El mal en general como resultado del pecado en general

Una doctrina fundamental de la teología desarrollada en este sitio es el hecho del pecado racial. Esto no quiere decir el pecado de raza contra raza, sino el hecho de que toda la raza humana ha pecado y ahora es pecadora. En Adán, como cabeza, toda la raza humana violó la voluntad de Dios y cayó del estado de inocencia en que Dios había creado la raza humana. En consecuencia, todos empezamos la vida con una tendencia natural al pecado. La Biblia nos dice que con la caída, el primer pecado, se produjo un cambio radical en el universo. La muerte llegó a la humanidad (Gn. 2:17; 3:2-3, 19). Dios pronunció una maldición sobre la humanidad, que quedó representada en ciertas cosas específicas: el dolor al dar a luz (3:16), dominio del hombre sobre la mujer (v. 16), trabajar duro la tierra (v. 17), espinos y cardos (v. 18); probablemente sólo unos ejemplos de los efectos reales en la creación. Pablo en Romanos 8 dice que toda la creación se ha visto afectada por el pecado humano, y ahora está en esclavitud de corrupción. Está esperando a que la rediman de esta esclavitud. Por lo tanto, parece probable que se haya producido toda una multitud de males naturales como resultado del pecado de los humanos. Vivimos en el mundo que Dios creó, pero no es exactamente como era cuando Dios lo terminó; ahora es un mundo caído y roto.

Un problema que surge en conexión con esta atribución del mal natural al pecado humano concierne a esos males que, según se sabe por la geología, parecen haber estado presentes en la tierra antes de los seres humanos. Algunos han sugerido que esos males fueron puestos ahí por Dios anticipadamente porque sabía que los hombres iban a cometer el pecado, pero esto resulta un tanto artificial. Parece que es mejor creer que estas condiciones estaban presentes desde el principio, pero que eran de carácter neutral. Los efectos malos de estos fenómenos pueden haber sido el resultado del pecado de los hombres. Por ejemplo, las capas de la tierra pueden desplazarse de forma natural (terremotos). Cuando la gente de forma poco inteligente, quizá como resultado de su codicia, construye sobre fallas geológicas, el desplazamiento de las capas de la tierra se convierte en un mal.

Sin embargo, más seria y obvia es la contribución de la caída al mal moral, esto es, el mal que está relacionado con los deseos humanos y su forma de actuar. Desde luego mucha de la pena y la infelicidad de los seres humanos es el resultado del mal estructural dentro de la sociedad. Por ejemplo, el poder puede estar en manos de unos pocos que lo utilizan para explotar a otros. La codicia a escala colectiva puede poner a un grupo social o de raza en condiciones penosas o miserables.

Una pregunta importante que debe plantearse es cómo pudo producirse el pecado en primera instancia. Si los hombres fueron creados buenos, o al menos sin una naturaleza mala, hechos a la imagen de Dios, y si la creación que Dios había hecho era “muy buena” (Gn. 1:31), entonces ¿cómo pudo suceder el pecado? ¿Qué pudo haber motivado ese pecado? Aquí recurrimos a la caída de Adán. En Génesis 3 leemos que la serpiente (seguramente el diablo) tentó a Eva. Aparentemente en un momento entre la terminación de la creación, que Dios dijo que era buena, y la tentación de Eva, se produjo la caída de Satanás. Por lo tanto, una fuerza maligna estaba presente en la creación, una fuerza que indujo en Adán y Eva el deseo que les llevó a pecar.

Pero ¿resuelve esto realmente el problema o sólo lo hace dar un paso atrás? Ahora la cuestión es ¿cómo es que pecaron los ángeles buenos, y en particular el que se convirtió en el diablo? Ya que estaban en presencia de Dios, ¿qué pudo conducirles a pecar? ¿No habría ya algún retazo de mal presente en la creación? ¿No habría algún pequeño componente pecaminoso aunque solo fuese una mota? Y si eso es así, ¿no habría sido Dios el autor de este pecado, y el responsable no sólo de este pecado sino de todos los demás que le siguieron a continuación?

Esta manera de pensar representa una forma de entender la naturaleza del pecado incorrecta, como si fuera una especie de sustancia necesaria para que ocurrieran estos actos. Se la podría denominar la “teoría del germen” del pecado: hay que “pillar” o “ser infectado por” el pecado. Pero no es necesario estar en contacto con alguien que se ha roto un hueso para rompérselo uno mismo; todo lo que se necesita es torcerse un miembro de mala manera, ¡y ya tenemos la rotura! De forma parecida, el pecado se produce cuando la voluntad y la relación de una persona con Dios se tuerce de mala manera, cuando de entre dos posibilidades se lleva a cabo la mala.

Para que los humanos sean realmente libres, tiene que haber una opción. La elección es obedecer o desobedecer a Dios. En el caso de Adán y Eva, el árbol de la ciencia del bien y del mal simbolizaba esta elección. La tentación de la serpiente apeló a los deseos que, en sí mismos no eran malos, pero que se podían expresar y llevar a cabo de forma equivocada (desobedeciendo a Dios). Cuando esto se hizo, se produjo una relación torcida o distorsionada con Dios. De hecho, una palabra para pecado lleva consigo la idea de torcer. Al producirse esta torcedura de la relación, el pecado se convirtió en realidad. Los humanos (y se entiende que también los ángeles caídos) se han visto muy afectados por el pecado: sus actitudes, valores y relaciones han cambiado.

Queda claro pues que Dios no creó el pecado. Él únicamente proporcionó las opciones necesarias para la libertad humana, opciones que podrían acabar en pecado. Fueron los humanos los que pecaron, y antes que ellos los ángeles caídos, no Dios. Algunos por supuesto podrían objetar que Dios debería haber impedido que ocurriese el pecado, o incluso su posibilidad.

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