Una solución al problema de la salvación
Los defensores de cada una de estas dos posiciones opuestas (calvinismo o arminianismo) tienen argumentos persuasivos a los que pueden acudir para apoyar sus posiciones. ¿Hay verdad en ambos, o debemos escoger entre uno de los dos? Una manera de tratar este problema es examinar dos pasajes bíblicos clave que respectivamente son los principales textos en los que se apoyan cada una de las teorías. Estos pasajes son Juan 10:27-30 y Hebreos 6:4-6.
Las palabras de Jesús en Juan 10:27-30 constituyen una poderosa declaración de seguridad: el versículo 28 es especialmente enfático: “Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano.” En la frase “y no perecerán jamás” Juan utiliza un doble negativo ('ou mē') con el aoristo subjuntivo, que es una manera muy enfática de declarar que algo no sucederá en el futuro. Jesús está excluyendo categóricamente la más remota posibilidad de apostasía en su oveja. Una traducción literal sería algo así como: “no perecerá, repito, no perecerá, en lo más mínimo”. Esta afirmación va seguida por la declaración de que nadie puede arrebatar a los creyentes de la mano de Jesús ni de la mano del Padre (vv. 28-29). En conjunto, este pasaje es el rechazo más contundente que se puede hacer a la idea de que un verdadero creyente puede recaer.
Los arminianos argumentan que Hebreos 6 presenta igualmente de manera enfática su posición. El pasaje parece estar lo suficientemente claro: “Es imposible que los que una vez fueron iluminados, gustaron del don celestial, fueron hechos partícipes del Espíritu Santo y asimismo gustaron de la buena palabra de Dios y los poderes del mundo venidero, y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento” (vv. 4-6a). La descripción aparentemente es la de personas que de verdad estaban salvadas y que abandonaron la fe y por tanto perdieron su salvación. Sin embargo, debido a la complejidad del tema y al material del pasaje han surgido una serie de interpretaciones:
1. El escritor tenía en mente a personas genuinamente salvas que perdieron su salvación. Se debería señalar que una vez que han perdido la salvación, ya no hay manera de que vuelvan a conseguirla de nuevo. El único elemento inequívoco en este pasaje es que es imposible renovarles la salvación (v. 4a), un punto que muchos arminianos ignoran.
2. Las personas que se tienen en consideración nunca estuvieron regeneradas. Simplemente degustaron la verdad y la vida, estuvieron expuestas a la palabra de Dios; no experimentaron plenamente estos dones celestiales. En realidad apostataron, pero desde la cercanía de la verdad espiritual, no desde su mismo centro.
3. Las personas de las que se habla están genuina y permanentemente salvadas; no están perdidas. Su salvación es real, la apostasía es hipotética. Esto es, la condición no llega a producirse. El escritor únicamente está describiendo lo que ocurriría si la persona elegida recayera (algo imposible).
Tras un examen detenido, la segunda explicación es difícil de aceptar. Lo vívido de la descripción, y particularmente la frase: “fueron hechos partícipes en el Espíritu Santo” argumenta en gran medida en contra de que la gente que se tiene en mente esté (al menos por un tiempo) regenerada. La elección, por lo tanto, debe hacerse entre la primera y la tercera opción.
Parte de la dificultad de la interpretación procede de la ambigüedad de la palabra traducida por “si cometieron apostasía” o “recayeron”. La palabra es 'parapesontos', que es un participio adverbial. Como tal, se puede traducir de muchas maneras diferentes. H. E. Dana y Julius Mantey enumeran diez usos posibles del participio adverbial; puede, por ejemplo, denotar causa, tiempo, concesión, y lo que es importante aquí para nuestros propósitos, condición. Por tanto una traducción legítima de 'parapesontos' sería “si recayeran”, pero también se podría traducir de muchas otras maneras, como por ejemplo “cuando recaigan” o “porque recayeron”. El significado en casos así debe estar determinado por el contexto. El elemento clave en el contexto presente lo encontramos en el versículo 9: “Pero en cuanto a vosotros, amados, estamos persuadidos de cosas mejores, pertenecientes a la salvación, aunque hablamos así.” Este versículo se podría entender que implica que la gente descrita en los versículos 4-6, al contrario que la gente a la que va dirigido Hebreos, no está
En este punto alguien podría preguntar: si la salvación es segura y permanente, ¿a qué se deben las advertencias y las órdenes que se dan al creyente? La respuesta es que son medios a través de los cuales Dios garantiza que el individuo salvado no recaiga. Pensemos en la analogía de los padres que temen que su hijo pequeño salga a la calle y le atropelle un coche. Una manera de evitar que esto suceda es colocar una valla alrededor del jardín. Esto evitaría que el niño saliese del jardín, pero también limitaría la libertad del niño. Aunque lo intentara, no podría salir del jardín. Esta es la idea que algunos tienen de la perseverancia. Otra posibilidad es que los padres enseñen y preparen a los niños para el peligro que supone salir a la calle y la importancia de tener cuidado. Esta es la naturaleza de la seguridad que estamos discutiendo. No es que Dios haga que la apostasía sea imposible eliminando la opción misma. Más bien, lo que hace es utilizar todos los medios posibles de gracia, incluyendo las advertencias de las Escrituras, para motivarnos a seguir comprometidos con él. Como nos capacita para perseverar en nuestra fe, el término perseverancia es preferible al de conservación.
¿Pero qué pasa con la afirmación de que las Escrituras recogen ejemplos reales de apostasía? Cuando se examinan detenidamente, estos ejemplos parecen mucho menos impresionantes que a primera vista. Algunos casos, como el de Pedro, se deberían considerar más como una deserción que como apostasía. Pedro negó al Señor en un momento de debilidad, no fue un acto de rebelión deliberada y voluntaria; fue algo temporal, no permanente. Es difícil, por otra parte, saber cómo clasificar la situación del rey Saúl ya que vivía según el antiguo pacto. En cuanto a Judas, había señales tempranas de que no estaba regenerado. Pensemos en particular en la referencia que se hace a que era ladrón (Jn. 12:6). En el caso de Himeneo y Fileto: “que se desviaron de la verdad diciendo que la resurrección ya se efectuó, y trastornan la fe de algunos” (2 Ti. 2:18), no hay indicación alguna de que hayan sido alguna vez defensores convencidos de la verdad, o de que esta haya sido parte intrínseca de sus vidas. De hecho, los versículos siguientes, en contraste, se centran en los creyentes seguros: “Pero el fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: “Conoce el Señor a los que son suyos” y “Apártese de maldad todo aquel que invoca el nombre de Cristo” (v. 19). La referencia a Himeneo y Alejandro en 1 Timoteo 1:19-20 es muy difícil de interpretar, ya que no sabemos con precisión lo que quiere decir Pablo con “a quienes entregué a Satanás para que aprendan a no blasfemar”. Como en 2 Timoteo 2:17-18, esta referencia tiene que verse a la luz de las declaraciones de Pablo en 1 Timoteo 1:6-7 sobre las personas que se han desviado en discusiones vanas. La afirmación de Pablo de que no entienden lo que están diciendo, puede muy bien implicar que no son creyentes auténticos. La cercanía de 1 Timoteo 1:6-7 a la referencia de Himeneo y Alejandro (vv. 19-20) y el uso de la palabra clave 'astocheō' “desviarse” de la verdad tanto en 1 Timoteo 1:6 como en la referencia a Himeneo y Fileto (2 Ti. 2:18), puede indicar que las dos situaciones eran similares. Himeneo y Alejandro pueden haber sido creyentes que fueron castigados y disciplinados por haberse desviado de la verdad, o puede que hubieran sido individuos implicados superficialmente que fueron expulsados de la comunidad. En cuanto a los demás nombre citados por los arminianos (por ejemplo Demas), no hay pruebas suficientes que garanticen la conclusión de que fueran verdaderos creyentes que recayeron.
Incluso menos fiables son los ejemplos citados de las personas contemporáneas que supuestamente en un momento dado fueron creyentes verdaderos y después recayeron. La dificultad aquí está en que también podemos citar ejemplos de personas que según su propio testimonio nunca fueron realmente cristianos, sino que se creyó que lo eran. Es más, debemos tener cuidado en distinguir los casos de deserciones temporales, como la de Pedro, de los auténticos abandonos de la fe. Es necesario preguntar sobre alguien que parece haber perdido la fe si ya está muerto. Es más, hay que señalar que la Biblia no justifica que a toda persona que haga una profesión de fe visible se la debe considerar ya como regenerada. Jesús advirtió en contra de los falsos profetas, que vienen vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces (Mt. 7:15). Tienen que ser evaluados por sus frutos y no por lo que dicen (vv. 16-20). El día del juicio esa gente le llamara “Señor, Señor” y dirán que profetizaron en su nombre, que echaron demonios, y que hicieron milagros en su nombre (v. 22). Todo eso puede que sea cierto. Sin embargo, no serán esas personas las que entren en el reino de los cielos, sino los que hagan la voluntad del Padre (v. 21). La última palabra de Jesús sobre los creyentes falsos será: “Nunca os conocí. ¡Apartaos de mí, hacedores de maldad!” (v. 23). La parábola del sembrador (Mt. 13:1-9; 18-23) es otra indicación de que lo que parece ser fe genuina puede ser algo muy diferente. Puede que sea simplemente una respuesta superficial y temporal: “El que fue sembrado en pedregales es el que oye la palabra y al momento la recibe con gozo, pero no tiene raíz en sí, sino que es de corta duración, pues al venir la aflicción o la persecución por causa de la palabra, luego tropieza” (vv. 20-21). A la luz de lo que Jesús dijo en Mateo 7:16-20, parece que sólo los creyentes que están realmente regenerados dan fruto, ya sean treinta, sesenta o cien (Mt. 13:23). De forma similar, hablando de materias escatológicas, Jesús señaló que la perseverancia es la marca distintiva del auténtico creyente: “y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará. Pero el que persevere hasta el fin, este será salvo” (Mt. 24:12-13); ver también Mt. 10:22; Mr. 13:13). Finalmente, señalamos que Jesús nunca consideró que Judas estuviera regenerado. A la confesión de fe de Pedro: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Jn. 6:68-69). Jesús respondió: “¿No os he escogido yo a vosotros los doce, y uno de vosotros es diablo?” (v. 70). Judas aunque no era un creyente, tenía un papel muy importante en el esquema de la redención. De las consideraciones anteriores resulta claro que, según el punto de vista de Jesús, no todos los que parecían creyentes lo eran realmente. Concluimos que los que parece que recayeron nunca habían estado previamente regenerados.
Las implicaciones prácticas de nuestra forma de entender la doctrina de la perseverancia es que los creyentes pueden estar seguros de que su salvación es permanente; nada les puede separar del amor de Dios. Por tanto se pueden alegrar ante la esperanza de la vida eterna. No tienen por qué sentir ansiedad ante la idea de que alguien o algo les vaya a apartar de conseguir la bendición final que les ha sido prometida y que están esperando. Sin embargo, por otra parte, nuestra forma de entender la doctrina de la perseverancia no deja espacio para la indolencia o la lasitud. Es cuestionable que alguien que piense: “Ahora que soy cristiano puedo vivir como quiera” pueda estar realmente convertido o regenerado. Al contrario, de la fe genuina surge el fruto del Espíritu. La seguridad de la salvación, la convicción subjetiva de ser cristiano, proviene de la evidencia que da el Espíritu Santo de estar obrando en la vida del individuo. La obra del Espíritu trae como consecuencia la convicción bíblica de que Dios permitirá al cristiano persistir en esa relación, que nada podrá separar al auténtico creyente del amor de Dios.
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