La teoría de la satisfacción: la expiación como compensación al Padre

De todas las teorías que hemos examinado en apartados anteriores, la que considera con más claridad que el principal efecto de la muerte de Cristo es objetivo se denomina normalmente teoría comercial o de la satisfacción. Resalta que Cristo murió para satisfacer un principio que está en la naturaleza misma del Padre. No sólo es que la expiación no fue dirigida principalmente a la humanidad, sino que tampoco se trataba de ningún pago a Satanás.

Algunos de los teólogos latinos posteriores habían anticipado la teoría de la satisfacción. Porque manteniendo que la transacción con Satanás servía la causa de la justicia de Dios (o al menos no era incoherente con ella), reconocieron una dimensión de la expiación dirigida hacia Dios. Agustín y Gregorio el grande incluso habían argumentado que algo en la misma naturaleza de Dios exigía la expiación, pero no llegaron a desarrollar esta idea.

Se debería señalar que los teólogos latinos trabajaban en el contexto de la ley romana, que daba a sus declaraciones forma judicial. Anselmo (1033 -1109), arzobispo de Canterbury, vivió en un ambiente diferente. En el momento en que escribió, la estructura política había cambiado. No era el Imperio romano, sino el sistema feudal la fuerza más poderosa que estructuraba la sociedad. La justicia y la ley se habían convertido más en un asunto personal; las infracciones a la ley se consideraban una ofensa contra el señor feudal.

Además cada vez se ponía mayor énfasis en el concepto de la satisfacción. La Iglesia católica había ido desarrollado paulatinamente su sistema de penitencia: ofreciendo algún tipo de satisfacción, se podía evitar el castigo por las ofensas cometidas. Esto estaba en consonancia con un principio legal del tiempo: en asuntos de ofensa privada, se podía sustituir el castigo por distintas formas de satisfacción. En los tiempos de Anselmo el concepto de satisfacción se había convertido en una parte integral de la estructura feudal. Por tanto, encontramos en el pensamiento de Anselmo un cambio de imágenes respecto a los tratamientos anteriores de la expiación. Él representa a Dios como un señor feudal que, para mantener su honor, insiste en que obtener una satisfacción adecuada a cualquier ofensa contra él.

Anselmo trata la expiación en su obra principal "Cur Deus Homo?" El título indica la dirección del tratado. Anselmo intenta descubrir en primer lugar por qué Dios tomó la forma humana. El método empleado es mostrar que había una necesidad lógica para la expiación, y por tanto también para la encarnación.

Anselmo rechaza clara y definitivamente la forma estándar de la teoría del rescate, e incluso la modificación que de ella hizo Agustín. El problema está en la controversia de que Satanás tenía “derecho de posesión” sobre la humanidad. Anselmo niega este supuesto derecho. Los humanos pertenecen a Dios y a nadie más que a Dios. Incluso el demonio pertenece a Dios. Ni los humanos ni el demonio tienen poder que no proceda de él. Por tanto, Dios no tiene que comprarle a Satanás los humanos. La única obligación de Dios era castigar al que fue su siervo que había convencido a un sirviente para que le siguiera dejando al señor que tenían en común. No había ninguna necesidad de pagar un rescate al demonio.

La forma que tiene Anselmo de entender la expiación se basa fundamentalmente en su doctrina del pecado, porque la forma en que entendemos el pecado que influirá fuertemente en nuestra opinión sobre lo que se debe hacer para responder a él. Para Anselmo, el pecado básicamente es no cumplir con nuestras obligaciones ante Dios. Al no hacerlo, tomamos de Dios lo que es suyo por derecho y le deshonramos. Los pecadores debemos devolverle a Dios lo que le hemos robado. Pero no es suficiente con devolverle lo que le hemos robado. Porque al tomar lo que pertenece a Dios, le hemos herido; e incluso después de haberle devuelto lo que es suyo, debe haber una compensación adicional en reparación por el daño que hemos hecho. Una buena comparación serían las reglas de la justicia moderna que estipulan que un ladrón, además de devolver la propiedad robada a la victima, debe pagar por los daños o ir a prisión.

Dios siendo Dios, no sólo puede actuar para preservar su propio honor; sino que debe hacerlo. No puede simplemente pasarlo por alto. Por tanto, no puede simplemente perdonar o absolver el pecado sin castigarlo. No basta con que nosotros paguemos a Dios lo que le debemos. Tiene que haber una reparación adicional. Sólo con cierta forma de compensación añadida se puede restaurar el equilibrio que se ha perdido con el pecado. El pecado que queda sin castigo deja la economía de Dios desequilibrada.

El honor violado de Dios se puede restablecer de nuevo castigando a los humanos (condenándolos) o aceptando la satisfacción que se ha hecho en su nombre. Anselmo distingue cuidadosamente ambos conceptos. ¿Por qué Dios no se limitó a infligir castigos? Algunos teólogos dirían que como Dios es amor, preferiría recibir satisfacción antes que condenar a los humanos. Sin embargo, este no es el enfoque de Anselmo. Recordemos que él está intentando demostrar la necesidad de la encarnación. Siguiendo el argumento de Agustín, sostiene que algunos humanos necesariamente deben ser salvados, para compensar a Dios por la pérdida de los ángeles caídos. Como los ángeles caídos no pueden ser devueltos ni salvados, deben ser reemplazados por un número igual de humanos. Por tanto, Dios no puede castigar a todos los humanos; al menos algunos deben ser recuperados. Se tiene que producir una satisfacción en su nombre.

Pero ¿qué hay de la naturaleza y los medios para llevar a cabo esta satisfacción? Los humanos no podrían haber dado esa satisfacción en su propio nombre, porque incluso haciendo todo lo que eran capaces de hacer, no estarían haciendo otra cosa que no fuera lo que debían hacer para Dios. Como se había perjudicado a Dios, se necesitaba una satisfacción mayor. Además los humanos habían permitido que les venciera el demonio, el enemigo de Dios. Esta era una ofensa especialmente grave. La satisfacción también tenía que incluir una compensación especial por esta maldad, o sea vencer al demonio. ¿Cómo podía hacer esto ningún humano, debilitados como estaban por el pecado y habiendo sido ya vencidos por Satanás? Para que las cosas se pusieran en su lugar correcto en la economía del reino de Dios, alguien cualificado para representar a los humanos tenía que hacer algo por ellos. Fíjese lo unida que está la doctrina de Anselmo de la humanidad y el pecado con su doctrina de la expiación.

Este, por tanto, era el aprieto en el que se encontraban los humanos. Los humanos fueron hechos por Dios y se pretendía que eligieran, amaran y sirvieran al bien más alto: Dios. Sin embargo, no hicieron esto; en consecuencia les sobrevino la muerte. No obstante, Dios tenía necesariamente que salvar al menos a parte de la humanidad caída. Había que proporcionarle una satisfacción, para que esto se pudiese producir. Para ser eficaz, la satisfacción tenía que ser más grande de lo que todos los seres humanos eran capaces de realizar, ya que ellos sólo podían hacer lo que se pretendía que hicieran. Siendo así, sólo Dios podía ofrecer satisfacción. Sin embargo, para que sirviera a la humanidad en relación con Dios, tenía que ser llevada a cabo por un humano. Por lo tanto, la satisfacción tenía que ser realizada por alguien que fuera a la vez Dios y ser humano. En consecuencia, la encarnación era una necesidad lógica. Sin ella no podía haber satisfacción y por tanto, remisión del castigo.

Cristo, al ser Dios y hombre sin pecado, no merecía la muerte. No obstante, el ofrecimiento de su vida a Dios en nombre de la raza humana de la cual formaba parte fue más allá de lo que se exigía de él. Así, pudo servir como satisfacción genuina a Dios por los pecados de la humanidad. Pero, ¿era suficiente para cumplir lo que se exigía? ¿Fue suficiente el pago? Sí. Porque la muerte del hombre

–Dios, teniendo en cuenta que, siendo Dios, tenía poder sobre su propia vida (Jn. 10:18) y no tenía que morir, tiene valor infinito. De hecho, incluso que su cuerpo hubiera sufrido el daño más ligero, habría tenido un valor infinito.

El argumento de Anselmo estaba muy basado en la lógica. Excepto en unos pocos puntos, no hemos prestado demasiada atención a este hecho. Es importante tener en cuenta, no obstante, que él creía y representaba todos los puntos de su sistema teológico –la expiación, la encarnación– como una necesidad lógica.

Hemos visto que la muerte de Cristo es interpretada de muchas formas diferentes. Cada una de las teorías que hemos examinado aprovecha un aspecto importante de su obra. Aunque podríamos tener algunas objeciones importantes a algunas de las teorías, reconocemos que todas ellas poseen una dimensión de la verdad. En su muerte Cristo:

(1) Nos dio un ejemplo perfecto del tipo de dedicación que Dios desea de nosotros.

(2) Demostró la gran amplitud del amor de Dios.

(3) Subrayó la seriedad del pecado y la severidad de la justicia de Dios.

(4) Triunfó sobre las fuerzas del pecado y la muerte, liberándonos de su poder.

(5) Dio satisfacción al Padre por nuestros pecados.

Nosotros los humanos necesitábamos que se hicieran todas estas cosas por nosotros, y Cristo las hizo todas.

 

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