Adopcionismo

Un recurrente intento de resolver el problema de las “dos naturalezas en una persona” es el adopcionismo. Dicho de la forma más sencilla, es la idea de que Jesús de Nazaret era simplemente un hombre durante los primeros años de su vida. Sin embargo, en un momento dado, probablemente en el bautismo (o quizá en su resurrección), Dios lo “adoptó” como Hijo. Ya fuera esta adopción un acto de pura gracia por parte de Dios, o una promoción en su estatus para el cual Jesús se habría calificado en virtud de sus atributos personales, era más un caso de un humano que se convertía en Dios que el de Dios convirtiéndose en hombre.

Uno de los adopcionistas más famosos fue Teódoto el Curtidor, habitante de Bizancio que llevó esta doctrina a Roma en el año 190. Teódoto sostenía que Jesús era hijo de la Virgen María y del Espíritu Santo, pero era un hombre mortal y aunque posteriormente fue adoptado por Dios a través del bautismo, no era divino hasta después de su resurrección. El Adopcionismo es, por tanto, una teoría cristológica según la cual Jesús, como hombre, es el hijo adoptivo de Dios. Esta doctrina, fue declarada herética por el obispo Víctor I y Teódoto fue excomulgado.

Para apoyar su posición, los adopcionistas se concentran en la idea bíblica de que Jesús fue engendrado por Dios. Incluso se le denomina “unigénito” ('monogenes', Jn. 3:16). ¿Cuándo se produjo el engendramiento? Los adopcionistas llamaron la atención sobre el hecho de que el escritor de Hebreos cita dos veces Salmos 2:7: “Mi hijo eres tú; yo te engendré hoy,” y se lo aplica al Hijo de Dios, Jesucristo (He. 1:5; 5:5). Señalan la considerable similitud entre esta frase y la del Padre en el bautismo de Jesús: “Tú eres mi hijo amado, en ti tengo complacencia” (Mr. 1:11). Así se asume que el Espíritu que desciende en ese momento sobre el Hijo representa la llegada de la deidad al hombre Jesús.

Esta posición da al hombre Jesús un estatus independiente. Simplemente habría seguido viviendo como Jesús de Nazaret si la adopción especial de Dios no hubiese sucedido. Se trataba más de Dios entrando en un ser humano existente que de una verdadera encarnación. Algunas veces este evento se considera más como algo único que sólo le ocurrió a Jesús; otras veces se compara con la adopción de otros seres humanos como hijos de Dios.

El adopcionismo ha hecho apariciones recurrentes a lo largo de la historia de la cristiandad. Los que toman en serio todas las enseñanzas de las Escrituras, sin embargo, son conscientes de que hay importantes obstáculos a este punto de vista, incluyendo la preexistencia de Cristo, la narrativa del prenacimiento y el nacimiento virginal.

Textos de la Escritura como Juan 14:28 se explicarían posteriormente, en tiempos de la controversia arriana y otros como Romanos 8:29 se refieren a nuestra adopción no a la de Jesús. En ninguna parte de la Biblia se dice de Cristo ‘hijo adoptado de Dios’, más aún, la Escritura atribuye al hombre Cristo todos los predicados que pertenecen al Hijo Eterno (cf. Juan 1:18; 3:16; Romanos 8:32).

La Biblia aclara que todos los hombres nacen en pecado (Romanos 5:12-14); si Jesús hubiera sido un simple hombre, no habría sido sin pecado. Jesucristo no fue adoptado por Dios; él existió desde antes del comienzo de la creación y es parte de la Trinidad de Dios. Jesús es el hijo “unigénito” (Juan 3:16), no adoptado.

De Jesús, dice: “porque por medio de él fueron creadas todas las cosas en el cielo y en la tierra, visibles e invisibles, sean tronos, poderes, principados o autoridades: todo ha sido creado por medio de él y para él” (Colosenses 1:16-17). Él es anterior a todas las cosas, que por medio de él forman un todo coherente.

Juan, en el primer capítulo de su Evangelio, describe a Jesús como la Palabra de Dios que se hizo carne, y luego vino a la Tierra de parte de Dios (Juan 1:1, 14). Juan dice que Jesús es el “Hijo unigénito del Padre”. Jesús existió antes de venir a la Tierra y siempre ha tenido la misma divinidad que Dios Padre.

Los que se adhieren al adopcionismo afirman que Jesús era solo un hombre que vivía perfectamente. Sabemos por las Escrituras que Jesús ciertamente no tuvo pecado (2 Corintios 5: 20-21). Sin embargo, fue capaz de vivir sin pecado porque era divino (Juan 1:1, 14), no porque tenía cierta capacidad o fuerza de voluntad o disciplina para guardar la ley. Mantener la ley (algo imposible) no puede justificar a una persona, incluso si fuera posible (Romanos 3:19-20).

Juan el Bautista declaró a Jesús como el “Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). Si Jesús hubiese sido un buen hombre sobre quien Dios puso sus ojos, Juan no podría declarar su sacrificio venidero en nombre de los que creyeron. Otras profecías más antiguas declararon que el Salvador nacería de una virgen (Isaías 7:14), moriría por crucifixión (Salmo 22) y sería un sacrificio expiatorio (Isaías 53:5, 12). Ninguna de estas se cumpliría si Jesús solo fuera un buen hombre a quien Dios escogió más tarde en su vida terrenal.

Con todos estos desordenes doctrinales no debe extrañarnos en absoluto el poderoso aviso que hacía el apóstol Juan en su segunda epístola: “Porque muchos engañadores han salido por el mundo, que no confiesan que Jesucristo ha venido en carne. Quien esto hace es el engañador y el anticristo” (2 Juan 7).

 

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