Ambos sexos
A lo largo de la historia, las mujeres a veces se han considerado miembros de segunda clase de la raza humana. No se les ha permitido votar o ejercer otros derechos de los que los hombres sí disfrutaban, y las esposas en algunos casos eran prácticamente consideradas como propiedades de sus maridos. En el mundo bíblico las mujeres tenían pocos derechos, o al menos bastantes menos que los hombres. Aunque hasta cierto punto el Antiguo Testamento no cambió esta situación, desde el principio hubo indicaciones de que para Dios la mujer tenía el mismo estatus. Estas indicaciones se incrementaron a medida que pasaba el tiempo y la revelación especial pasó progresivamente a niveles más altos.
Ya en el relato de la creación encontramos indicaciones del estatus de la mujer. En Génesis 1:26-27 se pone un énfasis especial, parece que quiere que entendamos claramente que la mujer posee la imagen de Dios, de la misma manera que el hombre. Aunque Karl Barth y Paul Jewett sostienen que tenemos un paralelismo triádico en 1:27 y que por lo tanto que el ser humano fuera creado varón y hembra es la imagen de Dios, esto no es obvio en absoluto. Las dos primeras estrofas: “Y Dios creó al hombre a su imagen” y “A imagen de Dios lo creo” son equivalentes porque repiten el paralelismo del versículo 26: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza.” Por otra parte, la tercera estrofa: “varón y hembra los creó,” es especial en el versículo 27, y no es obviamente equivalente a las otras dos. En lugar de repetir la idea de las dos primeras estrofas, parece complementarlas. Tiene la misma relación a esas dos estrofas que “y que tenga potestad...” tiene con los dos elementos de la primera parte del versículo 26. En cada caso se añade algo al pensamiento. En el último caso lo que se añade deja claro que el “hombre” que fue creado en la imagen divina es a la vez varón y hembra. Los dos tienen la imagen del Hacedor.
El mismo énfasis lo encontramos también en Génesis 5:1-2: “El día en que creó Dios al hombre, a semejanza de Dios lo hizo. Hombre y mujer los creó; y los bendijo, y les puso por nombre Adán el día en que fueron creados.” La frase de que Dios creó al hombre como hombre y mujer aparece entre dos frases sobre la creación del hombre, la primera de las cuales habla de que Dios creo al hombre a su imagen y semejanza. Parece existir un énfasis en el hecho de que el varón y la hembra de la especie fueron hechos a imagen de Dios.
Otra característica destacable del relato de la creación es la relación de la mujer con el hombre, a partir del cual fue hecha. A veces se extraen demasiadas conclusiones del hecho de que se describa a la mujer como “ayudante” como si este término implicase cierto tipo de inferioridad o al menos de subordinación de la mujer hacia el hombre. Sin embargo, un examen más detenido de Génesis 2:18 demuestra que este concepto es falso. La expresión "ayuda", utilizada en versiones más antiguas, en realidad está traduciendo dos palabras hebreas. La segunda, 'neged', significa “que se corresponde con” o “igual a” él. La palabra traducida por “ayuda” ('ezer'), es utilizada con Dios en varios lugares del AntiguoTestamento: Éxodo 18:4; Deuteronomio 33:29; Salmos 33:20; 70:5; 115:9, 10,11. Esto sugeriría que el ayudante que se tenía en mente en Génesis 2:18 no es inferior en esencia a la persona a la que se ayudaba. Más bien se debe pensar en ella como en un colaborador o asistente. Es cierto que la palabra hebrea 'ba’al', que significa “señor” o “amo” se utilizaba con frecuencia para “marido.” Sin embargo, debería observarse que también aparece el femenino de esa palabra. En Génesis 20:3, por ejemplo, se utiliza para describir la relación de Sara con Abraham. Por lo tanto cualquiera que sea la naturaleza del señorío en la relación marital, no es unilateral.
La imagen de la mujer que dan las Escrituras no es la de insignificancia ni la de sumisión total. En Proverbios 31, por ejemplo, se exalta a la mujer virtuosa. Siempre está interesada en promover el bienestar de su familia, pero no permanece constantemente en los confines de su casa. Se implica en asuntos mercantiles y de negocios (vv. 18, 24).
También deberíamos señalar que no sólo Dios creó a la mujer a su imagen, sino que a veces se habla de Dios utilizando imágenes o términos femeninos. Se describe a Dios como la madre de Israel en Deuteronomio 32:18: “Despreciaste a la roca que te agradó y olvidaste al Dios que te dio a luz” (NHB). La terminología que utiliza Moisés pone de relieve los dolores del proceso de nacimiento, dejando claro que es el papel de la madre lo que tiene aquí en mente. Jesús también utiliza la imaginería femenina para describir a Dios. Por ejemplo, cuenta tres parábolas hablando de la preocupación de Dios y la búsqueda de personas perdidas: la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo pródigo (Lc. 15). En la primera y la tercera la figura que representa a Dios es masculina, pero en la parábola de la moneda perdida, el personaje principal es una mujer. Es más, Jesús escoge una viuda como símbolo de generosidad (Lc. 21:1-4).
La actitud de Jesús hacia la mujer, y el tratamiento que la dispensa, es también instructivo. Aunque un judío normalmente no tendría tratos con samaritanos y en particular con pecadores descarados, Jesús se puso a conversar con una mujer samaritana porque le preocupaba su condición espiritual (Jn. 4). Jesús elogió a una mujer que sufría hemorragias y tocó el borde de su manto por tener fe (Mt. 9:20-22). María y Marta se encontraban entre sus amigos más íntimos. La mujer que ungió a Jesús en Betania (Mt. 26:6-13) será recordada por su acto de devoción en todo lugar y momento que se predique el evangelio (vv. 10-13). María Magdalena fue la primera persona a la que Jesús se apareció tras la resurrección, y le dio instrucciones (la encomendó) para que le contara a sus discípulos que él había resucitado (Jn. 20:14-18). Desde luego, las mujeres jugaron un papel muy importante desde el principio en la vida y el ministerio de Jesús. Fue María, y no José, quien expresó alabanza a Dios ante el anuncio de que iba a nacer Jesús (Lc. 1:46-55). Isabel también alabó y bendijo al Señor (Lc. 1:41-45). Ana fue probablemente la primera mujer discípulo de Jesús (Lc. 2:36-38). Donald Shaner ha resumido muy bien las relaciones de Jesús con las mujeres: “Llama la atención que Jesús no tratase a las mujeres como mujeres, sino como personas. Las tomaba en serio, les hacía preguntas, les animaba a sacar lo mejor de sí mismas y las elevaba hasta el nivel de dignidad que ellas merecían.”
Probablemente la declaración más directa de que las mujeres están a la misma altura que los hombres a los ojos de Dios, en lo que se refiere a la salvación, es la del texto clásico de Gálatas 3:28: “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.” Este versículo a menudo se saca de contexto y se utiliza para tratar temas de los que Pablo no está hablando. No está hablando de igualdad de empleo, ni de igualdad en los puestos de servicio dentro de la iglesia, por ejemplo, como ministros ordenados. Más bien, está tratando el importante tema de la justificación por fe, el estatus individual ante Dios en cuanto a la justicia personal. Pablo está diciendo que, con respecto a la salvación personal, Dios no da un trato diferente al varón y a la hembra. Todos los que han sido bautizados en Cristo Jesús están revestidos de Cristo (v. 27).
Finalmente, también deberíamos señalar el importante papel que ha jugado la mujer en la obra del reino de Dios. Aunque en una minoría, en todos los tiempos de la historia bíblica ha habido mujeres ocupando posiciones de liderazgo e influencia. Miriam ayudaba a Moisés y dirigía los cánticos y danzas tras la salida de Egipto (Éx. 15:20-21). Débora fue juez de Israel, y Jael mató a Sisara (Jue. 4:17-22). Ester salvó al pueblo judío de ser destruido por Amán. Ya hemos observado algo del papel de mujeres seleccionadas del Nuevo Testamento. La fidelidad de las mujeres que había alrededor de Jesús en los tiempos de crisis resulta llamativa. Las vemos en la cruz (Lc. 23:49); tratan de ungir el cuerpo de Jesús (Lc. 23:55-56); descubrieron la tumba vacía, oyeron el mensaje de los dos ángeles y les contaron la nuevas a los apóstoles (Lc. 24:1-11).
Hay varias indicaciones en las Escrituras de que las mujeres tenían y ejercitaban el don de la profecía. Isaías se refiere a su esposa como la “profetisa” (Is. 8:3), y Felipe el evangelista tenía cuatro hijas doncellas que profetizaban (Hch. 21:9). Joel predijo un tiempo en el que tanto los hombres como las mujeres profetizarían (Jl. 2:28), que Pedro cita y subraya (Hch. 2:17). Pablo especifica las condiciones bajo las cuales deberían profetizar las mujeres (1 Co. 11:5).
Incluso Pablo, al que se le acusa a veces de oponerse rígidamente a que las mujeres se impliquen en el trabajo de la iglesia, habla positivamente de mujeres en posiciones de liderazgo. Escribe de Febe: “Recibidla en el Señor, como es digno de los santos, y ayudadla en cualquier cosa en que necesite de vosotros, porque ella ha ayudado a muchos y a mí mismo” (Ro. 16:2). De Priscila y Aquila se habla como de “mis colaboradores en Cristo Jesús, que expusieron su vida por mí” (Ro. 16:3-4). Aunque no conocemos detalles de María (v. 6), ni de Pérsida (v. 12) sabemos que “trabajaron arduamente en el Señor.” Pablo también saluda a Trifena y Trifosa “esas mujeres que trabajaron arduamente en el Señor” (v. 12), la madre de Rufo “que lo es también mía” (v. 13), Julia, Nereo y su hermana (v. 15). Pablo permite que las mujeres profeticen en la asamblea, al menos con ciertas condiciones (1 Co. 11:5). Estas indicaciones del concepto que tiene Pablo sobre la utilidad de la mujer en el ministerio cualifican los pasajes en los que parece restringir sus actividades. Por tanto, los pasajes restrictivos probablemente se deberían ver como relacionados con situaciones locales particulares (por ejemplo, 1 Co. 14:33-36).
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