Significado teológico de la doctrina de la creación

Vamos a examinar el significado teológico de la doctrina de la creación. ¿Qué se está afirmando realmente con esta enseñanza? Y quizá lo que es igual de importante para nuestros propósitos ¿qué se rechaza o contradice?

1. La doctrina de la creación es primero y obviamente una declaración de que no hay realidad última aparte de Dios. No hay lugar para el dualismo. En un dualismo, como la palabra indica, hay dos principios últimos. En una forma de dualismo está el Señor, el Creador, el Hacedor. Y está lo que el Creador utiliza, o con lo que trabaja, el material que emplea para crear. Gran parte del pensamiento griego era dualista de una u otra manera. Típico era el dualismo materia-forma: Está el orden, estructura o patrón de las cosas, las Formas o Ideas. Y está eso que necesita ser ordenado, estructurado u organizado, la materia. La creación consiste entonces en alguien o algo que une estas dos cosas, o que imprime las Formas sobre la materia.

Pero esto no es lo que afirma la doctrina cristiana. Dios no trabajó con algo que ya existiese. Dio la existencia a la misma materia prima que utilizó. Si esto no fuera así, Dios no sería realmente infinito. Hubiera habido algo más aparte de él, y probablemente siempre lo había habido. En consecuencia, Dios habría estado limitado teniendo que trabajar con características intrínsecas de la materia prima que empleó. La doctrina cristiana mantiene, por el contrario, que Dios dio la existencia a la materia prima y la dotó desde el principio de las características que quería que tuviera.

2. El acto original de la creación divina es especial. No se parece a los actos “creativos” de los humanos, que implican dar forma utilizando los materiales que tienen a mano. Al producir una obra de arte, el artista debe trabajar dentro de las limitaciones del medio que emplea, la maleabilidad del metal, las características reflectoras del óleo, la naturaleza del lenguaje utilizado, o la rapidez y resolución de una película. Es más, incluso los conceptos que el artista expresa dependen de experiencias previas. La obra puede ser la expresión de una idea directamente experimentada o una combinación de elementos que se han experimentado previamente; una idea absolutamente genuina, totalmente nueva y fresca, es muy rara. Incluso si el escritor creara un nuevo lenguaje para expresar estas ideas, las limitaciones del lenguaje en general seguirían gobernando lo que fuera a hacer. Sin embargo, Dios no está atado a nada externo a sí mismo. Sus únicas limitaciones son las de su propia naturaleza y las elecciones que él mismo ha hecho. Por lo tanto, sus propósitos, al contrario que los de los del “creador” humano, no se verán frustrados por ninguna cualidad inherente del material con el que debe trabajar.

3. La doctrina de la creación también significa que nada es intrínsecamente malo. Todo procede de Dios, y la narración de la creación dice cinco veces que él vio que era bueno (vv. 10, 12, 18, 21, 25). Después, cuando completó su creación del hombre se dice que Dios vio cuanto había hecho y que era bueno en gran manera (v. 31). No había nada malo en la creación original de Dios.

En cualquier tipo de dualismo, suele haber una distinción moral entre los principios o elementos superiores y los inferiores. Ya que el ámbito superior es divino y el inferior no, se cree que el primero es más real que el otro. Al final, esta diferencia metafísica suele ser considerada como una diferencia moral también: lo superior es bueno y lo inferior malo. Tal distinción se hizo en la última parte de la historia del platonismo. Platón había enseñado que las Ideas o Formas, los conceptos inteligibles o invisibles, eran más reales que los objetos perceptibles o empíricos, que son meras sombras que desprenden las Formas. En el neoplatonismo, también llegó a haber una distinción moral. El ámbito material o perceptible se consideraba malo, y el espiritual o invisible bueno. Influidos por el neoplatonismo y otras variedades de dualismo como el maniqueísmo, algunos cristianos empezaron a considerar el mundo material como intrínsecamente malo.

Sin embargo, si toda la realidad debe su existencia a Dios y todo lo que Dios hizo era “bueno”, no podemos pensar que la materia sea inherente o intrínsecamente mala. Esto plantea un problema: el cristianismo, como cualquier sistema de pensamiento que esté en cualquier sentido alerta al universo, debe abordar la presencia del mal en el mundo. El dualismo puede resolver esta dificultad con bastante facilidad. Como Dios es bueno, no puede ser fuente de mal. Por tanto, todo lo que no sea Dios, esto es, la materia con la que tuvo que trabajar, debe ser la fuente del mal. Pero este recurso no puede y no será adoptado por un creacionismo minucioso, ya que este defiende que la naturaleza no tiene ese estado independiente. Sin embargo, según la Biblia, Dios, que lo creó todo, no puede ser acusado del mal y el pecado en el mundo. La razón por la cual no puede ser acusado de esto no es porque no haya creado el mundo, sino porque lo creó bueno, e incluso muy bueno.

4. La doctrina de la creación también impone una responsabilidad sobre la raza humana. Los humanos no pueden justificar su mal comportamiento culpando al ámbito de lo material. El mundo material no es inherentemente malo. El pecado humano debe ser un ejercicio de la libertad humana. Los humanos tampoco pueden culpar a la sociedad. A veces el pecado de un individuo se atribuye a la influencia de la sociedad. El razonamiento es que los individuos son morales, pero una sociedad inmoral les conduce al pecado. Pero la sociedad humana también forma parte de lo que Dios hizo, y era muy bueno. Por tanto, considerar a la sociedad la causa del pecado es un argumento inadecuado y engañoso.

5. La doctrina de la creación también evita menospreciar la encarnación de Cristo. Si el mundo material fuera intrínsecamente malo, sería muy difícil aceptar el hecho de que la segunda persona de la Trinidad tomase una forma humana, incluyendo un cuerpo físico. De hecho, algunos, al defender la idea de que la materia es mala, negaron que Jesús tuviera un cuerpo físico. Él simplemente “parecía” tener forma humana. A estos se les llamó docetistas, del griego 'dokeō', “parecer”). Por otra parte, un entendimiento correcto de la doctrina de la creación –lo que Dios hizo era bueno– nos permite reafirmar todo el significado de la encarnación de Jesucristo, que tomara el cuerpo humano para sí mismo.

La doctrina de la creación también nos aleja del ascetismo. Creer que la naturaleza física es mala ha llevado a algunos, incluidos a cristianos, a rechazar el cuerpo humano y cualquier tipo de satisfacción física. El espíritu, al ser más divino, es el lugar adecuado para lo bueno y lo santo. Por tanto, se hace meditación y se considera que una dieta austera y la abstinencia de sexo son condiciones de espiritualidad. Pero la doctrina de la creación afirma que ya que Dios lo hizo todo y todo lo hizo bueno, todo es redimible. La salvación y la espiritualidad hay que encontrarlas, no en huir o evitar lo material, sino santificándolo.

6. Si toda la creación ha sido hecha por Dios, habrá una conexión y una afinidad entre sus distintas partes. Soy hermano de todos los demás seres humanos, porque nos creó el mismo Dios y vela por nosotros. Como el material inanimado también procede de Dios, según esto, yo también soy uno con la naturaleza, porque somos miembros de la misma familia. Puede que estemos en conflicto, pero esto se parece más a una pelea familiar que a una guerra contra un país enemigo. Toda la creación pertenece a Dios y le importa. Tenemos tendencia como humanos a pensar que nosotros somos los hijos únicos de Dios, y el único objeto de su amor paternal. Sin embargo, Jesús indicó en una frase explícita que Dios ama y cuida de toda su creación (Mt. 6:26-30; 10:29). De entre todas las personas los cristianos deberíamos ser los que más nos preocupáramos por ser responsables ecológicamente con la creación de Dios.

7. Aunque la doctrina de la creación excluye cualquier dualismo, también excluye cualquier tipo de monismo que considere el mundo como algo que emana de Dios. Según la doctrina de la creación, las cosas se hicieron de la nada por simple deseo de Dios. Los diferentes objetos y seres que son parte de la creación son claramente algo distinto de Dios. Desde el punto de vista de la emanación, por otra parte, lo que tenemos es algo que surge de la naturaleza de Dios, una parte de él que se separa de su esencia por así decirlo. Hay tendencia a considerar esta emanación todavía divina; de ahí que el resultado final de este punto de vista sea normalmente el panteísmo. La “creación” es un cambio de estatus más que un inicio de ser.

Se podría pensar que el efecto de un punto de vista como la emanación sería el de realzar el estatus de los elementos individuales del mundo, ya que en realidad son parte de la naturaleza divina. Sin embargo, en la práctica, históricamente ha sucedido lo contrario. El efecto ha sido que se ha quitado importancia al estatus independiente de los objetos, incluso hasta llegar a considerar ilusoria su existencia independiente. Como todos los objetos y seres son parte de Dios, es importante reducir lo máximo posible la distancia entre Dios y ellos. Hay que minimizar la individualidad. El objetivo es la absorción en uno. En lugar de ser sustantivos reales, entidades con su propio estatus, los elementos individuales del mundo se han convertido casi en adjetivos que acompañan a una realidad última, Dios.

La doctrina cristiana de la creación de la nada rechaza todo esto. Los elementos individuales del mundo son criaturas genuinas dependientes de Dios su Creador. Están claramente separadas de él (esto es, no emanan de su naturaleza), son criaturas finitas, dependientes. El pecado no consiste en la finitud o separación, sino en el mal uso de una libertad finita, en buscar ser independientes de (y por lo tanto iguales a) Dios. Es más, esta finitud no se elimina con el proceso de la salvación. En lugar de ser la negación de la condición de criatura de los humanos, la salvación es el cumplimiento, la restauración de la condición de criatura de los humanos.

Además, la doctrina de la creación señala las limitaciones inherentes de las criaturas. Ninguna criatura, ni ninguna combinación de ellas, se puede igualar nunca a Dios y nunca será Dios. Por tanto, no hay base alguna para la idolatría: para adorar la naturaleza o para reverenciar a seres humanos. Dios tiene un estatus único, así que sólo se le puede adorar a él (Éx. 20:2-3).

A veces pensamos en la gran brecha metafísica del universo como si fuera una brecha cuantitativa entre la raza humana y el resto de la creación. Sin embargo, en realidad la brecha metafísica más grande, tanto cuantitativa como cualitativamente, es la que hay entre Dios y todo lo demás. Él tiene que ser el objeto de adoración, alabanza y obediencia. Todas las demás cosas existentes tienen que ser sujetos que le ofrezcan estos actos de sumisión.