La vida cristiana

El Nuevo Testamento tiene mucho que decir sobre la base, naturaleza y desarrollo de la vida cristiana. Esta instrucción no sólo nos ayuda a entender la actividad santificadora de Dios en nosotros, sino que también nos guía para vivir la vida cristiana. En apartados anteriores examinamos ampliamente el concepto de la unión con Cristo como que en cierto sentido abarcaba toda la salvación, y su papel en la justificación. Sin embargo, más allá de eso, nuestro caminar continuado en la vida cristiana, nuestra santificación, depende de la unión con él. Jesús dejó esto bastante claro en su imagen de la vid y los pámpanos: “Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí y yo en él, este lleva mucho fruto, porque separados de mí nada podéis hacer.” (Jn. 15:4-5). Jesús ve la unión con él, que está muy ligada a cumplir los mandamientos (v. 10), como la clave de toda la vida cristiana del creyente. Llevar el fruto (v. 5), orar (v. 7) y finalmente el gozo (v. 11) dependen de ello.

Pablo expresó una idea similar en su deseo de “ganar a Cristo y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que se basa en la Ley, sino la que se adquiere por la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios y se basa en la fe. Quiero conocerlo a él y el poder de su resurrección, y participar de sus padecimientos hasta llegar a ser semejante a él en su muerte, si es que en alguna manera logro llegar a la resurrección de entre los muertos” (Fil. 3:8b-11). Aquí, ser como Cristo está conectado muy de cerca con un deseo de compartir su sufrimiento. Una expresión similar encontramos en Romanos 8:17: “Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados.” Aparentemente Pablo consideraba la unión con Cristo como un compromiso recíproco.