Enfoque alternativo

Hemos visto que estas dos posiciones en apariencia mutuamente excluyentes tienen ciertos puntos fuertes y débiles. ¿Existe alguna manera de unir la cristología desde abajo con la cristología desde arriba para conservar los mejores elementos de ambas y minimizar sus problemas? ¿El Cristo kerigmático y el Jesús histórico, la fe y la razón pueden ir juntos? Los evangélicos se preocupan por retener a ambos. Esta preocupación surge en parte porque los evangélicos entienden que la revelación es tanto los hechos históricos como la interpretación que se hace de ellos. Estos son dos medios complementarios y armónicos mediante los cuales Dios se manifiesta a sí mismo. Ambos son por lo tanto fuentes para su conocimiento. Proponemos aquí un análisis conceptual y un modelo que puede aclarar este tema.

Como al Jesús de la historia se le enfoca mediante la razón y al Cristo kerigmático mediante la fe, aparentemente nos encontramos ante un caso clásico de dicotomía fe-razón. Aunque en la forma tradicional la fe y la razón filosófica están relacionadas, aquí lo que se relaciona es la fe con la razón histórica. En ambos casos, la cuestión es la utilidad y el valor de la razón como justificación para la fe.

En el terreno filosófico hay tres posiciones básicas respecto a los papeles relativos de la fe y la razón. Hay tres posiciones similares en el terreno histórico:

1. La cristología desde arriba es básicamente fideística. En particular en la forma expuesta por Brunner y otros teólogos existencialistas, se extrae en gran parte del pensamiento de Søren Kierkegaard. Según esta posición, nuestro conocimiento de la deidad de Jesús no se basa en ningún hecho históricamente probable sobre su vida terrenal. Es una fe basada en la fe de los apóstoles como se enuncia en el kerygma.

2. A la inversa, la cristología desde abajo es principalmente tomista. Intenta demostrar el carácter sobrenatural de Cristo partiendo de las evidencias históricas. Por eso, la deidad de Cristo no es una presuposición, sino una conclusión del proceso. Es un llamamiento a la razón histórica, no a la fe o la autoridad. Mientras que en el primer modelo predomina la fe, en el segundo lo hace la razón.

3. Hay otro modelo posible, esto es, el agustiniano. En este modelo, la fe precede, pero no permanece permanentemente independiente de la razón. La fe proporciona la perspectiva o el punto de partida desde el cual puede funcionar la razón permitiendo entender lo que de otra manera no se podría entender.

Cuando este modelo se aplica a la construcción de una cristología, el punto de partida es el kerygma, la creencia y la predicación de la iglesia sobre Cristo. El contenido del kerygma sirve como hipótesis para interpretar e integrar los datos aportados por la investigación al Jesús histórico. Según esta posición, la interpretación que la primera iglesia hace de Cristo o su fe él nos permite sacar mejor sentido a los fenómenos históricos que cualquier otra hipótesis. Por tanto, nuestro modelo alternativo no es la cristología desde abajo, que, ignorando el kerygma, conduce a enigmas al intentar entender el “misterio de Jesús,” como lo denominaban a menudo los teólogos del siglo XIX. Nuestro modelo tampoco es una infundada cristología desde arriba, construido sin referencia a la vida terrenal de Jesús de Nazaret; más bien, se prueba, apoya y justifica en los factores históricos demostrables de quién y qué era y reclamaba ser Jesús.

Nuestro modelo implica no seguir sólo la fe ni la razón histórica, sino ambas juntas entrelazadas, mutuamente dependientes, de manera simultáneamente progresiva. Una familiaridad progresiva con el Cristo kerigmático nos permitirá entender e integrar más de los datos de la investigación histórica. De la misma manera, un mayor entendimiento del Jesús de la historia nos persuadirá más completamente de que la interpretación de los apóstoles del Cristo de la fe es verdadera.

Hay una base bíblica para esta opinión. Algunos de los que conocían las palabras y obras de Jesús muy bien no llegaron a tener un conocimiento adecuado de él por ello. Por ejemplo, los fariseos vieron a Jesús realizar milagrosas curaciones mediante el poder del Espíritu Santo (Mt. 12:22-32; Mr. 3:20-30; Lc. 11:14-23). Aunque sin duda estaban familiarizados con las tradiciones judías y probablemente habían observado a Jesús durante algún tiempo, su valoración era: “Está expulsando demonios mediante el príncipe de los demonios.” De alguna manera ellos no supieron sacar la conclusión adecuada, aunque poseían un conocimiento de los hechos. Incluso esos que estaban más cerca de Jesús no fueron capaces de conocerle del todo. Judas le traicionó. Los otros discípulos no se dieron cuenta del significado de su crucifixión y ni siquiera de su resurrección. Las autoridades religiosas obviamente sabían que la tumba estaba vacía, pero no interpretaron correctamente este hecho.

De forma más positiva, también hay indicadores de que cuando se llega a una correcta percepción de Jesús, es sobre la base de algo más que la percepción natural. Por ejemplo, cuando en respuesta a la pregunta de Jesús: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?” Pedro respondió “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.” Jesús comentó “no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.” (Mt. 16:15-17). Aunque podríamos debatir largo tiempo sobre el significado exacto de “carne y sangre” en el original, está claro que Jesús está contrastando cierto tipo de revelación directa del Padre con una fuente puramente humana como la opinión de otros.

Otro caso, procedente del otro lado de la dialéctica, es Juan el Bautista. En prisión empezó a preguntarse por Cristo. Y envió a dos de sus discípulos a preguntar al Señor: “¿Eres tú el que había de venir o esperaremos a otro?” (Lc. 7:19). Juan puede que estuviera esperando algún evento histórico concreto (¿quizá su propia liberación de prisión?) como evidencia de que Jesús era realmente, como Juan sabía que era, el Cristo. La respuesta de Jesús fue señalar las obras que había estado obrando: “los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados y a los pobres es anunciado el evangelio” (v. 22). El Jesús histórico era la confirmación del Cristo de la fe.

En este modelo los dos factores se unen: ni el Jesús histórico solo, ni el Cristo de la fe solo, sino el Cristo kerigmático como la llave que abre el Jesús histórico, y los hechos de la vida de Jesús como apoyo para el mensaje de que es el Hijo de Dios. La fe en Cristo nos conduce a un entendimiento del Jesús de la historia.