La teoría sociniana: la expiación como ejemplo

Fausto y Laelio Socinio, que vivieron en el siglo XVI, elaboraron una enseñanza cuya mejor representación hoy en día son los unitarios. Ellos rechazaban cualquier idea de la satisfacción vicaria. Hicieron un reconocimiento formal de los tres oficios de Cristo, pero en la práctica neutralizaron el oficio sacerdotal de dos maneras:

1. Mantuvieron que el ministerio de Jesús durante sus días en la tierra fue más profético que sacerdotal.

2. Afirmaban que su papel sacerdotal, cuyo lugar es el cielo, coincide con su oficio de rey en lugar de distinguirse de él.

El nuevo pacto del que habla Jesús implica un perdón absoluto en lugar de cierto tipo de sacrificio sustitutorio. El valor real de la muerte de Jesús se encuentra en el ejemplo bello y perfecto del tipo de dedicación que deberíamos practicar. La resurrección de Jesús es importante porque es la confirmación de sus enseñanzas y promesas. Para probar que el significado de la muerte de Cristo radica en cómo ésta nos sirve de ejemplo los socinianos apuntan hacia 1 Pedro 2:21: “Para esto fuisteis llamados, porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo para que sigáis sus pisadas.” Otros pasajes citados incluyen 1 Juan 2:6: “El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo.” Sin embargo, sólo en 1 Pedro 2:21 encontramos una conexión explícita entre el ejemplo de Cristo y su muerte.

Varios conceptos sostienen el entendimiento sociniano de la expiación. Uno es el punto de vista pelagiano de que la condición humana es capaz de cumplir espiritual y moralmente las expectativas de Dios. Otro es el concepto de que Dios no es un Dios de justicia retributiva, y por tanto no exige algún tipo de satisfacción por parte o en nombre de quien peca contra él. Finalmente, está el concepto de Jesús como meramente humano. Su muerte fue la de un simple humano en un mundo caído y pecador. Es importante, no de forma sobrenatural, sino como la expresión final de su papel como gran maestro de rectitud. Su muerte fue el ejemplo supremo de un hombre cumpliendo lo que Jehová requiere: “hacer justicia, amar misericordia y humillarte ante tu Dios” (Mi. 6:8). Jesús no sólo se limitó a decirnos que el primer y más grande mandamiento es “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente” (Lc. 10:27). También demostró lo que esto implicaba, y ha probado que un ser humano puede hacerlo. La muerte de Jesús, por tanto, es el ejemplo y la realización perfecta de lo que buscaba enseñar a lo largo de su vida. Como extensión de sus enseñanzas, sólo es cuantitativamente diferente de ellas.

Desde la perspectiva sociniana, la muerte de Jesús cumple dos necesidades humanas. Primero, cumple la necesidad de encontrar un ejemplo de ese amor total por Dios que debemos mostrar si queremos experimentar la salvación. Segundo, la muerte de Jesús nos da inspiración. El ideal del amor total por Dios es tan elevado que parece casi inalcanzable. La muerte de Jesús es la prueba de que tal amor entra dentro de la esfera de la realización humana. Lo que él pudo hacer, ¡nosotros también podemos hacerlo!

El punto de vista sociniano, por supuesto, debe enfrentarse al hecho de que numerosas porciones de las Escrituras parecen considerar la muerte de Jesús de forma bastante diferente. Hablan de rescate, sacrificio, sacerdocio, de soportar el pecado, y cosas similares. Fijémonos, de hecho, en la frase que sigue a los tres versículos del texto favorito de los socinianos (1 P. 2:21): “Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia. ¡Por su herida habéis sido sanados!” (v. 24). La respuesta habitual de los socinianos y de otros que tienen sus convicciones es que la expiación es sólo un concepto metafórico. Todo lo que se necesita, según ellos, para que Dios y el hombre tengan una relación de comunión es que el humano tenga fe y amor por Dios. Porque que Dios hubiera requerido algo más sería algo contrario a su naturaleza, y haber castigado a un inocente (Jesús) en lugar de a los culpables, hubiera sido contrario a la justicia. Más bien, se ha restaurado la relación que se pretendía que tuvieran Dios y los humanos mediante nuestra adopción personal de las enseñanzas de Jesús y del ejemplo que supuso su vida y especialmente su muerte.