieron sufriendo martirio. Jesús les había dicho que no se extrañaran de ser perseguidos: “Acordaos de la palabra que yo os he dicho: “El siervo no es mayor que su señor”. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra” (Jn. 15:20). Pablo no se amedrentó ante estas expectativas; de hecho, uno de sus objetivos era compartir los sufrimientos de Cristo: “Por amor a él lo he perdido todo... Quiero conocerlo a él y el poder de su resurrección, y participar de sus padecimientos hasta llegar a ser semejante a él en su muerte” (Fil. 3:8-10). Pedro alentó a sus lectores: “Al contrario, gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo, para que también en la revelación de su gloria os gocéis con gran alegría” (1 P. 4:13).
 

4. Finalmente, tenemos la expectativa de reinar con Cristo. A los dos discípulos que buscaban posiciones de autoridad y prestigio se les prometió en su lugar sufrimiento (Mr. 10:35-39); pero Jesús también le dijo a todo el grupo que como se habían mantenido con él durante todo su padecimiento, comerían y beberían a su mesa en su reino, y se sentarían “en tronos para juzgar a las doce tribus de Israel” (Lc. 22:30). Pablo hizo una declaración similar: “Si sufrimos, también reinaremos con él” (2 Ti. 2:12). Aunque también tenemos problemas y sufrimientos aquí, se nos ofrecen recursos para soportarlos. Y para aquellos que sufren con Cristo, se abre un glorioso futuro por delante.

 

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