Kenosticismo

El periodo moderno ha producido un intento distintivo por resolver el problema de las relaciones entre las dos naturalezas. En particular en el siglo XIX, se ha propuesto que la clave para entender la encarnación hay que encontrarla en la expresión “[Jesús] se despojó a sí mismo” (Fil. 2:7). Según esta idea, de lo que Jesús se despojó fue de la forma de Dios ('morphē theou', v.6). La Segunda Persona de la Trinidad dejó a un lado sus atributos divinos distintivos (omnipotencia, omnipresencia, etc.) y en su lugar adoptó las cualidades humanas. En efecto, la encarnación consistió en un intercambio de parte de la naturaleza divina por características humanas. Sus cualidades morales, como el amor y la misericordia, se mantuvieron. Aunque parece un acto sólo del Hijo, implica también al Padre. El Padre, al enviar al Hijo, fue como un padre que envía a su hijo al campo de misión. Una parte de él también fue con él.

Lo que tenemos aquí es un paralelismo en el campo de la cristología con la solución ofrecida por el monarquianismo modalista al problema de la Trinidad. Jesús no es Dios y hombre a la vez, sino sucesivamente. Con respecto a ciertos atributos, es Dios, después es humano, después es Dios de nuevo. La solución a la fórmula calcedoniana es mantener que Jesús es Dios y hombre al mismo respecto, pero no al mismo tiempo. Aunque esta idea resuelve algo de la dificultad, no explica la evidencia citada anteriormente sobre que los escritores de la Biblia consideraban a Jesús a la vez Dios y hombre. Es más, las indicaciones de una aparente encarnación continuada (ver, por ejemplo, 1 Ti. 3:16) parecen ir en contra de esta teoría, por muy innovadora que pueda ser.