Creacionismo progresivo

El creacionismo progresivo ve la obra creativa de Dios como una combinación de una serie de actos creativos de novo y una operación inmanente o de proceso. Dios en ciertos momentos, bastante separados en el tiempo, creó de novo (esto es, de nuevo). En estas ocasiones no utilizó vida que ya existiera previamente, simplemente modificándola. Aunque hubiera podido dar vida a algo bastante parecido a algo ya creado previamente, realizó una serie de cambios y el producto de esa obra fue una criatura completamente nueva.

Entre estos actos especiales de creación, se produce el desarrollo a través de la evolución. Por ejemplo, es posible que Dios crease al primer miembro de la familia de los caballos, y que después varias especies de la familia se desarrollasen por evolución. Este es un desarrollo “dentro de la clase” (microevolución), no “entre la clase” (macroevolución). Con respecto a la declaración bíblica de que Dios creó a cada criatura según su especie ya hemos señalado que la palabra 'mines bastante vaga, por lo que no hay por qué identificarla con especies biológicas. Su significado puede ser bastante más amplio que eso. Es más, se dispone de mucha cantidad de tiempo para que la microevolución se haya producido, ya que la palabra 'yom', que se traduce por “día”, también se puede traducir mucho más libremente.

Según el creacionismo progresivo, cuando llegó el momento de dar vida al primer ser humano, Dios lo hizo directa y completamente no procedente de una criatura inferior. Más bien, la naturaleza física y espiritual de Adán fue creada especialmente por Dios. La Biblia nos cuenta que Dios le hizo del “polvo” de la tierra. Este polvo no tuvo por qué ser realmente polvo físico. Puede tratarse de una representación pictórica elemental que fuera comprensible para los primeros lectores.

El creacionismo progresivo concuerda con la creación instantánea en la idea de que toda la naturaleza del primer humano fue creada especialmente. Sin embargo, está en desacuerdo al mantener que se produce cierto desarrollo en la creación después del acto directo original. Está de acuerdo con la evolución naturalista, la evolución deísta y la evolución teísta en ver que hay desarrollo dentro de la creación, pero insiste en que hay varios actos de creación de novo dentro del proceso general. Y aunque está de acuerdo con la evolución teísta en que la humanidad es el resultado de un acto especial de creación de Dios, va más allá de esta idea e insiste en que este acto creativo especial abarca a toda la naturaleza humana, tanto a la parte física como a la espiritual.

Las dos opciones más viables son la evolución teísta y el creacionismo progresivo. Ambas son mantenidas por eruditos creyentes bíblicos comprometidos, y cada una de ellas puede asimilar o explicar tanto los datos bíblicos como los empíricos. La cuestión es: ¿cuál puede hacerlo de forma más completa, llana y con menos distorsión del material con el que trata?

Para contestar a esta pregunta, es importante preguntarse qué tipo de material literario tenemos en Génesis 1 y 2. ¿Hay elementos simbólicos en el relato de la creación? Probablemente nos encontramos ante un género en el que no todos los objetos tienen que ser entendidos como simples objetos. Observemos, por ejemplo, que el árbol del jardín del Edén no es simplemente un árbol, sino “el árbol del conocimiento del bien y del mal.” También es posible que el polvo que se utilizó para formar a Adán no fuera simplemente polvo, sino realmente bloques de construcción inanimados de los cuales surgió la materia orgánica y de ahí la vida. Pero supongamos que interpretamos, como lo harían los evolucionistas teístas, que el polvo simboliza una criatura viva que existía previamente. ¿Qué pasa entonces?

Una cuestión que hay que plantearse es si el simbolismo es consistente. La palabra polvo 'apharaparece no sólo en Génesis 2:7, también en 3:19: “porque polvo eres y al polvo volverás.” Si entendemos en 2:7 que representa a una criatura ya existente, nos enfrentamos a dos opciones: o el término es diferente en 3:19 ( y también en 3:14), o tenemos la situación bastante ridícula de que tras la muerte nos volvemos a convertir en animales. Deberíamos señalar que en aquellos casos degenerativos severos en los que la persona se convierte prácticamente en un subhumano, el cambio ocurre antes de la muerte real. Entonces sería mejor dejar que la referencia al polvo en 3:19 (la más clara) interprete la de 2:7 (la menos clara).

Un segundo problema para el evolucionista teísta es la expresión “y fue el hombre un ser viviente” (Gn. 2:7). Las palabras traducidas como “ser viviente” son 'nephesh chayah', que es la misma expresión utilizada para señalar las otras criaturas que Dios había creado anteriormente (1:20, 21, 24). Como hemos visto, la evolución teísta afirma que la dimensión física del humano se desarrolló a partir de uno de estos seres vivos anteriores. Sostiene que, como su progenitor, la dimensión física de Adán (a la que Dios infundió alma) debe haber sido ya necesariamente un ser vivo. Pero este principio de la evolución teísta contradice la afirmación de Génesis 2:7 de que el hombre se convirtió en un ser viviente cuando Dios le formó y sopló en su nariz aliento de vida.

Otro argumento que a veces se opone a la evolución teísta es el de que va en contra de la unidad de la personalidad humana. Pero la unidad entre las dimensiones física y espiritual de un ser humano no parece ser lo suficientemente absoluta como para invalidar la teoría de que las dos dimensiones se originaron de maneras diferentes.

A pesar de la debilidad del tercer argumento, las dos primeras consideraciones parecen lo suficientemente significativas como para hacer que la evolución teísta sea menos viable que el creacionismo progresivo. Aunque este último punto de vista no carece de dificultades, explica e integra mejor los datos bíblicos y científicos y por lo tanto debe considerarse más adecuado que la evolución teísta.