La formación del canon hebreo

Existen dos puntos de vista referentes a la formación del canon hebreo: el del conservador (teoría tradicional) y el del liberal (los racionalistas de la alta crítica. El primero sostiene que los escritos inspirados llevaban el sello de la autoridad canónica desde el momento de su inspiración divina, y era independiente del mero reconocimiento humano o de su reunión formal como una colección de libros sagrados.

Los críticos liberales rechazan la doctrina de la inspiración sobrenatural de los libros de la Biblia, los consideran meramente literatura religiosa de los hebreos, un producto puramente humano. Consecuentemente creen que las especulaciones suyas son más confiables que las afirmaciones de la Biblia. Dicha alta crítica niega la autenticidad y las fechas tempranas de los libros del Antiguo Testamento. Asevera que el Pentateuco fue escrito por cuatro autores o escuelas de autores, y sus escritos fueron recopilados alrededor del año  400 a.C.; que David y Salomón y los profetas escribieron muy poco; que los libros proféticos deben ser divididos entre los autores proféticos y algunos de sus sucesores. Un supuesto «segundo» y «tercer» Isaías (capítulos 40-66) fueron agregados al libro del profeta porque sus autores habían sido completamente olvidados. Para estos críticos, el libro de Daniel no fue escrito antes del 167 a.C.

Según estos racionalistas, la "Ley" fue canonizada primeramente en el 444 a.C.; los "Profetas" doscientos años después, y los "Escritos", alrededor de 165-100 a.C. Suponen por lo tanto, que la división del canon hebreo en tres agrupaciones responde principalmente a una cuestión cronológica. Sin embargo, hay una diversidad notable entre las opiniones de los críticos, y los conservadores las rechazan rotundamente.

No conocemos con exactitud el proceso por el cual estos libros llegaron a ser reconocidos como autoridad exclusiva de fe y conducta. De lo que sí podemos estar seguros, es que el Espíritu Santo mismo que inspiró a los escritores, guió el proceso de canonización, de tal manera que un libro debe contener autoridad divina en razón de su inspiración, antes de ser calificado para ser canonizado. Parece que tan pronto como un profeta escribió su mensaje, este llegó a ser parte de las Escrituras. Existe evidencia de que los libros fueron unidos inmediatamente a la creciente colección de las Escrituras, simplemente porque quienes los recibieron, los reconocieron como divinamente inspirados.

Por otra parte, algunos autores de textos sagrados se daban cuenta de que sus obras no solamente eran inspiradas, sino que también serían transmitidas a las generaciones futuras. Moisés, por ejemplo, al escribir las palabras de la ley, dio órdenes a los levitas de tomar "este libro de la ley y ponedlo junto al arca del pacto" (Dt. 31:24-26). En este caso, el escritor, en un sentido, canonizó sus propias composiciones.

W. H. Green señala que no era necesario declarar formalmente la canonicidad de estos libros a fin de que fueran aprobados. Desde el principio, eran leídos ansiosamente y considerados divinamente obligatorios por los piadosos: "Cada libro de un reconocido profeta de Jehová o de cualquier persona que fuera acreditada como inspirada por Dios para dar a conocer su voluntad, fue aceptado como palabra de Dios tan pronto como apareciera ... El provecho espiritual que sus lectores (u oidores) recibían, les confirmaba su creencia en el origen celestial de ellos".

Debemos damos cuenta de que la mera compilación de los libros de la Biblia y el reconocimiento de ellos no los hizo libros inspirados. Edward J. Young observa: "Cuando la palabra de Dios fue escrita, llegó a ser Escritura, y puesto que había sido hablada por Dios, poseía autoridad absoluta. Puesto que era palabra de Dios, era canónica. Lo que determina la canonicidad de un libro, por lo tanto, es el hecho de que fue inspirado por Dios.