Importancia epistemológica
La cuestión epistemológica es simplemente: ¿Cómo lo sabemos? Algunas afirmaciones de la Biblia son, al menos potencialmente, verificables o falseadas independientemente. Esto es, las referencias a los temas históricos o científicos se pueden descubrir, dentro de la limitación de los métodos históricos y científicos y de los datos disponibles, que son verdaderos o falsos. Algunos otros asuntos, como las afirmaciones doctrinales sobre la naturaleza de Dios y la expiación, trascienden el campo de la experiencia sensorial. No podemos comprobar su verdad o validez empíricamente. Si se pudiese comprobar que la Biblia tiene errores en esos campos donde su afirmaciones pueden ser verificadas, ¿sobre qué base posible continuaríamos manteniendo su infalibilidad en áreas en las que no podemos verificar lo que dice?
Pongámoslo de otra manera. Nuestra base para mantener la verdad de cualquier proposición teológica es que la Biblia la enseña. Sin embargo, si concluyéramos que ciertas proposiciones (históricas o científicas) enseñadas por la Biblia no son ciertas, las implicaciones son amplias. No podemos pues continuar defendiendo otras proposiciones sólo basándonos en que la Biblia las enseña. No es que se haya probado que estas otras proposiciones sean falsas, sino que nosotros no podemos estar seguros de que sean verdaderas. Debemos profesar el agnosticismo en lo que se refiere a ellas o encontrar otras bases para mantenerlas. Como se ha abrogado el principio de que todo lo que enseña la Biblia es necesariamente cierto, el mero hecho de que la Biblia enseñe estas otras proposiciones es una base insuficiente por sí misma para mantenerlas. Uno puede seguir manteniendo estas proposiciones, por supuesto, pero no gracias a la autoridad de la Biblia.
Este punto a menudo es considerado (e incluso ridiculizado) como una especie de teoría del dominó: “falsa una, falsas todas.” Sin embargo, este análisis es bastante superficial. Ya que los que mantienen esta posición no están sugiriendo que todas las otras proposiciones sean falsas; simplemente están pidiendo una base que mantenga estas otras proposiciones. Otro resumen más preciso de su posición sería: “falsa una, inciertas todas.” Seguramente podría suceder que todas las afirmaciones de la Biblia que están sujetas a evaluación empírica fueran ciertas, pero algunas de las afirmaciones trascendentales no lo fueran. En ese caso, sin embargo, habría al menos una presunción a favor de la verdad de las últimas. Pero si se prueba que algunas de las primeras son falsas, ¿sobre qué base posible seguiríamos manteniendo las últimas?
Es como si fuéramos a escuchar una conferencia sobre algún tema esotérico del que no sabemos demasiado. El conferenciante podría hacer muchas afirmaciones que estuvieran fuera de nuestra experiencia. No tenemos manera de evaluar su verdad. Lo que dice suena muy profundo, pero podría ser simplemente un galimatías rimbombante. Pero supongamos que durante unos minutos el conferenciante habla sobre un tema que nosotros conocemos bastante bien. Aquí detectamos varias afirmaciones erróneas. ¿Qué deberíamos pensar de las otras afirmaciones, cuya veracidad no podemos comprobar? Concluiremos sin duda que en ellas también puede haber imprecisiones. La credibilidad, una vez comprometida, no es fácil de recuperar o mantener en otras materias.
Por supuesto, se puede continuar sosteniendo las afirmaciones teológicas con una distinción ad hoc, manteniendo que la autoridad bíblica se aplica sólo a las verdades trascendentes o doctrinales. Al hacer esto libraremos a esas proposiciones de una posible refutación. Pero quizá la fe se ha convertido en nada más que, parafraseando a Mark Twain, “creer en lo que no sabes, no es así” ¿Cuál es el precio de adoptar tal recurso? Ser inmune a la refutación se puede haber conseguido al precio de que tenga sentido la afirmación de que las enseñanzas bíblicas son verdad. Ya que si no se permite que haya nada en contra de la veracidad de las enseñanzas bíblicas ¿puede haber algo a su favor? (Una declaración cognitiva es capaz de ser verdadera o falsa, y por tanto debe ser posible especificar lo que podría estar a su favor o en su contra). Aunque esto superficialmente puede parecerse al principio de verificación del positivismo lógico, hay una diferencia significativa, ya que en este caso los medios de verificación (y por lo tanto la medición del significado) no son necesaria y exclusivamente datos de los sentidos.
Se puede abandonar la afirmación: “Todo lo que enseña la Biblia es verdad,” y tomar todavía una postura llamémosla puramente fideista: “Creo estas cosas no porque estén en la Biblia, sino porque yo escojo creer en ellas,” o “Escojo creer todas las afirmaciones de la Biblia que no han sido (o no han podido ser) rebatidas.” O se puede encontrar una manera independiente de establecer estos principios. En el pasado, esto ha seguido diversos canales. Algunos teólogos liberales desarrollan la base de sus doctrinas sobre una filosofía de la religión. Aunque Karl Barth y los neoortodoxos encuentran la verificación de las doctrinas en una directa presencia personal de Dios, Barth titula la forma reconstituida de su obra magna "Dogmática eclesial", lo cual sugiere que estaba empezando a apoyar sus puntos de vista en parte en la autoridad de la iglesia. Wolfhart Pannenberg ha intentado basar la teología en la historia, utilizando métodos sofisticados de la historiografía. En la medida en que los evangélicos abandonen la posición de que todo lo que las Escrituras enseñan o afirman es verdad, se buscarán nuevas bases para la doctrina. Muy bien podría ser a través del resurgir de una filosofía de la religión o lo que es más probable dada la orientación “relacional” actual, basando la teología en las ciencias del comportamiento, como la psicología de la religión. Pero cualquiera que sea la forma que tome una base alternativa, la lista de principios probablemente se acortará, ya que es difícil establecer la Trinidad o el nacimiento virginal de Cristo sobre un argumento filosófico o sobre la dinámica de las relaciones interpersonales.
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