Encarnación dinámica
Otro intento por resolver el problema de las dos naturalezas en una persona podría denominarse la doctrina de la encarnación dinámica. Esta mantiene que la presencia de Dios en el divino-humano Jesús no fue en forma de una unión personal hipostática entre la Segunda Persona de la Trinidad y un ser humano individual, Jesús de Nazaret. Más bien, se debería entender la encarnación como la presencia activa del poder de Dios en la persona de Jesús.
Este punto de vista es semejante al monarquianismo dinámico. El poder de Dios entró en el hombre Jesús. Por tanto, la encarnación no fue tanto un caso de Jesús unido a Dios en una especie de unión hipostática como que el poder de Dios habitaba en él.
Una forma reciente de esta idea la encontramos en la obra de Donald Baillie "God Was in Christ" (Dios estaba en Cristo). Baillie basa su teología en 2 Corintios 5:19: “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo.” Es digno de mención que en lugar de decir “Cristo era Dios,” este versículo enfatice que “Dios estaba en Cristo.”
Para explicar la paradoja de la encarnación, Baillie utiliza el modelo de Dios que habita en el creyente en lo que se llama la paradoja de la gracia. Cuando el creyente hace lo correcto, o hace la elección correcta, normalmente dice: “No fui yo, Dios lo hizo.” En Gálatas 2:20 y Filipenses 2:12-13 Pablo habla de la obra interna de Dios. Baillie presenta este poder de Dios en el creyente como un modelo de la encarnación. Sin embargo, sus declaraciones, implican que la encarnación de Jesús es en realidad un caso, aunque el más completo, de la paradoja de la gracia que mora en el creyente:
Esta paradoja en su forma fragmentaria en nuestra vida cristiana es un reflejo de esa perfecta unión de Dios y hombre en la Encarnación de la que depende toda la vida cristiana, y puede ser por lo tanto nuestra mejor pista para entenderla. En el Nuevo Testamento vemos el hombre en el que Dios se encarnó superando a todos los demás al negarse a reclamar nada para sí mismo de forma independiente y otorgando toda la bondad a Dios.
Dada esta interpretación de la encarnación, la diferencia entre Cristo y nosotros es sólo cuantitativa, no cualitativa. Pero se debe señalar que esta interpretación entra en conflicto con varios énfasis que hay en las Escrituras: la plenitud ('plerōma') de Dios habitando en Jesús corporalmente (Col. 2:9); la preexistencia de Cristo (Jn. 1:18; 8:58); y la singular naturaleza de su calidad de hijo ('monogenēs', Jn. 3:16). Aunque la doctrina de la encarnación dinámica minimiza la tensión sugerida por la fórmula calcedoniana, se encuentra con la dificultad de su reducción implícita de la deidad.
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