La salvación de los creyentes en el Antiguo Testamento

Un tema que puede que no tenga importancia práctica directa, pero que tiene implicaciones muy amplias es el estatus de los creyentes del Antiguo Testamento. ¿Su salvación tenía la misma base que la de los creyentes a partir de Pentecostés? ¿Su experiencia subjetiva de la vida cristiana fue la misma que la que tenemos hoy? Si había diferencias, ¿cómo afectan a nuestra manera de interpretar y aplicar el Antiguo Testamento?

En nuestro examen del estatus de la ley, señalamos que la justificación aparentemente tenía la misma base en los tiempos del Antiguo Testamento que en los del Nuevo Testamento. No era mediante obras, sino por la fe. Pero ¿qué hay de los otros aspectos de la salvación?

La regeneración es un tema particularmente problemático respecto a los creyentes del Antiguo Testamento. Algunos teólogos han expresado con bastante contundencia que los creyentes del Antiguo Testamento no estaban regenerados, y no podían estarlo porque el Espíritu Santo todavía no había sido dado y no sería dado hasta Pentecostés. Un representante de esta postura es Lewis Sperry Chafer:

"De los actuales ministerios del Espíritu Santo en relación con el creyente: regenerar, habitar, bautizar, sellar y llenar, nada desde luego se dice con respecto a que hayan sido experimentados por los santos en el Antiguo Testamento... los santos en el Antiguo Testamento reciben estas bendiciones sólo de forma teórica.... Se puede buscar en vano en el Antiguo Testamento evidencia de que los judíos pasaron de un estado de no salvación a uno de salvación, o de alguna declaración sobre los términos en que tal cambio se lleva a cabo...La idea de que el Espíritu Santo habita de forma permanente en el creyente de forma que este se convierte en un templo inalterable del Espíritu Santo pertenece sólo a esta etapa de la iglesia, y no tiene lugar en las circunstancias del judaísmo".

Esta posición es una conclusión deductiva extraída de la creencia de que la regeneración puede suceder sólo si el Espíritu Santo está en nosotros. No obstante no hay prueba real de que los creyentes del Antiguo Testamento no fueran regenerados. Por otra parte, hay varias consideraciones bíblicas que argumentan a favor de la regeneración en el periodo del Antiguo Testamento (o pre-Pentecostés).

Una consideración principal es que el lenguaje utilizado para describir el estatus de los santos del Antiguo Testamento es muy similar al que describe la regeneración de los creyentes del Nuevo Testamento. Moisés distinguía entre dos grupos en Israel. Estaban los que andaban en la dureza del corazón (Dt. 29:19-20). Se les llamaba “tercos” y “duros de cerviz” (Éx. 32:9; 33:3, 5; 34:9; Dt. 9:6, 13, Ez. 2:4). Un concepto similar lo expresa Esteban: “¡Duros de cerviz! ¡Incircuncisos de corazón y de oídos!” (Hch. 7:51). Ahora contrastemos con estas descripciones de las promesas de Moisés en Deuteronomio 30:6: “Y circuncidará Jehová, tu Dios, tu corazón, y el corazón de tu descendencia, para que ames a Jehová, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, a fin de que vivas.” El contraste es entre los que están circuncidados del corazón y los que no. Pablo aclara la expresión: “No es judío el que lo es exteriormente, ni es la circuncisión la que se hace exteriormente en la carne; sino que es judío el que lo es en lo interior, y la circuncisión es la del corazón, en espíritu y no según la letra. La alabanza del tal no viene de los hombres, sino de Dios” (Ro. 2:28-29). Arthur Lewis comenta: “Pablo por tanto enseñaba y creía que entre el número total de los judíos siempre había habido un grupo de verdaderos judíos, todos los que fueron salvados por la fe y limpiados desde dentro, habiendo sido sus corazones alterados (“circuncidados”) para conformarse a la voluntad de Dios”.

Además del parecido en el lenguaje que refleja la condición de los creyentes del Antiguo y el Nuevo Testamento, las descripciones del Antiguo Testamento de los cambios en los corazones humanos se parecen mucho a las descripciones del Nuevo Testamento sobre el nuevo nacimiento. Samuel le dijo a Saúl: “Entonces el espíritu de Jehová vendrá sobre ti con poder y profetizarás con ellos, y serás mudado en otro hombre” (1 S. 10:6). Esta promesa se cumplió inmediatamente: “Aconteció luego, que apenas volvió él la espalda para apartarse de Samuel, le mudó Dios el corazón; y todas estas señales acontecieron en aquel día” (v. 9). El Espíritu de Dios vino poderosamente sobre Saúl y él profetizó. En Isaías 57:15 Dios declaró su intención: “para reavivar el espíritu de los humildes y para vivificar el corazón de los quebrantados”. El verbo hebreo literalmente significa “hacer que viva”. Dios promete dos veces en Ezequiel (11:19-20, 36:25-26) reemplazar el corazón de piedra con un corazón nuevo, un corazón de carne. Todas estas referencias parecen ser algo más que meras expresiones figurativas. Lo que están describiendo es una transformación como la que Jesús describió a Nicodemo, mucho antes de Pentecostés. Es difícil creer que estaba describiendo algo que no estaría al alcance hasta unos años después, o que los apóstoles no nacieron de nuevo hasta Pentecostés.

El tema que nos ocupa aquí, sin embargo, es si los santos del Antiguo Testamento experimentaron la santificación. Es significativo que en el Antiguo Testamento encontremos destacados ejemplos de lo que el Nuevo Testamento denomina “el fruto del Espíritu”. Observemos, por ejemplo, que Noé y Job eran ambos hombres justos, de conducta intachable (Gn. 6:9; Job 1:1, 8). Se presta atención especial a la fe de Abraham, a la bondad de José, a la modestia de Moisés, a la sabiduría de Salomón, al autocontrol de Daniel. Aunque estos hombres no experimentaron lo que era tener el Espíritu Santo dentro de ellos, desde luego sí estaban bajo su influencia.

En contraste con estas similitudes que hemos señalado, hay dos maneras en las que la salvación que tuvieron y experimentaron los creyentes del Antiguo Testamento se diferencia de la del Nuevo Testamento. Aunque se basaba totalmente en la obra de Cristo, la gracia en el Antiguo Testamento se recibía de forma indirecta. Los creyentes del Antiguo Testamento no sabían cómo se había llevado a efecto la gracia. No entendían que su rectitud era anticipatoria: se conseguía mediante la futura muerte del Hijo de Dios encarnado. Esta gracia se conseguía además a través de los sacerdotes y de sacrificios rituales; no a través de una relación directa y personal con Jesucristo. La segunda diferencia era la relativa exterioridad de la gracia del Antiguo Testamento. El Espíritu Santo no estaba dentro, pero ejercía una influencia externa, por ejemplo mediante la palabra escrita y hablada. La presencia de Dios estaba representada visiblemente mediante el Lugar Santo y el Lugar Santísimo en el tabernáculo y el templo. La ley era un código escrito externo más que un Espíritu que imparte la verdad al corazón, como luego sería el caso (Jn. 14:26). Pero a pesar de estas diferencias, el santo del Antiguo Testamento, al igual que el creyente del Nuevo Testamento, maduraba en santidad a través de la fe y la obediencia a los mandamientos de Dios. Este progreso espiritual era la obra de Dios.

Si hubiera diferencias radicales entre la salvación de los creyentes en el Antiguo Testamento y los cristianos a partir de Pentecostés, nos inclinamos a pensar que el patrón que encontramos en el Nuevo Testamento es también una forma variable sujeta a cambio. Pero el hecho de que la esencia de la salvación haya permanecido inalterable a lo largo de tiempos y culturas muy distintos, con sólo pequeñas variaciones atribuibles a la revelación progresiva, indica que el patrón de salvación del Nuevo Testamento también va a ser el nuestro.

La vida cristiana, como hemos visto, no es un proceso estático en el que uno se salva y después simplemente reposa en ese conocimiento. Es un proceso de crecimiento y progreso, que se vive no mediante nuestras propias fuerzas como cristianos, sino con el poder y la guía del Espíritu Santo. Y es un proceso de cambio y satisfacción.

 

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