La Ascensión de Cristo

El primer paso en la humillación de Jesús implicaba abandonar el estatus que ocupaba en el cielo y bajar a las condiciones de la tierra; el segundo paso en la exaltación implicaba dejar las condiciones terrenales y volver a asumir su lugar con el Padre. El mismo Jesús en varias ocasiones predijo que regresaría al Padre (Jn. 6:62; 14:2, 12; 16:5, 10, 28; 20:17). Lucas nos ofrece los relatos más amplios sobre la ascensión (Lc. 24:50-51; Hch. 1:6-11). Pablo también escribe sobre la ascensión (Ef. 1:20; 4:8-10; 1 Ti. 3:16), al igual que hace el autor de la carta a los hebreos (1:3; 4:14; 9:24).

En los tiempos premodernos normalmente se pensaba que la ascensión era una transición desde un lugar (la tierra) a otro (el cielo). Sin embargo, por nuestro conocimiento del espacio ahora sabemos que el cielo no es algo que está por encima de la tierra, y también parece probable que la diferencia entre la tierra y el cielo no sea algo meramente geográfico. No se puede llegar a Dios simplemente viajando lo suficientemente lejos y rápido en algún tipo de nave espacial. Dios está en una dimensión diferente de la realidad, y la transición de aquí a allí no sólo requiere un cambio de lugar, sino también de estado. Así que, en cierto modo, la ascensión de Jesús no fue únicamente un cambio físico y espacial, sino también espiritual. En aquel momento Jesús experimentó lo que quedaba de la metamorfosis empezando por la resurrección de su cuerpo.

La importancia de la ascensión es que Jesús dejó atrás la condición asociada con la vida en esta tierra. Por tanto el dolor, tanto físico como psicológico, que experimenta la gente, él dejó de sentirlo. La oposición, la hostilidad, la incredulidad, la infidelidad con la que se había encontrado fue reemplazada por la alabanza de los ángeles y la presencia inmediata del Padre. Dios le ha exaltado y le ha dado “un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla... y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Fil. 2:9-11). Los ángeles han reiniciado su canto de alabanza porque el Señor de los cielos ha regresado. ¡Qué contraste con el abuso y los insultos que ha sufrido en la tierra! No obstante, el canto de alabanza va más allá de lo que se cantaba antes de la encarnación. Se ha añadido una nueva estrofa. Jesús ha hecho algo que no había hecho antes de la encarnación: ha experimentado y superado personalmente la muerte.

También hay diferencias en otros aspectos. Porque ahora Jesús es el Dios–hombre. Hay una encarnación continuada. En 1 Timoteo 2:5 Pablo dice: “Pues hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo hombre.” Esto da todas las indicaciones de que Jesús en la actualidad es un hombre que media entre Dios y nosotros. Sin embargo, la suya no es el mismo tipo de humanidad que la que nosotros tenemos, ni siquiera la humanidad que tuvo mientras estuvo aquí. Es una humanidad perfeccionada del mismo tipo que la que nosotros tendremos tras nuestra resurrección. Por tanto, su encarnación continuada no impone limitación alguna a su deidad. Al igual que nuestros cuerpos verán eliminadas muchas de sus limitaciones, así ha ocurrido con la humanidad perfecta y glorificada de Jesús, que continúa estando unida a su deidad y por tanto siempre será superior a la que nosotros podamos llegar a conseguir.

Hay razones definidas por las cuales Jesús tuvo que abandonar la tierra. Una fue para preparar un lugar para nuestra futura residencia, aunque no especificó lo que esto implicaba (Jn. 14:2-3). Otra razón por la que tenía que irse es para que pudiese venir la Tercera persona de la Trinidad: el Espíritu Santo. Una vez más a los discípulos no se les dijo por qué una cosa era requisito para que la otra se produjese, pero Jesús dijo que esto tenía que ser así (Jn. 16:7). El envío del Espíritu Santo era importante, porque mientras que Jesús sólo podía obrar en los discípulos mediante la enseñanza y el ejemplo externo, el Espíritu Santo podía obrar dentro de ellos (Jn. 14:17). Al tener más acceso al centro de sus vidas, podía obrar en ellos con más libertad. Con ello, los creyentes podrían hacer las obras que Jesús hizo, e incluso más grandes (Jn. 14:12). Y mediante el ministerio del Espíritu Santo, el Dios trino estaría presente con ellos; y de esa manera Jesús podía decir que estaría con ellos para siempre (Mt. 28:20).

La ascensión de Jesús significa que él ahora está sentado a la diestra del Padre. El mismo Jesús predijo esto en su declaración ante el sumo sacerdote (Mt. 26:64). Pedro se refiere al hecho de estar sentado a la diestra del Padre en su sermón de Pentecostés (Hch. 2:33-36) y ante el consejo (Hch. 5:31). También se menciona en Efesios 1:20-22; Hebreos 10:12; 1 Pedro 3:22 y Apocalipsis 3:21; 22:1. La importancia de todo esto es que la diestra es el lugar de distinción y de poder. Recordemos cómo Santiago y Juan deseaban sentarse a la derecha y a la izquierda de Cristo también (Mr. 10:37-40). Que Jesús se siente a la diestra de Dios no debería interpretarse como un asunto de descanso o inactividad. Es un símbolo de autoridad y de gobierno activo. La diestra es también el lugar donde Jesús está siempre intercediendo ante el Padre a nuestro favor (He. 7:25).