La búsqueda de analogías sobre el concepto de Trinidad

El problema al elaborar una declaración sobre la doctrina de la Trinidad no es únicamente la de entender la terminología. Esto en sí mismo es bastante difícil; por ejemplo es difícil saber lo que significa “persona” en este contexto. Más difícil, no obstante, es entender las relaciones entre los miembros de la Trinidad. La mente humana ocasionalmente busca analogías que ayuden a entenderlas.

A nivel popular, a menudo se han utilizado analogías sacadas de la naturaleza física. Por ejemplo, una analogía muy utilizada es la del huevo: está compuesto de yema, clara y cáscara, todo junto para formar un huevo completo. Otra de las analogías favoritas es la del agua. Se puede encontrar en estado sólido, líquido y en forma de vapor. A veces se han utilizado otros objetos materiales como ejemplos. Un pastor, al instruir a su joven catecúmeno intentó clarificar las tres personas en una de Dios planteando la siguiente pregunta: “¿Pantalones es singular o plural?” Su respuesta fue que pantalones es singular en la parte superior y plural en la parte inferior.

La mayoría de las analogías sacadas del ámbito físico tienden a ser triteístas o modalistas en sus implicaciones. Por una parte, las analogías como la del huevo y los pantalones parecen sugerir que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son partes separadas de una naturaleza divina. Por otra parte, la analogía de las formas del agua tiene toques modalistas ya que hielo, agua líquida y vapor son modos de existencia. Una misma cantidad de agua no puede existir a la vez en los tres estados.

En los últimos años, algunos teólogos, explorando en los puntos de vista de la filosofía analítica, han utilizado de forma intencionada “transgresiones de categoría” gramatical o “calificadores de lógica extraña” para señalar la tensión entre la unidad y las tres personas. Ejemplos de estos intentos son frases como “Dios son uno” y “ellos es tres”. Sin embargo, estas frases extrañas sirven mejor para exponer el tema que para clarificarlo.

Una de las mentes más creativas en la historia de la teología cristiana fue Agustín. En "De Trinitate", que posiblemente es su obra más destacada, él vuelve su prodigioso intelecto hacia el problema de la naturaleza de la Trinidad. Reflexionó sobre esta doctrina durante toda su vida cristiana y escribió su tratado sobre el tema en un periodo de 20 años (399-419). En consonancia con la tradición occidental o latina, su teoría enfatizaba la unidad de Dios más que su triplicidad. Los tres miembros de la Trinidad no son individualidades separadas como lo son tres miembros de la raza humana. Cada miembro de la Trinidad es en su esencia idéntico a los otros o idéntico en su divina sustancia. Se distinguen en término de su relación dentro de la divinidad.

La contribución más importante de Agustín a la comprensión de la Trinidad es el de sus analogías sacadas del ámbito de la personalidad humana. Argumentó que como el ser humano está hecho a imagen de Dios, que es trino, es razonable esperar encontrar, mediante el análisis de la naturaleza humana, una reflexión, aunque débil, de la unidad trinitaria de Dios. Empezando con la declaración bíblica de que Dios es amor, Agustín señaló que hay tres elementos necesarios en el amor: el que ama, el objeto del amor y el amor que les une, o que al menos lo intenta. Aunque esta analogía ha recibido bastante atención, para Agustín únicamente fue un punto de partida, un trampolín para una analogía más significativa basada en el interior de la persona y, en particular, en su actividad mental en relación consigo mismo o con Dios. Ya en las "Confesiones", vemos la analogía basada en la persona interior, en la triada del ser, el saber y la voluntad. En "De Trinitate" la analogía basada en la actividad mental se presenta en tres etapas o tres trinidades:

1. La mente, su conocimiento de sí misma y su amor de sí misma. 

2. Recuerdo, entendimiento y voluntad. 

3. La mente recordando a Dios, conociendo a Dios y amando a Dios. 

Aunque las tres etapas de la analogía nos dan perspectiva de las relaciones mutuas entre las personas de la Trinidad, Agustín cree que la última de ellas es la más útil, razonando que cuando nos centramos conscientemente en Dios, es cuando más nos parecemos a nuestro Hacedor.

En la práctica incluso los cristianos ortodoxos tienen dificultades para ceñirse simultáneamente a los distintos componentes de la doctrina. Nuestro uso de estas analogías sugiere que quizá en la práctica tendamos a alternar entre el triteísmo, creer en tres Dioses iguales, muy relacionados entre sí, y el modalismo, creer en un Dios que tiene tres papeles diferentes o que se revela a sí mismo de tres maneras diferentes.

La sugerencia de Agustín de que se pueden sacar analogías entre la Trinidad y el ámbito de la personalidad humana es útil. Buscando formas de pensamiento o bases conceptuales sobre las que desarrollar una doctrina de la Trinidad, hemos visto que el ámbito de las relaciones individuales y sociales es una fuente más fructífera que el ámbito de los objetos físicos. Esto es cierto por dos razones. La primera es que el mismo Dios es espíritu; por lo tanto los dominios sociales y personales están más cerca de la naturaleza básica de Dios que el ámbito de los objetos materiales. La segunda es que existe un mayor interés hoy en día por los temas humanos y sociales que por el universo físico. Por ello, examinaremos dos analogías extraídas del ámbito de las relaciones humanas.

1. La primera analogía viene del ámbito de la psicología humana. Como persona consciente, puedo mantener un diálogo interno conmigo mismo. Puedo adoptar distintas posiciones e interactuar conmigo mismo. Puedo incluso hacer un debate conmigo mismo. Es más, soy una persona humana compleja con distintos papeles y responsabilidades que interactuan de forma dinámica entre sí. Cuando pienso en lo que debo hacer en una situación concreta el esposo, el padre, el profesor de seminario y el ciudadano americano que me componen se informan mutuamente. Un problema con esta analogía es que en la experiencia humana se ve con más claridad en situaciones de tensión y de competición que en momentos de armonía entre las diferentes posiciones y papeles del individuo. La disciplina de la psicología anormal nos aporta ejemplos extremos de guerra virtual entre los elementos constitutivos de la personalidad humana. Pero, por contraste, en Dios siempre hay una armonía, comunicación y amor perfectos.

2. La segunda analogía es la que procede de la esfera de las relaciones humanas interpersonales. Pongamos el caso de los gemelos idénticos. En un sentido, son la misma esencia, porque su genética es idéntica. Un trasplante de órgano de uno a otro se puede llevar a cabo con relativa facilidad, porque el cuerpo del receptor no rechazará el órgano del donante como si fuera algo extraño; lo aceptará como si fuera el suyo propio. Los gemelos idénticos también están muy cerca en muchos otros aspectos. Tienen intereses y gustos similares. Aunque tengan esposas distintas y diferentes jefes, les une un lazo muy íntimo. Y siguen sin ser la misma persona. Son dos, no uno.

Una idea de la historia de la doctrina, la concepción de la perichoresis, es especialmente útil. Esta enseña que la vida de cada una de las personas fluye a través de las otras, de manera que cada una de ellas sostiene la de las demás y cada una de ellas tiene acceso directo a la conciencia de las otras. Por lo tanto, el organismo humano sirve muy bien de ejemplo del Dios trino. Por ejemplo, el cerebro, el corazón y los pulmones de un individuo se sostienen y abastecen entre sí, y cada uno de ellos depende del otro. Los siameses que comparten un único corazón e hígado también sirven para ilustrar esta intercomunión. Sin embargo, estas, como todas las analogías se quedan cortas para explicar del todo la Trinidad. Necesitamos utilizar varias, unas que resalten la unicidad y otras que enfaticen la triplicidad.

Aunque no podemos ver completamente cómo se relacionan entre sí estos dos conceptos en contraste, los teólogos no son los únicos que deben mantener dos polaridades mientras trabajan. Para explicar el fenómeno de la luz, los físicos tienen que utilizar ondas y quantas, pequeñas porciones de energía, pero lógicamente no pueden ser las dos. Como dijo un físico: “El lunes, miércoles y viernes, pensamos en la luz como ondas; los martes, jueves y sábados pensamos en ella como partículas de energía.” Presumiblemente, los domingos a los físicos no les importa la naturaleza de la luz. Uno no puede explicar un misterio, pero puede reconocer su presencia.

La doctrina de la Trinidad es un ingrediente crucial para nuestra fe. Hay que adorar a cada uno de ellos, Padre, Hijo y Espíritu Santo, como debemos adorar al Dios trino. Y teniendo en cuenta su obra distintiva, es tan adecuado dirigir las oraciones de gracia y petición a cada uno de los miembros de la Trinidad, como a todos ellos de forma colectiva. Es más, el amor perfecto y la unidad dentro la divinidad modela la unidad y el afecto que debería caracterizar nuestra relación dentro del cuerpo de Cristo.

Parece que Tertuliano tenía razón al afirmar que la doctrina de la Trinidad debe haber sido divinamente revelada, no construida de forma humana. Es tan absurdo desde un punto de vista humano que nadie lo habría inventado. No mantenemos la doctrina de la Trinidad porque es evidente o lógicamente convincente por sí misma. La mantenemos porque Dios ha revelado que esto es como es. Como alguien ha dicho de esta doctrina:

Trata de explicarla, y perderás la cabeza;

pero trata de negarla, y perderás el alma.

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