El orden lógico de la salvación

Debemos preguntarnos si la regeneración es por lógica anterior a la conversión o si lo contrario es cierto. Este es un tema que tradicionalmente ha separado a los arminianos de los calvinistas. Los arminianos dicen que la conversión es anterior. Es un requisito previo para el nacimiento nuevo. Uno se arrepiente y cree, y en consecuencia Dios salva y transforma. Si eso no fuera así, se produciría una situación casi mecánica: Dios lo haría todo; no habría realmente ningún elemento de respuesta humana; y el llamamiento a la conversión a aquellos que escuchan el evangelio sería insincero. Los calvinistas, por otro lado, insisten en que si todas las personas son auténticos pecadores, totalmente depravados e incapaces de responder a la gracia de Dios, nadie puede convertirse a menos que sea regenerado previamente. El arrepentimiento y la fe no son capacidades humanas.

Aquí no estamos hablando de sucesión temporal. La conversión y el nacimiento nuevo suceden de forma simultánea. Más bien la cuestión es si uno se convierte por la obra regeneradora de Dios o si Dios regenera al individuo porque se arrepiente y cree. Se debe reconocer que, desde un punto de vista lógico, la posición calvinista habitual tiene sentido. Si nosotros, humanos pecadores, somos incapaces de creer y responder al evangelio de Dios sin que él obre de manera especial en nosotros, ¿cómo puede nadie creer, ni siquiera los elegidos, a menos que antes se les haya hecho ser capaces de creer mediante la regeneración? Decir que la conversión es anterior a la regeneración parecería una negación de la depravación total.

No obstante, la evidencia bíblica favorece la posición de que la conversión es anterior a la regeneración. Diferentes llamamientos a responder al evangelio implican que la conversión trae como resultado la regeneración. Entre ellos está la respuesta de Pablo al carcelero de Filipos (estamos asumiendo que la regeneración es parte del proceso de ser salvos): “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo tú y tu casa” (Hch. 16:31). Pedro hace una declaración similar en su sermón de Pentecostés: “Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hch. 2:38). Este parece ser el patrón a lo largo de todo el Nuevo Testamento. Incluso John Murray, que inequívocamente considera la regeneración como anterior, parece negar su propia posición cuando dice: “La fe de la que estamos hablando ahora no es la creencia de que hemos sido salvados, sino la confianza en Cristo para que podamos ser salvados”. A menos que Murray no considere la regeneración como parte del proceso de la salvación, parece estar diciendo que la fe es instrumental para la regeneración y por lo tanto, lógicamente anterior a ella.

La conclusión entonces es que Dios regenera a aquellos que se arrepienten y creen. Pero esta conclusión parece incoherente con la doctrina de la incapacidad total. ¿Estamos divididos entre las Escrituras y la lógica en este punto? Hay una salida. Es la de distinguir entre el llamamiento especial o efectivo de Dios por una parte, y la regeneración por otra. Aunque nadie puede responder al llamamiento general del evangelio, en el caso de los elegidos Dios obra intensamente a través de un llamamiento especial para que ellos respondan con arrepentimiento y fe. Como resultado de esta conversión, Dios los regenera. Este llamamiento especial es simplemente una obra intensa y efectiva del Espíritu Santo. No es la transformación completa que constituye la regeneración, sino que hace que la conversión del individuo sea posible y segura. Por lo tanto, el orden lógico de los aspectos iniciales de la salvación es llamamiento especial – conversión – regeneración.

Implicaciones del llamamiento efectivo, la conversión y la regeneración:

1. La naturaleza humana no puede verse alterada por las reformas sociales o la educación. Debe ser transformada por una obra sobrenatural del Dios Trino.

2. Nadie puede predecir o controlar quién experimentará el nacimiento nuevo. Al final es obra de Dios; la conversión depende de su llamamiento efectivo.

3. El comienzo de la vida cristiana exige que reconozcamos que somos pecadores y que estemos decididos a abandonar nuestra forma de vida egoísta.

4. La fe salvadora requiere que creamos correctamente en lo que respecta a la naturaleza de Dios y lo que ha hecho. Sin embargo, creer correctamente es insuficiente. Debe haber también un compromiso activo personal con Dios.

5. La conversión de una persona puede ser radicalmente diferente a la de otra. Lo que importa es que haya un arrepentimiento y una fe genuinos.

6. El nacimiento nuevo no se nota cuando sucede. Más bien, establece su presencia produciendo una nueva sensibilidad hacia las cosas espirituales, una nueva dirección en la vida, una habilidad cada vez mayor para obedecer a Dios.