El principio de la vida cristiana

En las enseñanzas de Jesús vemos que pone un énfasis especial en la obra del Espíritu Santo al iniciar a las personas en la vida cristiana. Jesús enseñó que la actividad del Espíritu es esencial tanto en la conversión, que desde la perspectiva humana es el comienzo de la vida cristiana, como en la regeneración, que desde la perspectiva de Dios es su comienzo.

La conversión es cuando el hombre se vuelve hacia Dios. Consta de un elemento negativo y de uno positivo: arrepentimiento, o sea, abandono del pecado; y fe, o sea, aceptación de las promesas y de la obra de Cristo. Jesús habló especialmente de arrepentimiento, y específicamente de convicción del pecado, que es el requisito previo para el arrepentimiento. Dijo: “Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. De pecado, por cuanto no creen en mí; de justicia, por cuanto voy al Padre y no me veréis más; y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado” (Jn. 16:8-11). Sin esta obra del Espíritu Santo, no habrá conversión.

La regeneración es la transformación milagrosa del individuo y la implantación de energía espiritual. Jesús le dejó muy claro a Nicodemo que la regeneración es esencial para ser aceptados por el Padre: “De cierto, de cierto te digo que el que no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios... el que no nace de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne, carne es; y lo que nace del Espíritu, espíritu es” (Jn. 3:3, 5-6). Está claro que la regeneración es un suceso sobrenatural, y es el Espíritu Santo el que lo produce. La carne (o sea, el esfuerzo humano) no es capaz de efectuar esta transformación. Ni esta transformación puede ser entendida por la mente humana. Jesús comparó esta obra del Espíritu con el viento que sopla: “El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo aquel que nace del Espíritu” (v. 8).

 

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